deMemory, relato de Antonio Peñalver

deMemory (relato)

Mis padres bailando de novios. En la foto.
A mi madre le ocurre como a mucha gente mayor, que recuerda mejor «lo antiguo» que lo «de ahora».
Y también, como es habitual, cuenta las mismas historias, los recuerdos que su memoria le evoca, por esta o por aquella razón. En ocasiones, como nos pasa a todos, creo, los recuerdos se quedan almacenados en nosotros por algún motivo traumático, pero otros, me he dado cuenta, simplemente se quedan ahí, porque sí. Es como si nuestros cerebros necesitaran guardar algo y de repente dijeran: «Ahora toca recordar esto, venga». Y ya no olvidamos a aquel niño que nos miraba a través de la ventana del restaurante o la frase que nos dijo el compañero de facultad en clase aquella mañana soleada y fría. Son recuerdos. Y ahí se quedaron.
El caso es que hay veces que le vienen cosas nuevas a la memoria; situaciones de las que nunca me había comentado nada, fiestas, trabajos, o bien me habla de gente que conoció y, eso sí, mi madre nunca, nunca se atreve a juzgar a nadie. Lo que, atención, no significa que no sepa distinguir a la gente buena de la mala. No. No es eso. Es que simplemente a la gente mala no le tiene un especial rencor.
Bueno, pues resulta que, como hace poco que le han quitado el Sintron, pues ahora le han trastocado toda la medicación. Es mi hermana la que lleva estos trotes médicofarmaceúticos ( dos tildes, sí ). Y, según me contó, el lunes pasado comenzó con otras pastillas para la memoria, deMemory. Pero no me lo dijo por ella misma, sino cuando le dije que la mama estaba contándome cosas nuevas que nunca me había contado antes.
– A ver si van a ser las pastillas nuevas que le han recetado.
– Pues ¡seguro!
– Y, ¿que te ha contado?
– ¡Uah! Pues, no te lo pierdas, va y me dice que al tío Fernando, el hermano de su madre, que se la llevó al campo teniendo ella seis años con tal de echar un cable a nuestra abuela a sacar a las otras dos hijas adelante, pues va y me dice que una noche, salió al baño y lo vio como hablando con alguien en la calle, al lado del corral. Se asomó y entonces vio que había como guardias civiles pequeños, dos o tres, llenos de luces. Y que uno de estaba como hablando tranquilo. Y que el tío Fernando hizo como para salir huyendo, pero algo lo detuvo y vio cómo se levantaba del suelo despacio y se subía para arriba como a un avión que no hacía ruido.
– ¿Bebió vino?
– No. Calla. Que le pregunto que si volvió a verlo después y me dice que claro, que al día siguiente estaba como si nada, bajó la leche al pueblo y la acercó al colegio de las monjas. Y que cuando le preguntó que quienes eran aquellos guardias civiles pequeños, su tío le dijo: «Pepita, vamos a tener un secreto. Ni aquellos eran guardias civiles, ni yo soy tu tío. ¿Me vas a guardar el secreto?». «Claro», dice que le dijo.
– Pues qué raro, a mí nunca me ha contado eso. Eso es que lo soñaría.
– No, me dijo que le enseñó como un tatuaje que llevaba en la muñeca, que era como una espada mora o algo así.
– ¿Cerveza tampoco le diste de la tuya…?
– ¡Que no, coño! ¡Que es verdad!
– Pues vaya historia.
– Y no sabes lo mejor.
– No. A ver.
– Pues que justo me lo acabó de contar y tocaron el timbre de la calle.
– ¡Madre mía!
– Me asomo y no hay nadie.
– ¡Arrea! ¡Sería una vecina o algún chiquillo!
– No. Me asomé rápido. Estaba un poco asustado.
Justo entonces me entró una llamada.
– Espera, que me están llamando, no vaya a ser que sea del trabajo…
– Vale, vale.
– (…) ¿Sí…?

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