Arrimando el hombro, relato de Antonio Peñalver

Arrimando el hombro (relato)

Ya no vivo allí, en aquel sitio. Pero no se crean que lo hago por seguridad, ni por desquite, no. Simplemente les comento que ya no vivo en aquel sitio.
También es cierto que por el hecho de no hacerlo me siento más cómodo al contar esto y dar algún detalle.
No obstante, les informo para los que no me conozcan lo suficiente, que yo no soy alguien al que se le pudiera llamar miedica. Más bien todo lo contrario. Y así me va.
Empecemos por el principio, mejor. A ver, comenzó a dolerme un hombro de manera inusual. Mucho. Porque a mi cincuentena ya me voy acostumbrando a los dolores, casi cotidianos, que, dicho sea de paso, suelo pasar en casa, en soledad. Pero en esta ocasión el dolor era tan intenso que apenas me dejaba dormir, por lo que opté por armarme de valor y acercarme a urgencias.
Y digo lo de armarme de valor porque esto que les cuento sucedió en la cresta de tercera ola. ¿Estamos, no?
Bien.
Fui al médico y el médico de cabecera me dio cita un día de la semana siguiente para que me hicieran una radiografía. Y volví a la semana siguiente y me hicieron la radiografía. Pero en la sala de espera me llamó la atención que la gente estaba sentada muy separada. Todos temerosos de todos. La tensión se respiraba en el ambiente. Ni siquiera el paso de alguna enfermera relajada de vez en cuando resultaba suficiente como para que el ambiente se relajara.
Yo, que, como he comentado más arriba, no soy propenso a asustarme de nada, debo confesar que después de estar allí cinco minutos acabé por contagiarme un poco de aquel ambiente.
Me llamó la atención una adolescente sentada en la bancada contigua a la que yo estaba. Tendría sobre los diecimuchos. No era ni guapa ni fea. Se notaba que apenas hacía ejercicio, pues los pantalones le venían especialmente estrechos. En cambio su rostro era atractivo. Ojos verdes ligeramente tristes en el centro de una cara bien dibujada. No era descabellado pensar que, en unos años, si adelgazara como adelgazará, se convertiría en una veinteañera preciosa. Pero estaba enfadada. Y yo entendía porqué. Enfadada y como espectante; con la mirada puesta en el infinito, pero pendiente de mi, de mi presencia. Noté algo en su rostro que indicaba que la chica estaba alerta. Y, aunque podía suponer los motivos, no dejaba de sorprenderme, pues llevo unos años en los que suelo cruzarme con adolescentes y veinteañeras y notar en sus caras cierto odio contenido que contrasta con mi absoluta pasividad hacia ellas, pues, como he comentado más arriba, yo ya pasé la cincuentena y las chicas jóvenes, más que excitarme sexualmente, lo que me despiertan es el puro instinto paternal. Y no bromeo.
Bien, pues resulta que me llamaron a mí en primer lugar para entrar a hacerme la radiografía.
Ah, pero antes de entrar, quiero hablarles de otra chica que había en un rincón del fondo. En este caso morena, de una edad parecida a la anterior, pero, en este caso, por el contrario, menos favorecida físicamente. Es más, esta última muchacha no me quitaba la vista de encima todo el tiempo. Y yo, percibiendo el mensaje, me había limitado a consultar los emails y un poco el facebook hasta que dijeran mi nombre. Y lo dijeron. Y entré. Quítese la camiseta.

A continuación, y siguiendo las indicaciones del médico, subí a la segunda planta y esperé mi turno para que me diera consulta a la vista de las radiografías. Y, hete aquí, que en menos de diez minutos volvieron a aparecer las dos chicas, que, por lo que deduje, iban juntas. La chica castaña de los ojos verdes se sentó en una esquina y la morena que le acompañaba se quedó en una de las sillas del pasillo al lado de entrada. Seguían enfadadas. Y espectantes. Entonces entendí lo que pasaba. Una tenía que ir al médico y la otra amiga le acompañó, pero habían pactado mantenerse a una exagerada distancia y sin hablar. ¿Esperando qué? ¿Quizá que un macho les atosigara? ¿Para denunciarlo al instante?
Es muy posible que esta fuera la motivación. Quién sabe. Yo no le encontré otra lógica.
Pero conmigo no iban a tener ocasión de ratificar sus sospechas, porque, entre otras cosas, me llamaron justo después de una señora que llevaba la mascarilla por debajo de la nariz, en un alarde de analfabetismo sanitario que, ojalá que no ocurra, podría costarle la vida. O no.

