analisis, relato de Antonio Peñalver

Análisis (relato)

Fui a acompañar ayer a mi madre al centro de salud para que le sacaran un poco de sangre para un análisis. Algo rutinario. Hacía frío aunque no lo parecía, porque el sol seguía estando ahí. Mi madre me comentó de camino al centro de salud que ayer hizo más frío, porque hacía aire, y cuando hace aire hace más frescor. Las calles estaban vacías. Mi madre no se desenvuelve bien. Vive sola, pero cada vez le cuesta más llevar el día a día, y eso que su aventura diaria apenas va de la cama al sofá a ver Telecinco; sin contar los viajes al excusado y a la cocina a prepararse algo para engañar el hambre. Pero cada vez come menos. Cuando la visito me insiste en que vea el Sálvame y me involucre en las tripezas de los maricas y de las furcias de los que habla en el programa. Yo le quito importancia y se lo digo claro, le digo que toda esa gente me suda la polla, que todo eso no es más que un teatro ridículo, que luego los que están discutiendo se van juntos a cenar y se intercambian a los jovencitos que les entran por el Grindr y el Insta. Aunque ella no entiende muy bien de qué le hablo, pero sabe lo que le digo. Caminando por la calle, de mi brazo, me sorprende verla esforzándose en seguir mi ritmo, incluso forzándome a que yo camine más aprisa. Me divierte verla cómo su orgullo sale a relucir, aunque no haya nadie por la calle. Ni siquiera coches pasan. Yo nací en una ciudad industrial que ahora está muerta. En coma profundo. En coma profundo inducido. En el centro de salud mi hermana ya me avisó que no había que entrar, que nos teníamos que quedar en la calle esperando a que nos fueran llamando. La poca gente que había estaba desperdigada por la calle, todos con su mascarilla, con ojos cansados y asustados. La chica que se encargaba de decir los turnos estaba nerviosa, y cansada, se notaba en su voz que llevaba muchas semanas angustiada por la situación. Era una tía con cierto sobrepeso, aunque resuelta. Llevaba en las manos unas hojas, cada una con un nombre de un paciente, y en alguna llevaba pegado con celofán un pequeño tubito vacío de plástico. De los nombres que iba diciendo, la mayoría no estaban esperando. Le comentó a una mujer que esperaba que todos los días era lo mismo, que muchos pedían cita para el análisis y luego no acudían. Pero la mujer no le hacía mucho caso, más bien miraba de reojo el taco de folios doblados que la enfermera llevaba en la mano para ver si el siguiente llevaba su nombre. También había una chica embarazada, de un poco menos de treinta. Tranquila. Su mirada transmitía inteligencia y paciencia. Llegó un imbécil que se puso al lado de mi madre y de mí, así que no tuvimos más remedio que alejarnos hasta la esquina. Yo, para disimular mi huída, aproveché y le pregunté a mi madre si quería sentarse en una de las sillas que había allí en el porche, pero ella me dijo que no, que prefería quedarse de pie. No había mucha gente, no tenía pinta de alargarse mucho la espera. Entonces llegó un coche y dejó a otra señora mayor, que bajó sola y se acercó a la puerta con torpeza. Andaba apoyándose con un garrote y me llamó la atención que en el extremo que toca el suelo llevaba una especie de disco de goma de unos 10 centímetros, supongo que con la intención de aumentar su estabilidad. La señora no tenía muchas ganas de esperar, así es que decidió meterse en la cabina de la entrada que la enfermera estaba usando a modo de pequeño despacho improvisado. Se pegó literalmente a la enfermera y le preguntó que si tenía que esperar ella también, que sólo venía a hacerse un análisis de orina, mientras le enseñaba el tubito que sacó de un bolsillo de su chaqueta. La chica de la puerta, con mucha paciencia, le respondió que sí, que tenía que esperar a que le dijera su nombre. Pero la señora no se quedó muy conforme y siguió a su lado un buen rato, a modo de escudero voluntarioso e inútil. La chica dijo otros nombres a los que nadie respondió y luego dijo el de mi madre. Cuando íbamos a entrar, la enfermera me dijo que si mi madre podía valerse por sí misma, y como le dijimos que sí, entonces me aconsejó que yo no entrara. Dijo exactamente que no lo hiciera para no contagiarme, pero lo que estaba diciéndome era justo lo contrario. Mi madre entró sola y yo me quedé en la calle esperándola, alejándome un poco del grupo. Entonces llegó otro coche y de él salió una choni de ventitantos. Una chica bajita y echada para alante. Nada más escuchar a la enfermera listar el nombre de dos pacientes, tuvo la suficiente información para susurrar que ésta no se entera de nada, qué menudo follón llevaba. Me pareció tremendamente injusto. Miré suavemente a aquella choni con desprecio contenido y me animé a estudiarla un poco. En el coche le esperaba un quinqui que se asomaba a la ventanilla del conductor fumando y con la mascarilla colgada de la oreja. Tenía el gesto torcido de aburrimiento. Es ésa cara de estar a punto de escupir que tienen los que se pasan el día quejándose de cualquier cosa con tal de no estar callados. La choni llevaba también una mascarilla KN95 de ésas blancas y le mandaba besos con la mano al del coche, que le respondía esbozando una sonrisa desganada. Luego volvía su atención a la enfermera, que salía con otro taco de hojas en la mano. Sus aires de superioridad y de desprecio hacia la trabajadora me aterró. Su imbecilidad y su egoismo profundo también forma parte del carnaval humano de nuestra sociedad. Me resultó desesperanzador. Porque este tipo de gentuza siempre sale ganando. Siempre. Cuando salió mi madre levanté la mirada y descubrí que la chica embarazada me estaba mirando. Miraba cómo yo estaba estudiando a la choni, y en sus ojos pude ver cierto tipo de fraternal pánico. Cogí a mi madre del brazo y volvimos a su casa. No habían podido cogerle la vena y le habían tenido que pinchar en la parte superior de la muñeca. Por el camino hablamos de tres o cuatro temas que sé le hacen sentir cómoda. En la puerta de su casa me sorprendió ver la torpeza con la que apenas conseguía meter la llave en la cerradura. Tuvo que intentarlo dos o tres veces hasta que lo consiguió. La dejé en su sillón sentada y agotada. Le dije que la llamaría en cuanto llegara a mi oficina. Apenas pudo reunir fuerzas para despedirse. Ya en el coche, de camino a mi estudio, pensé en la mierda que es envejecer. Es parte de la ley de la vida, sí, pero no deja de ser una auténtica mierda. Luego me llamaron de Chiclana y puse el manos libres. Es un cliente nuevo al que apenas le entiendo cuando habla, pero como es buen pagador, me toca afinar el oído y rellenar los ruidos incomprensibles con imaginación y esperanza.

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