¿Crees que vendrán a por mí? (fragmento)

Un día, esperando a ser atendido en una biblioteca conocí a un español con un ojo un poco torcido pero que parecía buena persona. Tenía aspecto como de ser un estudiante de oposiciones toledano de ésos que tocan la pandereta en las tunas y que tienen un arco de edad indefinida que puede ir de los venticuatro a los cuarentaycuatro años. Aunque se vestía y se peinaba correctamente, según los cánones occidentales, intuías que debajo se escondía una personalidad y hábitos ligeramente caóticos y turbios.

Bueno, no sé muy bien cómo explicarlo. Mejor dejen que pasen las cosas y lo entenderán.

Si vives en otro país, rodeado de gente que habla otro idioma, cuando escuchas a alguien hablar tu misma lengua te reconforta. Además, si vives solo y percibes que esa otra persona que está hablando contigo también está solo, entonces algo irrefrenable te une a él.

Antes de que pudiera pararme a pensar en las consecuencias estaba en el salón de su casa. Olía a gato muerto y olvidado. Estaba todo tan cerrado y oscuro que el olor se te pegaba a la piel como una camiseta sudada por otro. Había cajas acumuladas por todos lados y un tío sentado en un sofá roído que saludó sin levantar la cara de la tele.

– Este también es español. De Sevilla. Se llama Miguel.

– Hola, dije yo.

– Eh. Contestó Miguel, el sevillano.

– Pasa, pasa a mi habitación.

Y yo pasé.

– Mira, toma. Esto es una revista que edita un amigo mío para los españoles en Londres. No hace muchos ejemplares, pero se distribuye muy bien. Centros culturales y bibliotecas.

¿Qué cojones era aquello? Una puta revista hecha con fotocopias, grapada por fuera y maquetada por un disléxico militante ¡Qué cojones era aquello!

– Ah, mola. Yo también hacía fancines de joven.

– Oye. ¿Quieres que hable con mi amigo para que publiques algo?

– No, no. Déjalo. Hace años que no escribo.

– Mira, este artículo es mío. ¿Te lo leo?

-¿Eh? ¿Sí? …Sí. ¡Sí, Ok!

– Siéntate.

Y me senté deseando que comenzara en aquel momento un terremoto nivel 8 de la escala Ritcher que tuviera el epicentro en aquella habitación con olor a gato remuerto y puesto a cocer a fuego lento y ropa colgada en perchas sujetas con cáncamos en la pared de ¿moqueta?.

Tuvo los santos cojonazos de leerme una parrafada de un artículo de opinión que había escrito sobre el último atentado de ETA. Yo no sé cuantas hojas tenía aquello, pero cada vez que pasaba hoja me entraban ganas de gritar.

Por resumir, la cosa iba de que aquel colega estaba en contra de la violencia del grupo armado vasco y la condenaba con un estilo narrativo que, de tan manido, inspiraba ternura. Sí, me refiero a ese tipo de frases que cuando escuchas las dos primeras palabras adivinas perfectamente cómo van terminar y… ¡aciertas!

-¿Qué te ha parecido? Sé sincero.

– Bien.

¿ – En serio?

– Sí, sí.

¿ – Y de las ideas, porque, claro, tampoco sé qué ideas tienes tú, y…?

– Bien, las ideas bien. Bien.

– Un poco arriesgada, lo sé ¿Crees que podrán venir a por mí?

Cuando iba a contestar me fijé fugazmente en una especie de estampita tamaño postal de un monje que miraba al cielo como diciendo: “¿Porqué a mí, Señor?”

– No, hombre. No creo.

 

Fragmento de la novela La Humillación

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