El caso es que mi médico, que me reconoció de otras visitas nada más verme, me dijo que me sentara y comenzó a estudiar las dos radiografías que habían hecho de mi hombro. Y, después de inspeccionarme, me dijo que era una calcificación, una tendinitis calcificante. Que solía estar motivada por una mala postura en el trabajo o bien por movimientos repetitivos. ¿En qué trabajas?, me preguntó. Soy informático. Ah. Pues tiene que ser eso, me dijo y mandó imprimir una hoja en la que se daban una serie de consejos ergonómicos, bien explicados, aunque conocidos de sobra por haberlos visto decenas de veces por internet. Gracias.
Luego me recetó calmantes para dormir por la noche y me dijo que me daría cita con el traumatólogo para que me viera, pero que podría tardar semanas antes de que me llamaran, por lo que me aconsejó que visitara a un fisioterapeuta de pago o que mirara en la mutua. Eras autónomo, ¿no?. Sí. ¿Qué mutua tienes, FREMAP?. No lo sé; nunca he ido; por suerte.

Así fue como, nada más salir comencé a investigar camino a casa qué mutua era la que me correspondía. Wasapeé a mi asesor y me confirmó que era otra. Y en el Maps descubrí y localicé que en el pueblo en el que vivía tenían unas oficinas. Y, como me pillaba de camino, me acerqué. Pero no estaban abiertos. Ponía un mensaje como que atendían en las instalaciones de la capital, debido a las circunstancias actuales. Ponía un teléfono 901 y no llamé, llamé a otro número que encontré en Google.
Se puso una tía bastante borde. Ya saben. Ése tipo de gente que enseguida notas que no le apetece nada atender una llamada telefónica, a pesar de ser su puto trabajo. Tuve la impresión de que le había fastidiado una partida en el Candy Crush. Pero estas cosas pasan. ¿Saben de qué les hablo, no?
Hola, es que he ido al médico de cabecera y me ha hecho una radiografía y me ha detectado una calcificación en el hombro, y me ha aconsejado que hablara con la mutua, porque podríais tratarme el hombro y, darme ultrasonidos, que me ha comentado que en el dispensario de aquí no tienen. Uf, me contesta la imbécil. Uf, qué, pienso yo. Uf, qué. Pero eso tendrías que venir aquí a Alicante y que te reconociera nuestra doctora. ¿Y?. Dime tu DNI. Le doy mi DNI y cuando ve que, efectivamente, me tiene en su lista de clientes mutualizados, todavía se le quitan más las ganas de ser medianamente educada. Y, total, que me dice que apuntaba y que me llamarían para hacerme un reconocimiento. Pero que tendrás que venir varias veces, porque esto lleva un proceso, me aclara.
Total que le colgué.
Nos cuesta lo mismo ser educados que imbéciles, y cuando alguien es descaradamente desagradable con alguien en su trabajo de cara al público, es evidente que tiene algo que le pica, algo que se ha traído de casa y que se muere de ganas de pasarle el escozor a quien se le ponga por delante.
Que te den, maja.

Bueno, al par de semanas, y gracias a los calmantes y a la tabla de ejercicios que el médico me había dado, mal que bien pude ir descansando por las noches y pasando las jornadas de una manera más o menos productiva. Así es que una tarde me llamaron y cuando vi que era un número larguísimo que empezaba por ceros, me arriesgué a descolgarlo para comprobar enseguida que no era spam sino que me llamaban del centro médico para darme cita con el traumatólogo.

