2 euros en monedas de 1 céntimo relato de Antonio Peñalver

2 euros en monedas de 1 céntimo (relato)

Es el frío que hace aquí. Ligeramente húmedo, por la cercanía del mar. Que se te cuela por los huecos de la ropa. Y más para nosotros, que no estamos acostumbrados. Mi casa estaba orientada al oeste, lo que no ayuda ni en verano ni en invierno; porque el sol da por la tarde y la convierte en horno en verano y en un glacial las mañanas de invierno. Digo mi casa por decir algo.
No pretendo dar pena, porque soy un hombre fuerte, de los que no dudan en escupir en cuanto notan el sabor de la derrota en su boca. Llevamos, llevo, pagando muy poco de hipoteca al mes, sólo los intereses, que gracias al euribor, supone nada cada mes. Pero en poco tiempo se acabará la carencia y comenzarán a llegar las cartas del juzgado. Parece un poco como un chiste malo, que quieres que se acabe de una vez, porque te conoces el final, pero, al mismo tiempo, quieres seguir escuchándolo, para saborear su esencia divertida.
Cuando me separé decidí venir a vivir aquí solo. Lo necesitaba. Ir a vivir con mi madre no hubiera ayudado en mucho. Mi madre está mayor, sí. Y necesita compañía, porque siempre que vamos a visitarla se excita con la simple sensación de estar hablando con alguien. Pero también le gusta estar sola. A todos nos gusta estar solos. Porque, en el fondo, sospechamos que es una de las verdades absolutas.
Decía que me vine a vivir solo a la casa que en plena ola compramos mi ex y yo. Mi hija, hoy adolescente, entonces sólo era una niña que se reía a carcajadas mientras corría por el pasillo mientras yo le seguía haciendo ruidos guturales y golpeando mis muslos con las palmas de mi mano. Ahora es igual de alta que yo. Y viene a visitarme unos días.
Ella y su madre viven a 8 horas de coche, por motivos que son largos de explicar y que no vienen a cuento. Mañana llega y hace medio año que no la veo. Aunque nos wasapeamos casi a diario, y yo sé cómo crece, a ella no le gusta hablar por teléfono más que las frases de cumplido, por eso quiero que llegue mañana. Y verla bajar del autobús sonriendo, mientras cierra la boca con fuerza para contener las lágrimas.
Ya está igual de alta que yo. ¿Lo he dicho antes?
A principios de semana mi madre me dijo que fuera a su casa, que tenía algo que darme. Así es que fui, y me dio 100 euros. Toma, para que llenes la nevera. Me dijo. Y sacó dos billetes de 50 € de debajo de un mantelito de la mesa y me los puso en la mano. Quiero que cuando esté la chiquilla no falte nada en la nevera. Me dijo.
Luego hablamos de las cosas que hablamos siempre y de vuelta a casa me pasé por el Aldi y el Mercadona y, efectivamente, llené la nevera y la despensa. Y guardé los tickets en la guantera para enseñárselos la semana próxima, cuando la volviera a visitar.
Compré de casi todo. Podría llegar la tercera guerra mundial que no pasaría nada. Bueno, no, se me olvidó algo; se me olvidó que ella siempre bebía Fanta de naranja los fines de semana para comer. Y esto era importante.
El problema es que los diez euros que me sobraron de la compra no tuve más remedio que echárselos de gasolina al coche. Entonces me acordé por un momento del cajón de las monedas.
Al entrar en mi casa hay un pequeño mueble de madera con dos cajones. En uno guardábamos las cartas y los recibos, y en el otro las llaves viejas y las monedas. Y, por esas cosas que pasan, las monedas gordas entraban y salían, pero las pequeñas quedaban al fondo, formando un mar marrón de inutilidad.
Pero no era la primera vez que lo hacía. Y sabía que si lo volcaba y tenía un poco de paciencia juntándolas en montones, podría reunir unos pocos euros. Eran monedas de uno y dos céntimos, casi todas. Pero sobre todo de un céntimo. Como con las de dos no había ni siquiera un euro, decidí amontonar de diez en diez las de un céntimo. Luego junté los montones de diez en diez sobre la pequeña mesita. Y, finalmente, metí los dos euros que pude completar en la esquina de una bolsa de plástico, que luego recorté con una tijera y cerré con un plastiquito de esos cableado, con el que solían sujetar los cables de los aparatos cuando se compran. Siempre guardo alguno en el fondo del cajón, porque suelen venir bien para algo. Como ahora.
Un euro en monedas de un céntimo pesa mucho. Dos pesa el doble. Lo digo porque tuve que atravesar el pueblo con ellas en el bolsillo de los pantalones y notarlas a cada paso que daba. Menos mal que en los auriculares llevaba algo de Leonard Cohen, cuya tristeza siempre me ha dado energía para seguir.
¿Conoceis la de Like a Bird? Pues si no la conoceis, buscarla en Yotube. Y también buscais la letra en español. Porque es tremenda.
El Mercadona está bullente, como suele ocurrir en estas fechas siempre. Con las familias nerviosas, comprando jamones y vinos de los caros. Las mujeres pendientes de que no les falte nada imprescindible, y los maridos, como los críos. de que no se les olvide algún capricho. Y, puede que sea una manía, o puede que no; pero siempre me llama la atención el gesto de orgullo contenido de los que compran jamones. Suelen ir de dos en dos. Suelen ser pareja. Y por su ropa notas que les van las cosas bien, bien desde siempre. Funcionarios y gente que ha heredado, básicamente. Y a los gitanos también, hay parejas de gitanos a los que también les encanta hacer esta liturgia.
