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Dos amigas y un novio extranjero (cuento)

Yo tenía un medio novio que era francés y que se llamaba Philipe (creo que se escribe así) y que, tampoco es que nos quisiéramos mucho, pero ahí estábamos.

Yo, como no trabajo por las tardes, iba a su casa y nos las pasába­mos enteras juntos. Veíamos la tele, leíamos, escuchábamos sus discos, fumábamos y follábamos bastante.

Philippe (creo que se escribía con dos «pés») era un buen amante. Y eso mi amiga Encarni lo sabía.

Yo a Encarni se lo contaba todo. Encarni también se puede decir que era mi mejor y única amiga.

Encarni era, lo que se puede decir, una tía que estaba buenorra. Imaginaos vosotros. Y por aquel entonces acababa de pasar una mala racha. El Carliqui, su novio desde chiquillos, una noche había salido de marcha con su R-5 y a la mañana siguiente lo tuvieron que traer en una ambulancia. La Encarni pasó una época muy mala. Encerrada en su casa sin querer comer y sin querer asumir lo que había pasado. A mí, recuer­do, se me ponía la piel de gallina cuando la escuchaba hablar con el Carliqui por teléfono. Pero al final, entre su familia y yo conseguimos hacerle asumir lo que había pasado y que se animara a salir poco a poco.

El problema vino cuando a mi amiga le dio por dejarse llevar. Se deja­ba llevar por los cúbatas y se dejaba llevar por el primer imbécil que le hacía gracia. Y eso hizo que yo me fiera distanciando de ella poco a poco.

De todas formas, si yo salía con Philippe (sí, creo que sí se escribe con dos «pés») a tomar algo y la veíamos a ella, casi siempre acabába­mos terminando la noche juntos. Bueno, hasta que el baboso de turno le invitaba a un cubata y ella aceptaba.

Philippe estaba aquí por cuestiones de curro. Era el técnico de una empresa que se dedicaba a instalar maquinaria para el calzado. Y como era un tipo de máquinas que la gente de por aquí no está acostumbra­da a manejar, pues él, después de haberla instalado, se tuvo que quedar tres meses supervisando su funcionamiento y todo eso.

Yo sabía que él se iba a volver a Burdeos (creo que se escribe así, o creo que se escribe Bourdeos, no estoy muy segura —yo es que soy de inglés—) cuando llegara el 1 de julio. Lo sabía. Y quizá eso fue lo que hizo andarme con mil ojos para no enamorarme demasiado. Porque, yo lo sabía, él me lo había contado desde el primer día, que, acabado su trabajo aquí, él se iba a volver para Burdeos con su mujer y sus hijos.

Y llegó el día.

Mejor dicho, llegó la última noche.

Los dos estábamos muy románticos. El me llevó a cenar a un sitio caro y recogido. Y yo no pude evitar llorar durante el café. Y eso que yo no lloro nunca, ni tomo café después de cenar. Aunque, todo hay que decirlo, también influyó mucho el vino y todo el costo que nos habíamos estado fumando durante toda la santa tarde.

Un piedrón de kilo y medio que ligamos con la idea de fumárnoslo aquel mismo día. Y eso es justo lo que hicimos. Salimos de bares y el tufillo hizo que nos salieran coleguitas por todos los rincones. Y entre todos los gorrones, cómo no, la Encarni.

Si a la Encarni los cubatas la disparaban, el costo la encañonaba. Cuanto más fumaba menos ella era. Y lo primero que más me extrañó aquella última noche fue que no se la llevara ninguno de sus babosos. Esa fue la primera cosa rara que vi.

Después vino lo de los besos.

Sin saber muy bien porqué y, allí mismo, delante mía, la Encarni y el Philippe empezaron a morrearse a base de bien. Y lo hacían con tal naturalidad que yo supuse que no era la primera vez que lo habían hecho. Y yo me dejé llevar por el calor del momento.

Cuando habíamos cerrado todos los bares nos fuimos a otros pue­blos. Cada vez más lejos. Yo no entendía porqué Philippe insistía en irse cada vez más lejos. Porque ya estaba amaneciendo. Pero cuando sugirió que nos quedáramos a dormir en algún motel de la carretera… Entonces lo vi claro.

Yo conducía, más mal que bien, pero conducía. Quiero decir que el coche era mío, vamos. Y, al contrario de lo que pudiera parecer, el costo, al contrario que a mi amiga, a mí me hace controlar. Voy pedo pero controlo.

Philippe iba detrás, con Encarni.

Yo actué como si nada. De repente escuché que habían dejado de reírse. Miré por el espejo, vi lo que vi, y cogí un camino perdido que había a la derecha.

Cuando quise llegar a un lugar lo suficientemente escondido, ellos ya estaban en plena faena. Paré. Bajé. Abrí el capó y saqué el gato. Abrí la puerta y empecé a golpearlo en la cabeza, ciega como iba.

Lo maté primero a él, a Philippe. La Encarni me costó menos, por­que la pobre se quedó aprisionada con el cuerpo de él.

Me costó un montón limpiar aquello. Pero a mí el costo me hace ver las cosas claras y me permite pensármelas con más calma. Así es que hice lo que creí mejor. Los envolví en papel de aluminio, una pasta que me costó, y en bolsas de basura tipo momias, y ahí detrás los tengo, encerrados en el capó, hasta que se me ocurra la manera mejor de hacerlos desaparecer.

Enterrarlos me parece muy cutre. Aunque supongo que es lo que tendré que acabar haciendo.

Algunas tardes, como no trabajo, me acerco al mar y abro el coche de par en par para que se airee.

Muchas veces he estado tentada de tirarlos al mar y evitarme pro­blemas. Pero sé que los cuerpos terminan siempre saliendo a flote por mucho lastre que les pongas. Ya veremos.

Cuando vinieron a preguntar yo supe decir las mentiras sin que me temblara la voz. Y como me había ocupado de hacer desaparecer el equipaje de Philippe (aunque me quedé con algunos discos, el de David Bowie de Héroes es que me flipa, lo tengo medio rayado de las veces que lo he escuchado) la teoría de la fuga de enamorados les pareció creíble a todos, a la policía, a la fami­lia de la Encarni, a la familia de Philippe y a los del programa de televi­sión que les dedicaron un programa especial de media hora.

Menos mal que a nadie se le ocurrió mirar en mi coche. Lo peor de todo es que estamos en pleno verano y las moscas y los gatos tienen muy buen olfato y no dejan de seguirme.

Finalista en el certamen El Fungible, Alcobendas, Madrid 1997

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