cicatrices, un relato de Antonio Peñalver

Cicatrices (relato)

No sé porqué esta mañana me he despertado acordándome de aquella chica. Sólo estuve una noche con ella. Hace muchos años. Si la viera no la reconocería siquiera. Pero esta mañana temprano, todavía de noche, me he aseado con su recuerdo.
Fue en una de las fiestas que solíamos montar en el piso que compartíamos unos estudiantes de Ciencias de la Información en la calle Guzmán el Bueno del barrio de Moncloa en la capital. Una vez al mes aproximadamente solíamos hacerlo. Y recuerdo que casi todos éramos gente de provincias, desinhibidos, aspirantes a modernos y culturetas.
Bebíamos y charlábamos hasta que los vecinos comenzaban a tocar en la pared.
Así fue como la conocí. Ya os digo que no recuerdo ni el nombre.
Tenía, eso sí que lo recuerdo, una sonrisa luminosa y un brillo en los ojos que fue lo primero que me llamó la atención y que me empujó a que me acercara a hablar con ella. Estaba en periodismo, en la clase de Chus. Y se trataban porque los dos eran de Cadiz.
Por supuesto que ni recuerdo de lo que hablamos, pero supongo que hablaríamos de las cosas que hablan los veinteañeros borrachos en las fiestas entresemana. No sé, cualquier cosa. Por aquel entonces, además, el alcohol me sentaba bien y me permitía cabalgar en sus efluvios sin perder el control de sus riendas.
Acabamos en una de las habitaciones. La de un chico gay de Murcia que sólo venía unos días al mes. Y no acabamos en mi habitación, porque, simplemente, yo no tenía una como tal; me explico: acaba de instalarme y me permitieron quedarme unos meses a dormir en el sofá cama del comedor hasta que encontrara un piso compartido. Pero al final me quedé en aquel. Pero, bueno, no quiero desviarme mucho del tema.
Acabamos en la cama del marica murciano y al desnudarla me quedé perplejo de ver que tenía el cuerpo lleno de cicatrices. Alguna era tan larga que le cruzaba el tronco desde un brazo hasta el ombligo. Intenté contener mi sorpresa lo que pude, pero ella no tardó en explicarme que había tenido un accidente grave de coche hacía unos años. Que estaba viva de milagro.
Le tapé la boca con un beso largo y suave. Y luego continué besándole las heridas cicatrizadas. Recuerdo que uno de los pechos no tenía pezón. Pero me dio igual. Follamos como se folla a esa edad, con alguien a quien sabes que probablemente nunca volverás a ver.
Fui amable incluso hasta la mañana siguiente, y la acompañé a desayunar en el Bob’s de Quevedo, y luego hasta la puerta del metro.
Me contó algo de su familia y de porqué había decidido ser periodista.
Y se fue.

A los pocos días le pregunté al Chus que si tía aquella de su clase le había comentado algo de mí. Y me dijo que sí. Que se lo pasó bien conmigo, pero que estaba un poco mal de la cabeza.
Me sorprendió que dijera aquello.
Y no es porque no piense que esté un poco loco, porque todos lo estamos, por fortuna; me sorprendió porque no recuerdo en ningún momento haber dicho ni hecho nada extraño ni fuera de lo normal.
Además, me molestó la sequedad con que mi compañero de piso me transmitió su comentario; aunque supongo que habría algo de recelo en su tono.

Y ahora que pienso en aquello. No sé porqué. Pero pienso que es importante que haya gente que opine que todos los demás estamos mal de la cabeza. Porque esto nos mantiene en alerta. En alerta de la locura ajena, de la locura propia, y de toda la locura, tan, por otra parte, necesaria para sobrevivirse.

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