Y el día y a la hora acordada allí estaba. En la puerta se encontraba un grupo de gente alrededor de la enfermera que iba llamando por orden de lista, midiendo la temperatura de la frente y pidiendo que se usara el gel de manos a todo el que entraba. Me acerqué a consultarle si para ir al traumatólogo también tendría que esperar a que me llamaran, como había gente esperando, me puse detrás de un señor que estaba el último. Y a la mínima que la enfermera tuvo un momento de respiro, justo cuando yo le iba a preguntarle, entonces me salió una maruja por la derecha a traición y le preguntó gritando si la habían llamado ya a ella:
– ¿Han llado a Concepción Requena?
– Señora, hay una cola. Estoy esperando desde hace un rato…
– Uy, ¡cómo estamos! Perdón, perdón… Cómo estamos…
– Estamos de viernes, respondió una espontánea de su misma edad, a la que decidí no encararme, pues bastante tenía ya con lo que tenía.
La enfermera me dijo que pasara, que era en la segunda planta a la derecha, me tomó la temperatura y señaló con el dedo el dispensador de gel, que yo, cuando se trata de lugares públicos, sencillamente hice lo que hago siempre, simulo que lo toco, que me pongo gel en una mano y que luego esparzo en ambas. Porque tocar aquel pitorrico en la puerta de un hospital era como tocar el timbre del infierno con la punta de la polla un sábado a las tres y media de la madrugada.

Pues bien, resulta que no había traumatólogo que valiera. Hoy no. Resulta que iba a la primera sesión de rehabilitación en el gimnasio. Bien. Nunca está de más.
En la pequeña sala de espera sin ventanas había un chico negro que estaba bastante alterado. Llevaba una camiseta de futbol y ponía gestos como de acabar de ver cómo atropellaba su gato un camión de reparto de butano. Con mirarlo medio segundo ya tuve suficiente.
Ah, creo que no se lo he contado, pero yo mido uno noventa, peso algo más de ciento diez kilos y llevo la cabeza rapada. Pero uso gafas de pasta. Aclaro esto último porque hace falta ser gilipollas para confundir a un gafapasta de provincias con un neonazi. Pero claro, si vienes de Uganda y acabas de saltar la valla, es normal que te pongas nervioso si un grandullón se te sienta delante en la sala de espera del gimnasio de un centro médico.
También había un señor mayor que parecía simpático. Inicié con él una pequeña conversación de cortesía, pero al minuto y medio noté que el pobre hombre se estaba asustando de lo lejos que habíamos llegado, de la confianza que estábamos comenzando a coger. A pesar de estar a cuatro metros de distancia, y de haber hablado solamente del cambio repentino acontecido en las últimas horas en lo referente a las condiciones metereológicas.
Así es que lo dejé estar.
Lo último que busco es matar a nadie de una taquicardia motivada por mi simpatía.

