Campanicas, relato de Antonio Peñalver

Campanicas (relato)

 
Hoy lo he vuelto a ver. Casi está borrado del todo, pero si te acercas y mueves la cabeza todavía puedes leerlo: TINO. No sé con qué coño lo escribió. Es como cera engomada o no sé qué es. Pero el caso es que han pasado casi cuarenta años y allí sigue escrito en el tubo metálico del desagüe color naranja: TINO.
Yo no tendría ni trece años. Y a pesar de mi poca memoria, recuerdo que ya tenía la cabeza llena de los mismos pájaros que tienen los críos a esa edad. Tetas, música, tebeos, fútbol y amigos. Y allí era precisamente a dónde iba. Acababa de dejar la bolsa de faena en la fábrica y recoger los pares sin hacer, y también un poco de cinta que le hacía falta a Etelvina, la vecina que ayudaba a doblar los zapatos en mi casa a mi madre. A veces, si tenían mucha faena y no tenía muchos deberes, me tocaba dar de cemen; pero aquella tarde tuve suerte. Ni había para dar de cemen ni casi me pusieron deberes. Al menos nada que no pudiera hacer después de cenar, antes de irme a la cama. Nada; dos hojas de inglés; de algo que entendía.
Por eso cogí la merienda y me bajé a los bajos para ver si estaban estos. No estaban todos, pero alguno sí había. El Carlos, el Luisico, el Chino y su hermano el Floren, que, aunque era pequeño, le dejábamos estar con nosotros porque su madre trabajaba fuera de casa y de su padre nunca se habló nada. Cuando salía el tema el Chino se ponía nervioso y el Floren hasta se ponía a llorar. Pero nunca decían nada. Muerto, desde luego, no estaba.
Bueno, faltaban el Paco el gordo y el Paco el moreno, que casi siempre iban juntos a todos los sitios, se sentaban juntos en el cole y hacían los deberes en sus casas, juntos. Los padres del Paco el gordo tenían una tienda de comida y siempre llevaba muñequicos de Asterix en los bolsillos: Romanos, Obelix, Asterix y hasta el que tocaba el harpa, que era el que menos salía en los Phosquitos. Hasta ese tenía.
– No tardarán, dijo el Luisico. Les he tocao el timbre y me ha dicho su hermana que estaban terminando de hacer los deberes y que bajarían cuando los terminaran.
– ¿De qué hablábais?
– Ah, del Discoplay. Mi tete va a hacer mañana el pedido y lo he traído por si queríais pediros algo para vosotros. Pero tenéis que pagarlo antes de que lo pida.
– A ver…
– La camiseta de Airon Maiden mola.
– Sí, pero son doscientas pesetas. Mi madre me mata si me la pido.
– Ya, pero flipa la calavera.
– Ya. Sí.
– Yo tengo dinero ahorrao, dijo el Floren, que siempre se hacía el chulico para que le perdonáramos los cuatro años que le llevábamos.
– Tú cállate, que ese dinero no es para camisetas ni gilipolleces del Discoplay.
– ¡Pues si se lo pido a la mama me lo da!
– Si se lo pides a la mama para una camiseta de Iron Maiden, lo que te da es una hostia que te pitan los oídos hasta el domingo por la tarde.
– ¡Pos no!
– Cállate.
 
