casa de putas, fragmento de la novela La Humillación

Casa de putas (fragmento)

Al final me decidí por un piso en el que por lo visto había seis tías trabajando al mismo tiempo. Por lo menos, pensé, si no me gusta una me gustará otra. Seis son muchas. Incluso, oye, llegado el momento hasta puede surgir la oportunidad de montarse un trío, que es una de esas fantasías incumplidas que arrastro desde que cumplí los seis años. O antes incluso.

Además, el que se autogestionaran ellas y no hubiera visos de tener chulo, me daba buen rollo; dentro, claro está, de lo patético que era todo aquello en lo que me estaba metiendo yo solico.

Escogí un pueblo que por supuesto no estuviera muy cerca del que yo vivía ni del que había nacido. Más que nada para evitar arriesgarme con cruzarme con algún casado conocido que sé habitual de estos asuntos. Conduje hasta donde me indicaron y me sorprendió ver que por fuera parecía una planta baja de toda la vida, como en las que viven los abuelos. La calle parecía tranquila. La fiesta estaba dentro.

Al ir a tocar la puerta reparé que ésta estaba abierta. No tenía cerradura. Alguien había arrancado la parte del pomo como con una maza a golpes o algo parecido. Entré.

 – ¿Se puede?

-¡Pasa, pasa, cariño! Gritaron desde el fondo.

Valiente de mí me adentré por un pasillo oscuro en que el olor a basura y cieno casi que colocaba. Las paredes eran de papel pintado de aquel geométrico y colores chirriantes, aunque estaba desconchado a trozos. Al final había algo de luz, por lo que supuse que la voz que me había invitado a entrar provenía de allí. Y, sí, así era.

Al entrar me encontré en una peli de David Lynch.

– Hola, cariño. Siéntate por ahí.

La que me hablaba era una mulata que estaba liándose una ele de marihuana cogolluda de la que no levantaba la cabeza mientras hablaba. Estaba en un sofá de escay rojo que tenía una cubierta de ganchillo llena de agujeros y de un color indefinido. A sus pies había un pitbull blanco en actitud tensa. En el mismo sofá había otra tía roncando con un vaso de cubata en una mano. Si no se caía era porque un moro viejo que tenía sentado al lado le agarraba una teta con una mano mientras que con la otra sujetaba el mando a distancia y un cigarrillo; e iba cambiando continuamente los canales de una tele mientras le daba alguna calada suelta. Aunque la tele estaba alta, se escuchaba un sonido repetitivo proveniente de las habitaciones contiguas, tardé un poco en descifrar que era el sonido de los somieres de parejas que estaban follando por las habitaciones. Calculé que había por lo menos dos.

Luego había una alfombra con una escena de caza absolutamente sangrienta puesta en la pared a modo de tapiz. Segurísimo que llevaba allí ochenta años colgada. Un ciervo con unos cuernos de catorce puntas agonizaba al borde de un precipicio rodeado de mastines que le arrancaban trozos de su cuerpo, mientras que al otro lado un grupo de hombres elegantes y armados lo señalaban como diciendo: Vas a acabar peor que el padre de Bambi.

– Siéntate, hombre. Estás en tu casa –me dijo la mulata mirándome a los ojos por primera vez- Perdona, pero me has pillado liada con esto. Es que estoy con depresión, ¿sabesh Y la maría me ayuda a llevarlo, ¿me entiendesh lo que te quiero decir?

– Sí. Más o menos.

 -¿Lo quieres encender tú?

– No, gracias, no fumo.

– Empezamos bien… ¿Te apetece un cubata? No sé si quedará hielo, Anoche no había. Tres euros el cubata. La serveza a euro la lata.

– ¿Whisky tenéis?

– Pfff. No sé. Mira a ver, hay de todo, creo. En el mueble de encima de la tele. Ahí en la cocina hay vasos limpios… Entrando a mano derecha. Mira en el fridge a ver si hay hielosh hecho. Y si hay, hasme el favor, cariño, tráeme la cubitera, que esto que tengo aquí parece muito al caldo de gallina.

Abrí el mueble bar y encontré una botella de whisky de marca blanca, la cogí y me la llevé a la cocina. No quiero dar muchos detalles de la cocina. Sólo comentaré que estaba todo lleno de cajas vacías de pizza que formaban una especie de escalera por la que, al encender la luz, me dio la impresión de ver una cucaracha subir desde una cuatro quesos a una de barbacoa, pero no quise procesar aquella información. Encontré los vasos y cogí uno, aunque lo fregué con agua del grifo disimuladamente antes de servirme nada. Había una cubitera de silicona con dos o tres cubitos, así que la cogí y se la llevé al salón.

– Gracias, cariño. ¿Es la primera ves que vienes? No me suena tu cara.

– No, no. Es la primera vez.

– ¿No es la primera ves? O sea, que ya habías venido antes…

– No. N-o he venido antes. Hoy es la primera vez que vengo.

– Ah. Pues esto te va a encantar, ya verás. Todo el que viene repite. Todos. Raro es el que no repite. ¿No veisch que somos como una familia?

El petardo lo estaba llenando todo de un humo dulce y pegajoso que me obligó a toser. Y cuando tosí el pitbull se incorporó gruñéndome y en posición de ataque. Entonces descubrí que no estaba atado.

