El Bocas (relato)

No tenía que haberle dicho que adelante. La culpa fue mía, porque luego se presentó en el bar y lo primero que dijo fue que iba de mi parte, bueno, lo dijo al final, cuando se iba, pero yo no le dije que fuera de mi parte, sólo le dije que le entendía, que entendía lo que me estaba diciendo y que entendería que les fuera a pedir explicaciones y ajustarles las cuentas; que se estaban columpiando y entrando en un terreno que no era de ellos. Pero cuando llegó al bar no sólo estaban los cuñaos, también había uno de la calle y la rubia que vende los ciegos. Y se presentaron allí con los fuscos al aire, como en las películas que ven. Iban rayaos, hasta las pestañas iban. Y fue el pequeño el que hablaba, siempre lo hacía; y les dijo que acababa de salir, pero que si tenía que volver a entrar, que volvía a entrar, pero que ni a él ni a ninguno de los Fernández se les faltaba al respeto mientras vivieran. Y los cuñaos me contó la ciega que ni parpadearon. Se quedaron con la boca abierta y así los mataron. Detrás de la barra. Cuatro o cinco tiros a cada uno. Primero le dieron al de las gafas y luego al gordo, que quiso hacer el gesto de ir a por la recortá que tenía siempre encima de la cámara de las litronas, al lao de la caja registradora, pero que no llegó a dar dos pasos. Me dijo la ciega que murió dando gritos. Porque el gordo siempre estaba gritando; siempre. No sabía hablar sin gritar. Y entonces el pequeño se metió detrás de la barra, sacó las perras de la registradora y se puso a mirar a ver si encontraba algo más por allí, mientras que les decía algo a los dos clientes que no era más que rayadas de gitano enfarlopao. Que si hablaban no acaban el mes. Ni tú, ni tú. Que yo soy Antonio el Mellao y si estos dos cabrones están haciendo charco es porque se lo han buscao y que a los Fernández nadie se les ríe en la cara por muy familia que sean de nadie. Me contó la ciega que le llegaron a poner el fusco en la sien pa preguntarle si había entendío bien lo que había dicho. Y dijeron que sí con la cabeza.

Los cuñaos, desde que empezó todo esto, comenzaron a mover con motos el tema por el pueblo. Tenían un par de chavales que repartían con las motos y aprovecharon tol tinglao para mover los pedidos que les hacían por los wasaps con el uniforme y las motos con la caja amarilla pa no levantar sospechas. Había días que no daban de sí. Y estaban a punto de coger otro más, que ya por lo visto lo tenían apalabrao. Porque la gente está encerrá y lo único que piensa es en colocarse y dejarse de movidas. Que el miedo es lo que tiene. Que había una pija de un chalet que pillaba un gramo todos los días. Y el chaval de la barba decía que no tardaría mucho en zumbársela, porque ya le había salido dos veces a sujetar los perros con un triste batín sin nada debajo. Eso comentó descojonao una noche que estaba yo allí. Yo les avisé que se andaran con ojo, que el Mellao estaba con un pie fuera, pero el gordo, que era el más valiente, me dijo que los dientes que le faltaban le iban a venir de maravilla pa cuando le hiciera una mamada, y se descojonaron todos los que estaban. 

Y no ocurriría nada si no fuera porque la idea no había sido de los cuñaos, sino que una noche, en el bar, después del futbol se pusieron a ver las noticias y al abuelo Santiago le llamó la atención lo que dijeron de que habían pillao a uno en Barcelona de los que repartían, que estaba aprovechando lo del confinamiento para repartir mojama por las casas. Y que lo dijeron en el telediario, que tampoco es que fuera idea del abuelo Santiago, pero los Fernández, como son tan suyos, enseguida torcieron las cosas y al final nos volvieron a tos locos de la cabeza.

Y también pasó que el pequeño estaba entalegao por una cosa vieja, y no le gustó lo que le contaban. Porque el problema es que a los cuñaos el harina les estaba yendo muy rulá. Que movían lo que no está escrito. Y allí en la casa de la familia no se acercaba a pillar ni San Benito Mártir. Por eso al primer permiso que le dieron, el Antonio me viene a mí a preguntarme que si era verdá que le estaban comprando la farla a unos ecuatas de Castillejo o de La Mista. Y yo le dije que no sabía a quién se la estaban pillando, que no era asunto mío ni me importaba, pero que sí, que estaban moviendo mucho con lo de las motos. Y entonces el chiquillo se puso enfuruñao y le pegó un puñetazo a la puerta de mi cocina. Que yo le dije que la puerta no tenía culpa de nada. Y entonces me preguntó que si no era de ley que fuera a pedirles explicaciones a los cuñaos del Graná. Y yo le dije que eso era cosa suya. Que yo no entraba ni salía en eso. Que yo tenía mi tema y que él sabría qué hacía. Pero entonces me dijo, mientras se chupaba la sangre de los nudillos, que yo que haría. Y entonces metí la pata hasta el fondo y le dije que los pondría en sitio.

Que la idea fue de mi abuelo, por mis muertos. Y ahí le corregí y le dije que lo había visto en la tele del bar y que los cuñaos lo único que hicieron fueron ver la misma noticia que el patriarca. Y la pusieron en marcha. Ya, pero tenían que haber hablao con mi madre, que aunque lleve la pulsera en el tobillo, si la llaman por el número de mi hermana ella lo coge el wasap. Ya. Pero quién iba a saber que aquello iba a furular como furuló de aquella manera. Ya.

Y el chiquillo me tomó la palabra y se presentó en el bar con sus dos hermanos mayores y de buena mañana entraron y se cargaron a los dos que estaban en la barra, el de las gafas y el gordo, que ni pestañearon. Bueno, miento, según me contaron al gordo le dio tiempo de estirar al brazo pa coger la quitamiedos que tenía siempre pal por si acaso. Y después de dejarlos secos se pone a hablar por los codos como en una puta película del Tantarino. Y le dice a la que vende los ciegos que si va a decir algo de lo que ha visto. Y la mujer le dice que, claro, que no. Y el otro, que tampoco, que tampoco. Que a nadie le gusta morir un jueves.

Y entonces vacía la caja de pasta, y levanta el cajón de dentro y arrambla con los siete u ocho pollos que tenían siempre preparados. Y antes de irse pega dos tiros más al aire, y lo único que consiguió fue llenarse de escayola del techo, sin venir a cuento, y no se le ocurre otra cosa que decir que yo había sido el que los había mandao allí a poner las cosas claras. Pero yo no había mandao a nadie a ningún sitio a hacer nada, que bastante tengo con lo que tengo aquí.

Y la ciega no, pero el otro no tardó más que a que se piraran pa llamar al ceronoventaydos para soltarlo todo por su boquita linda, a moco tendío de la pena que sentía. Porque era muy amigo del de las gafas, de la misma quinta, casi de la misma calle. Y mi nombre, cómo no, salió a relucir, en cuanto que los maderos comenzaron a preguntar, allí salió mi menda. Sin comerlo ni beberlo. Por gilipollas. Aún me pasa poco. Y ahora están tocándome el timbre como si no hubiera un mañana. Y sí, sí lo hay. Mañana es viernes.

Y tengo que llevar al perro a que lo operen. Si me dejan estos papafritas, claro.

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