Entonces vino él.
Se acercó sonriendo tímidamente y no se sentó en el cuadradico, sino en el portal de al lado.
Era un hombre mayor. Pero tampoco mucho. Como un hermano mayor de los que están a punto de irse a la mili.
Su aspecto no era normal. La ropa era como muy seria. Y también el pelo lo llevaba perfectamente cortado, como de haber ido hace poco al peluquero.
Nos miraba furtivamente, sonriendo. Y en cuanto cruzábamos alguno la mirada con la suya, la esquivaba mirando a los coches que pasaban o a la gente.
No tardó en meterse en la conversación:
– Airon Maiden molan. A mí me molan.
– Sí, dijimos.
– Y los Kiss, dijo el Carlos, que tenía hermanos mayores y podía escuchar más cintas que los otros.
No tardó en sentarse con nosotros. Sonreía con calma.
– ¿Me dejas ver la revista?
– Claro.
Se puso a mirar el Discoplay, aunque pasaba las hojas muy rápido, no le podía dar tiempo de leer nada. Imposible.
Nosotros nos miramos un poco extrañados.
Entonces llegaron los Pacos. Y aquel mayor se quedó mirando al Paco el moreno. Enrolló el Discoplay en un tubo y levantándolo en el aire se presentó:
– Yo soy Tino. Estoy de paso. Soy militar; nos dijo. Y enseguida sacó una cartera, la abrió y pudimos ver un carnet con su foto y con un escudo. La cerró enseguida, y mirando alrededor, susurró: Si alguna vez tuviérais algún problema, me buscáis. Pero no vayáis corriendo la voz mucho por ahí. ¿De acuerdo?
– Sí.
– No es bueno que la gente sepa estas cosas…
Paco el gordo no se fiaba mucho de aquel tío. La verdad es que nunca se fiaba de casi nadie que no fuera el otro Paco. En parte porque era el dueño del balón con el que solíamos jugar siempre y eso hacía que no le pudiéramos decir que el Madrid era mejor que el Barça ni que estaba contando trolas. Porque siempre contaba muchas trolas. Trolas como camiones. Y, claro, si queríamos jugar al fútbol en el corralón había que dejarse atropellar por aquellos camiones llenos de trolas que se soltaba a toda hora.
Pero no, no le gustó el Tino.
Antes de que nos diéramos cuenta nos estaba encandilando con historias de espíritus y de magia. Sabía lo que nos gustaba. Además, la manera de hablar no era como la de allí del pueblo. Era rara. Como de la gente que salía hablando por la tele sentados por las noches a veces. Raro.
Antes de que nos diéramos cuenta era de noche y Tino seguía hablando que te habla. Habló de los Egipcios, de los viajes astrales y de que él tenía poderes mentales.
– ¿No os lo creéis? Mira. Tú, le dijo al Paco moreno cogiéndole la mano: Tienes los calzoncillos de color…. amarillos.
Nos quedamos todos callados.
Y al poco tiempo, por vergüenza comenzamos a reírnos.
– Que, ¿no? Míratelos. Le dijo.
– ¡Yo no me miro los calzoncillos!, contestó el Paco el moreno.
– Pero son amarillos, sonrió Tino. Lo sé. Y luego me miró a mí: Y los tuyos son blancos.
Yo sí me los miré. Doblé los pantalones y vi que eran blancos. Sí, dije.
– ¿Lo veis? Soy capaz de adivinar cosas que la gente ni sabe que existen. ¿Queréis que os enseñe?, nos preguntó.
– Sí. Dije yo entusiasmado, mientras los demás callaban.
– Bueno, hoy se ha hecho tarde. Pero mañana sábado a las diez podemos quedar aquí y os enseño cómo usar la telepatía y otras cosas. A vosotros dos, ¿vale?. Nos dijo mirándonos a mí y al Paco el moreno. Mañana, a las diez, no os olvidéis de venir. Dijo levántandose. Miró al Paco el moreno fijamente y luego nos miró a los demás: Otro día os lo enseño a otros dos. Porque son cosas que no puede saber mucha gente de golpe. Entendéis, ¿no?
– Sí.
 
Luego jugamos un poco a la vaca preñá. Porque se había hecho muy de noche y al Paco el gordo no le dejaron sacar la pelota. Además, no nos iba a dar tiempo de jugar ni medio partido, porque los viernes por la tarde los padres no trabajaban y se cenaba antes en las casas.
Aquella noche, me acuerdo, mi hermana hizo una tortilla que se le quemó para los dos, porque nuestros padres habían salido a cenar con nuestros tíos.
Vimos un poco la tele y enseguida nos acostamos.
Le dije que me despertara a las nueve, y cuando mi hermana me preguntó que si tenía partido de futbito o qué, yo le mentí diciéndole que sí.
– Jugamos contra la Sagrada Familia. Nos van a dar una paliza, como siempre. Pero bueno.
 
A las diez de la mañana ya estaba Tino allí cuando llegué. En cuanto me vio volvió a sonreir con la misma cara que había puesto la tarde anterior. Un poco una mezcla entre tímido y enfadado. Yo estaba realmente emocionado. Tener un amigo que era del ejército estaba chulo, y no digamos si encima te enseñaba cosas de magia y de telepatía, y viajes astrales y todas esas cosas.
– ¿Sabes si Paco va a venir? ¿Te ha dicho algo?
– Aye me dijo que no lo sabía, que a lo mejor su madre no le dejaba.
– Bueno, vamos a esperarlo un poco, ¿vale?
– Vale.
 
Los sábados por la mañana siempre están llenos de gente por las calles, porque son cuando se aprovecha para ir a comprar al mercadillo y a las tiendas. La gente, además, tiene prisa por hacer pronto los recados y volver a su casa a preparar la comida y con el fin de semana ya metido entre las cejas.
Al rato de estar esperando al Paco moreno, Tino me dijo:
– Vámonos nosotros dos. Él se lo pierde.
– ¿Quieres que el toquemos el timbre? Vive en mi escalera…
Dudó un instante:
– ¡No! ¡Vámonos nosotros!
 