Quiero que entendais, que, más que envidia, es puro divertimento. Porque, entre otras cosas, yo, debido a los ataques de gota, no puedo abusar del jamón ni del marisco en exceso.
Cogí la Fanta, de la marca Fanta y no la de Hacendado, y me fui a la línea de cajas, a hacer cola. Mucha cola.
Me puse detrás de una chica que iba con el carro cargado y con una niña de pocos años. Cuando me vio llegar mi miró con cierto aire de desprecio contenido y luego volvió su cara hacia adelante. Tardé en entender que ella se había montado su película en su cabeza y que pensaba que yo, al llevar sólo una cosa y ella el carro repleto, que le iba a pedir que si me dejaba pasar delante. Creo. Pero el caso es que no se lo hubiera pedido. Porque yo no tengo prisa ninguna. La casa estaba limpia y la nevera repleta.
Entonces llegó una señora mayor, también con una cosa o dos en las manos, probablementes las faltas de algo que había olvidado al hacer la compra. Y me miró fijamente. No se puso detrás de mí, sino casi a mi lado. Y al mirar que me miraba, me volví hacia ella, me quité los auriculares y me concentré unos segundos para ver si es que era que la conocía e algo. Del barrio o de algo. Pero no. Su cara me sonaba, pero de verla de lejos. Ya. Tardé un poco en reaccionar. Me estaba provocando para ver si la dejaba pasar delante. Poniendo los ojos del gato de Sherk. Hija de puta.
Me hice el loco.
Llegó la hora de pagar. Como era por la noche, la cajera estaba reventada y más pendiente de irse a su casa, descalzarse y espatarrarse en su sofá mientras veía algo estúpido y relajante en la tele.
Eran un euro y catorce céntimos.
Yo le di una bolsita de monedas mientras que abría el cable plastificado de la otra para sacar las otras catorce monedas de un céntimo sueltas. Pero, por los nervios que sentía de ver que la señora mayor que intentaba que le cediera el puesto en la cola no dejaba de estudiar mis movimientos divertida, acabé rompiendo la bolsa, sacando y contando las monedas, para meter las restantes en un gesto rápido en el bolsillo de mi pantalón. Entonces fue cuando levanté la cara.
Y al levantar la cara me encontré con la cara descompuesta de la cajera, que sostenía la bolsita de un euro en monedas de un céntimo en alto:
– ¿Me lo vas a hacer ponerme a contarlo ahora?
– Sí, ¿no? Lo he contao bien, creo. Hay un euro.
– Ya. Pero, ¿tú has visto la gente que hay esperando…?
– Ya. Aquí están los catorce céntimos. Le dije, sonriendo. La verdad es que me brillaban los ojos de la risa. Si hubiera habido un extintor cerca no hubiera dudado en descolgarlo de la pared y darle con él en la cabeza hasta que me flaquearan las fuerzas.
– Es dinero, ¿no?. Le aclaré, con un ligero tono de súplica que, aunque innecesario, podría ayudarme a finalizar con aquella situación cuanto antes.
– Ya.
Entonces fue cuando se volvió a la línea de cajas y se dirigió a gritos a una de las cajeras del fondo, que por la ropa que llevaba y el tono en el que contestó, debía de ser la encargada.
– ¡Que me quiere pagar con monedas de un euro!
– No, no. ¡Y a estas horas! No. Eso tiene que traerlo en blister. En blister. Gritó la encargada, que ahora que recuerdo, antiguamente estaba atendiendo en la pescadería y que, quizá fuera por eso que se le había quedado cara un poco de merluza a punto de echarse a perder.
– Eso tienes que traerlo en un blister. Me dijo la cajera.
– ¿Qué es eso?. Le dije yo, y al levantar la cabeza pude descubrir que tenía a medio Mercadona mirando mis 110 kilos de gilipollas que estoy hecho.
– Es una funda así, de plástico, que lleva para meter las monedicas justas, y así no hay que contarlas.
– Ya. ¿Tienes tú alguno?
– No. Me dijo después de abrir el cajón de su caja registradora y volverla a cerrar en menos de tres segundos.
Levanté la mirada y pude ver al fondo atento al padre de uno de los críos que iba al cole con la mía. Estaba tan nervioso que hasta lo saludé.
– Ya. Podría haberme puesto chulo. Porque aquello era dinero. Además me acordé de un detalle que una vez leí sobre el hecho de que Juan Roig, su jefazo, obligaba a sus colaboradores más cercanos a llevar siempre un céntimo en el bolsillo, para que fueran conscientes de la importancia que tiene hasta el más mínimo beneficio. Pero, claro, tampoco era lugar ni momento para ponerse estupendo. Así es que cogí la bolsa de monedas y me fui de allí sin la Fanta de naranja.
Ya os digo que es un frío húmedo, que se mete entre los huecos de la ropa de una manera sutil e insistente. A veces, hasta incluso entre los huecos del tejido de la ropa.
Es lo que ocurre por la zona esta, en la que no estamos acostumbrados al frío casi.

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