Bueno, llamaron al señor y luego al chico de color ( negro ). Y después me llamaron a mí.
Cuando entré me encontré con una sala grande, no muy amueblada, aunque daba la sensación de que tenía lo justo y necesario como para restaurar las articulaciones de todo aquel que llegara hasta allí. El encargado del cotarro era un tío de unos treintaicinco, flaco y serio. Me miró un poco extraño, como disimulando algo.
Me dijo siéntate aquí.
Y yo me senté.
Al inclinarme miré de soslayo al chico de color y me fijé en que seguía mirándome y seguía igual de nervioso que antes, sino más.
Una vez que estuve sentado el entrenador de los lisiados cogió algo de un cajón y vino hacia mí. Me piso una especie de gel por los dos lados del hombro y luego pegó dos plaquetas metálicas que estaban conectadas a una especie de mando a distancia.
Traqueteó el aparato y aquello comenzó a emitir vibraciones en mi hombro. Como un cosquilleo ligero y agradable. A continuación me puso el aparato en la mano y me dijo que lo sostuviera, que estuviera así un cuarto de hora.
Y se fue a atender al chico y al anciano de buen arranque y frenada rápida. Al primero por lo visto se le engarrotaban los gemelos. Y al anciano lo que le ocurría también parecía grave, era algo en la planta de los pies. Yo, como veía que aquello iba a ser un poco aburrido, saqué los auriculares y me puse a buscar un podcast de Radio 3. Al hacerlo noté cómo el entrenador me miró fijamente cambiando el gesto. Definitivamente aquella no era mi tarde.
Así es que finalmente decidí quitarme los auriculares y, como me aburría, comencé a jugar con los botones de aquel mando a distancia conectado por cables con las plaquetas de metal que llevaban unos cinco minutos emitiendo corriente discontinua a mi afliccionado hombro.
No tardé en darme cuenta que el + era más potencia y que el – era menos potencia. Por algo, como he dicho al principio de este cuento que está a punto de acabar, por algo soy informático.
Bien. Luego, subí la potencia hasta el 80% para probar a ver hasta dónde era capaz de soportar. Pero, joder, aquello era un puto pellizco, que me producía un dolor insoportable, así es que intenté darle al -, pero como el dolor me tenía un poco retorcido, pues lo único que conseguí es que, en vez de bajar, subiera hasta el mismísimo 100%. Joder. ¡Ahhhrg!, caí al suelo encogido.
Y, cállate, en el suelo no podía dejar de rodar sobre mí mismo, como un feto al que acaban de dar a luz en coche de choque. ¡Coño, qué daño!, volví a gritar.
En esas que el mando se me soltó de las manos, y entonces ya me di por perdido. Intenté alcanzar las placas metálicas con la otra mano, pero, como ya les he dicho, la movilidad de organismo, ya de por sí menoscabada, ahora lo estaba mucho más debido a aquella dichosa tendinitis calcificante. Nada. Imposible.
El resto de hombres allí presentes no dudó en lanzarse a auxiliarme. El primero fue el entrenador, que se tiró encima de mi tronco con la intención de detener mis giros y hacerse con el mando a distancia, y detrás de él vino el chico de la camiseta de fútbol, que optó por agarrarme las piernas. Lo que no imaginaba es que el señor mayor también se acercaría, pero, como hacen los señores mayores cuando se acercan a una obra, en esta ocasión también se limitó a dar indicaciones a mis dos reductores, señalando visiblemente excitado y elevando la voz de una manera que me sorprendió.
Justo en aquel instante entró la chica que hacía la limpieza y, nada más ver el panorama, volvió por su propio pie y desapareció en un santiamén.
Finalmente el chico pudo hacerse con el mando y le preguntó al instructor que cómo iba aquello, que a qué botón había que darle, que a qué puto botón había que darle para apagar aquello.
Costaba entenderle, en parte por lo cerrado de su acento y en parte porque los tres estábamos temblando como si chupáramos la misma pila de petaca aquella de los cojones.
Menos mal que al final el anciano tuvo la iniciativa de inclinarse, arrebatarle el mando al chico de color y arrancar los cables. Con lo que todo se detuvo.
Tardé unos instantes en recomponerme.
– Pe-pe. Peper-dón.
Tenía la cara del instructor a escasos centímetros de mi cara. Mascarilla con mascarilla. La suya era una higiénica, y la mía era una KN95. Aún así pude notar su aliento.
Antes de nos hubiéramos levantado una pareja de la policía municipal hizo su presencia en el gimnasio, seguidos por la chica de la limpieza y de un conserje cuya cara me sonaba de vivir en mi barrio.

Bueno, créanme o no, esto es lo de siempre.
La policía no dudó en apartar al chico de la camiseta de fútbol y al fisioterapeuta y me agarraron por la espalda al tiempo que intentaban ponerme las esposas. No era la primera vez que me las ponían. Otro día, si me lo permiten, les daré los detalles, pero ahora se está acabando el cuento y no es el mejor momento.
Bueno, me comienzan a esposar y yo les digo que no he hecho nada, que no me estiren del hombro hacia atrás que… ¡Crack!

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