Cela (fragmento)

Hablando de Cela, nadie como él alimentó la idea de escritor en el triste panorama que va de la posguerra hasta los años setenta. Está documentado que para escribir Pascual Duarte se inspiró en fragmentos enteros de una novela barata popular de un escritor español desconocido. Estas cosas pasan mucho. Me pasan hasta a mí. Durante muchos años don Camilo supo vender su imagen y rentabilizarla, lo que, en cierta manera, es también un arte; y no sencillo. Aunque en los ochenta su figura, humana y literariamente, se desinfló de repente. Decidió dejarse invitar y a vivir, que son dos días.
Mientras que don Miguel Delibes en aquella época protagonizó uno de los pocos momentos gloriosos que ha dado nuestro mundillo literario, cuando tuvo el valor de denunciar que había rechazado en varias ocasiones el premio Planeta, ya que consideraba que la naturaleza de los premios literarios es la de descubrir nuevos talentos y no otra. Coro de grillos de fondo. Cela, en cambio, aceptó formar parte de una de las estampas más mezquinas y ruínes que se recuerdan en el mismo panorama cuando optó por ganar el Planeta.
Y no tanto por aceptar ese tongo que parece que todos, escritores, críticos y periodistas, dan por aceptado y asumido, desnudando la dimensión de su podredumbre. Sino que, por lo visto, no tuvo reparos en coger las ideas de una de las novelas que alguien desconocido había enviado al premio años antes. En la editorial Planeta debieron de echarle un vistazo y en vez de decir:
– ¡Eh! ¡Aquí hay una escritora por descubrir! ¡Hagámosle un hueco y démosle una oportunidad!
Dijeron:
– ¡Eh, mirar! ¡Esto es muy Cela! ¡¿Y si se lo pasamos a don Camilo a ver si le gusta y le ofrecemos que gane el Planeta con él?!
Dicho y hecho. Así fue, amigos. Al parecer, el caso quedó sobreseído, pero, por lo visto La Cruz de San Andrés es un calco de una novela titulada Carmen, Carmela, Carmiña, escrita por una maestra coruñesa jubilada que había tomado la precaución de registrarla antes de enviarla a participar en el premio.
Eso, y a pesar de que el hijo de la escritora era un eminente abogado, no fueron suficiente como para poner en evidencia a Cela, que se fue a la tumba tan tranquilo; y desinflado. De plagio a plagio y tiro porque me toca.

 

Fragmento de la novela ‘La Humillación’

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