– ¡Brad, stop! –le gritó la meretriz- No te preocupes, no hace nada. Es muy manso. Lo tenemos aquí pa que los yonquis no entren a robarnos, ¿no veisch que tenemos al lado el ambulatorio y todos los días vienen a lo de la metadona? Siéntate, anda, que me estoy cansando de verte de pie. ¿Eres de aquí?

– No, de un pueblo de aquí cerca.

– Ah.

– ¿Cuánto cuestan los servicios?

– No, son gratis. La puerta que tienes justo detrás.

– No. Digo los servicios sexuales.

– Ah. Veinte minutos veinte eurosh. Una hora sesenta minutosh.

– ¿Cuánto cuesta una hora?

– Sesenta euros quería desir.

– Normalmente cuando es más tiempo sale más barato. No es que esté diciendo que me rebajéis el precio, pero es que he estado mirando en internet y casi siempre es así.

– Ya, es que a nosotras nos da igual lo que cobren por ahí. Nosotras cobramos un euro por minuto. Y punto.

– Pero si se pasa de media hora me avisas, ¿no?

– Sí, tú no te preocupes, cariño. Yo me pongo la alarma despertador y te aviso cuando llegue la media hora.

– Ojo, que si me paso no pasa nada, ¿eh? Sólo quería saber un poco cómo iba todo.

Justo cuando terminé la frase uno de los clientes que estaba follando comenzó a gritar mamasita, mamasita, ay, mamasita, por lo que intuí que había terminado.

– Paulova ya está. Esperamos un poco y ahora entro a hacer la cama, ¿vale cariño? Va a ser muito bonito. ¿A que sí?

– Sí, sí. No hay prisa.

– ¿No veisch que hay que dejar que se aireé todo un poco…?

– Sí, sí.

Al poco tiempo el mamasito salió por el pasillo y pude ver que era un ecuata. Llevaba la gorra roja puesta, donde pude ver que había serigrafiada una grúa, aunque no llegué a leer el nombre de la empresa en la que trabajaba. Al rato salió la tal Paulova, que medía casi dos metros y tenía cara de haber hecho la EGB en los vestuarios de un gimnasio de lucha libre.

– He tejado la cama hecha, Sole – le dijo a la mulata.

– Muchas grasias, presiosa.

– Voy a pedirme una piksa, ¿queres media de algo para ti?

– Sí, pídeme media de peperoni con alcaparras y extra de sebolla. Que no le pongan pimiento, que me repite muito. ¿De dónde la vas a pedir?

– Del Nápolis.

– Pues entonses dile que es para mí y ellos ya saben cómo la quiero. ¿Pasamos, a la habitasión, cariño?

– Sí. Vamos…

Entre el ambiente internacional, el lingotazo de aquel whisky que sabía a colonia de perros, la cucaracha bajando los peldaños de cartón en plan Fred Astaire, el humo de la maría y el repaso gastronómico que se acababan de pegar, menos follar me apetecía hacer cualquier cosa.

– Pasa y límpiate ahí, cariño.

– Voy.

– Dime, ¿qué es lo que te apetese hacer?

– Me apetece un francés, ¿vale? Es que tengo novia y no quisiera follar con otra. No me lo perdonaría. –Tuve que mentirle para no herir su sensibilidad.

– ¿No te lo perdonaría tu novia?

– No, no me lo perdonaría yo…

– Ah. Y creo que tu novia tampoco, eh.

– No, creo que tampoco. Que ella tampoco me lo perdonaría. Ni ella ni yo.

– Túmbate aquí, cariño. ¿No veisch que así vas a estar más cómodo?

– Gracias.

– ¿Puedes pagarme ahora? ¿Cuánto vas a estar?

– No sé…

– Págame media hora, ¿vale? Luego si la cosa se alarga ya veremos. Yo te avisosh, cariño.

Yo ya estaba en pelotas, tuve que volver al pantalón a sacar el dinero. La tía salió a esconder el billete y volvió con el chándal quitao, sólo con el sujetador y un calcetín puestos. Se puso en cuclillas para quitarse el calcetín que le quedaba cuando de repente comenzó a llorar. Yo no entendía nada.

– ¿Te pasa algo?

– No. ¡Es que esto es muy duro para mi! ¿No ves que mis padres se creen que estoy en España estudiando? ¡Si supieran a qué se dedica su hija se morirían! ¿No veisch que están ya muy mayores?

– Házmela aunque sea con la mano, ¿vale?

Pero la mulata no dejaba de llorar, se notaba que llevaba un pedal del quince, y yo di mis veinte euros por perdidos. Me levanté y comencé a vestirme.

– Lo siento, de verdá. Pero es que llevo una temporada que no levanto cabesa.

– Ni yo tampoco. – me dije mirándome el pingajo que tenía entre las piernas.

Cuando salí de aquella ratonera ya había oscurecido. Era entre semana y no había un alma por la calle. La verdad es que estaba aliviado por no haber hecho nada con aquella tía. Todo era tan cutre que me hubiera pasado varios días manioso de haberme infectado con algo.

No sé muy bien qué me esperaba encontrar. Desde luego podría haber sido todo mucho peor. Mejor volvamos al mundo aparente normal.

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