Y así fue cómo, entre consejos para prepararse para un buen viaje astral, y aclaraciones sobre mi ascendente Leo, así fue como, casi sin darnos cuenta, estábamos en un descampado de la parte de abajo de las Escuelas Nuevas. Por los caminos. Había almendros y algo de basura que a veces dejaban de escombros de obra y nada más. Recuerdo que era un día nublado, pero que ni hacía frío ni calor. Yo llevaba una cazadora fina y hasta me sobraba, pues de estar un rato andando, al final me la tuve que quitar y me até las mangas a la cintura.
Tino llevaba la misma ropa del día anterior. Ropa como triste. Como de conserje.
De vez en cuando miraba alrededor.
– No creo que venga ya, ¿eh?; recuerdo que llegué a decirle.
– No, no creo. Contestó Tino sonriendo.
– Mira, eso son campanicas.
– ¿Campanicas?
– Sí. Le dije yo acercándome a unas matas con flores alargadas y amarillas y cogiendo una, la arranqué para luego ponérmela en la boca. Está dulces. Y buenas.
Tino se rió desde dentro. No pudo evitar carcajearse. Noté que le brillaban los ojos cuando se acercó a coger él mismo una campanica, la arrancó y la chupó divertido:
– Sí, que están buenas, Anto, sí. Dulces. Sí.
– No hay que comer muchas, que si no te empachas.
– Ja, ja, ja. ¡Vaya manera de hablar que tenéis por aquí! ¡»Te empachas»! Ja, ja, ja. Mira, vamos a sentarnos ahí, dijo señalando unas latas de cola que había debajo de un muro de piedras.
Y yo le seguí.
Recuerdo que antes de sentarnos me dijo:
– Voy a hipnotizarte.
– ¿Sí?
– Sí. Vamos a hacer una regresión y vamos a saber qué fuiste en tu vida anterior. ¿Quieres saberlo?
– ¡Sí!
 
Así fue cómo me agarró de los dos antebrazos y me apoyó en la pared de piedras del bancal. Entonces noté que tenía la fuerza de un hombre. La fuerza necesaria para manejar a su antojo el cuerpo de un chaval de doce años. Ahora estaba serio. Y el tono de voz le había cambiado. No se esforzaba en caerme bien. Volvió a mirar alrededor. Y luego me puso las manos en las sienes y me ordenó que cerrara los ojos. Y yo le hice caso. Me dijo que hiciera el esfuerzo de no pensar en nada, de poner la mente en blanco.
– Piensa que estás en túnel, me dijo.
Y entonces, al percatarme del cambio de tono de su voz y al ver que se estaba poniendo nervioso, entonces supe que me iba a matar.
Probablemente me violaría y me mataría después, chafándome la cabeza a pedrazos. Para que no pudiera chivarme.
Entonces yo tragué saliva.
Porque, aunque sabía que había picado en el anzuelo, en el fondo quería que me hipnotizara y saber lo que se sentía al ser hipnotizado y regresar a una vida anterior.
– ¿Estás en el túnel? ¿Ves una luz al fondo?
– Sí, dije yo, con los ojos cerrados y con la voz temblorosa.
– Bien, Anto. Voy a tocarte tus partes.
– …
– Ya está.
– …
– ¿Lo has notado?
– No.
Yo estuve a punto de ponerme a llorar, pero algo me decía que era mejor no alterar la situación. Él era mucho más fuerte y grande que yo. Ni siquiera tenía la opción de huir corriendo, porque yo era el peor corredor de mi clase.
Por eso simplemente acerté a decirle:
– ¿Nos vamos?
Y abrí los ojos y vi a Tino mirándome fijamente, con la cara rota. Con la mirada ida y la mandíbula apretada.
– Sí. Vámonos.
 
Todavía hoy no sé ni cómo me pude librar de aquello. Quizá fuera el dulzor del polen de las flores del saúco amarillo. O que no le gustara lo suficiente. Quién sabe. El caso es que se apiadó de mí. Y me acompañó hasta el portal de mi escalera, contándome otros secretos misteriosos, aunque ahora ya con menos entusiasmo que en el viaje de ida.
Era yo, incluso, en mi estupidez, que apenas podía fingir interés.
Pero sí. Me dejó regresar.
Y luego, o quizá otro día, Tino volvió a nuestro portal y escribió su nombre con mayúsculas en el tubo metálico del desagüe. Con algo que no acerté nunca a saber qué era. Pues, como ya os dije, es una mezcla entre cera y goma. Una mezcla que ha soportado legible cuarenta años. TINO.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Ver más

  • Responsable: Antonio Peñalver Guillén.
  • Finalidad:  Moderar los comentarios.
  • Legitimación:  Por consentimiento del interesado.
  • Destinatarios y encargados de tratamiento:  No se ceden o comunican datos a terceros para prestar este servicio. El Titular ha contratado los servicios de alojamiento web a ionos que actúa como encargado de tratamiento.
  • Derechos: Acceder, rectificar y suprimir los datos.

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos y para fines de afiliación y para mostrarte publicidad relacionada con sus preferencias en base a un perfil elaborado a partir de tus hábitos de navegación. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad