cristal abujardado, relato de Antonio Peñalver

Cristal abujardado (relato)

Dormir en una casa ajena y despertar como el eterno invitado. Saberse no merecedor ni dueño de esta cuchara con la que remueves el café. Notar tan lejano el ruido de la calle. Allá abajo.
La conocí de casualidad, en un momento en el que los dos estábamos perdidos. Y nos encontramos en el callejón del Ministro Nogueras. Habíamos estado chateando una semana antes por el Meetic, que al ser de pago aleja a los aburridos que buscan con quién follar durante los cortes publicitarios. Seamos serios.
Qué quieres que diga de mí.
Aquella ciudad me gustaba. Me gustan las ciudades y la gente cruzándose sin mirarse. Eso me gusta.
Pero aparcar me mataba. Cada viernes el mismo infierno. Y había días que después de media hora al ralentí, mirando a los lados, había días que perdía la paciencia.
Nos quisimos como se pueden querer dos animales heridos.
Ya no son edades.
Yo le dibujé una enorme ballena en un lienzo de metro y medio que compré en el chino. Mezclé, recuerdo, varias tintas y acuarela azul en varias capas. Daba una capa. Cambiaba el azul, dejaba que se secara y luego le daba otras capas más. Parecía gris el mar, pero cuando le daba la luz de la ventana entonces podías ver los tonos de azul seco.
Yo no soy cariñoso. Ni ella lo fue. Pero nos hacíamos compañía. Y eso era más que suficiente.
No teníamos nada en común.
Simplemente los momentos que estábamos viviendo juntos. Como aquella vez que la vi por vez primera. Sonriendo y rodeada de luz.
Mucho más guapa que cualquiera.
Decíamos a todo que sí todo el tiempo.
Qué mierda.
Fue un año y un poco más.
Pero ella no estaba siempre conmigo. A veces no estaba allí. Ni en su cama. Ni en la mía.
No.
Una noche hubo algo que me despertó. Estaba llorando. En sueños. Como lloran las niñas que se pierden en la playa. Estuve a punto de decirle algo para consolarla. Despertarla y decirle algo. Pero preferí acariciarle con cuidado el pelo.
Procurando no hacer ruido salí al baño del pasillo. Ya estaba amaneciendo. Y entonces me fijé que a través del cristal abujardado una araña bajaba lenta. Se paraba. Y luego continuaba. Hasta que desapareció.

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