podemos, fragmento de la novela de Antonio Peñalver, La Humillación

El círculo (fragmento)

En el primer círculo al que asistí del pueblo en el que vivo, no habríamos más de una docena de personas. No era la primera vez que se convocaba. Lo habían iniciado dos chavales de la universidad que eran amigos, D y J. D era el más decidido y el que llevaba la voz cantante, el líder, vamos. J se limitaba a puntualizar cosas y a hacer las gestiones oportunas.

La primera vez sólo fui con la intención de ver por dónde respiraban. Sólo me sonaba un matrimonio que llevaban a su hija al mismo cole que había ido la mía, y me sonaba la cara de M, una tía liberada de IU que llevaba meses montando pifostios en plan activista social. El resto no me sonaban de nada. Lo que tampoco significaba demasiado, pues el tiempo que llevaba viviendo en aquel pueblo sólo me había dedicado a trabajar metido en casa y poco más. Bueno, miento, están los casi cuatro años que estuve en el mostrador cara a la gente en la tienda, pero tampoco lo considero muy significativo.

Noté cierta tensión en el ambiente, como era de esperar. Y máxime teniendo en cuenta que casi ninguno de los presentes nos conocíamos entre nosotros. Además, hay que tener en cuenta que íbamos a iniciar la revolución, y eso siempre provoca cierto nivel de nerviosismo y urticaria.

D comenzó a hablar y tenía una voz temblorosa e imperativa. Lo primero se entendía por el contexto, lo último no me terminaba de encajar demasiado. Utilizaba las palabras más rebuscadas que podía encontrar, lo que es lógico, pues es lo que hacen la mayoría de los políticos para hacerse valer frente a su audiencia. Dándoles a entender que son más cultos que ellos y, por lo tanto, sabrán, llegado el momento, tomar la decisión más sabia.

Básicamente la idea que se transmitió en aquella primera reunión del círculo local a la que asistí es que todo estaba en el aire, que estaban comenzando a tener contactos con la dirección comarcal y que de momento se usaría internet para mantenernos informados de las próximas convocatorias de círculos y de otras novedades.

Por supuesto, y como no podía ser menos, también intervino la activista social M. Su tono también era autoritario, pero en este caso, la nasalidad de la voz daba la impresión de estarle riñendo a su yorkshire por haberse hecho pis en la alfombra todo el tiempo; pero, eso sí, no cabía duda que estaba indignada; era la más indignadísima de todos los presentes, vamos. Que sí, que sí, que sí.

Cuando se hubo roto el círculo yo me acerqué a los dos chicos responsables y me ofrecí a hacer la página web gratis del círculo local. Y entonces se miraron un segundo y enseguida dijeron que adelante. Me pidieron el número y me dijeron que me llamarían para hablar de los detalles. Y dije muy bien.

El domingo me llamó para hablar de la página web. En aquella época hacía todas las webs en el CMS Joomla, que te facilitaba las cosas, porque había plantillas ya hechas y muchas funcionalidades se vendían empaquetadas en componentes comerciales, lo cual ahorraba mucho tiempo de desarrollo. Simplemente termino con este tema comentando que entonces estábamos en la segunda etapa del diseño web. Los de la primera etapa se habían forrado con el tema; pero cuando llegué yo la cosa se había normalizado y simplemente te podías ganar un buen sueldo si echabas más horas que un reloj, que era lo que solía hacer yo los siete días de la semana.

Sí, ya sé que esto lo expliqué hace unas cuantas páginas, soy consciente. Pero es que lo vuelvo a recalcar por si entre alguno de ustedes hubiese alguno de los que comienzan a leer los libros por la mitad. Que los habrá. Porque hay gente para todo.

Mi plan era plantear una especie de red social local en la que cada usuario tendría su propio perfil y podría opinar o proponer temas de mejora del pueblo. La gente se podría registrar y habría usuarios que serían los administradores, que podrían supervisar lo que se publicaba y lo que no. Y esto es lo que le conté a D mientras tomábamos un café el domingo que me llamó. D me decía a todo que sí, aunque estaba un poco tenso:

– Mira…

-…Antonio.

– Antonio. Voy a explicarte así por encima la idea que tenemos. Nuestra idea es intentar agrupar a varias asociaciones de aquí del pueblo. De todo, de lo que sea: de vecinos, culturales. De lo que sea. Y entonces hacer como una especie de… como Podemos, pero que, si alguna vez, por lo que fuera, a Pablo se le fuera la pinza, entonces nosotros podríamos tener independencia de Podemos y continuaríamos como por nuestra cuenta. No sé si me explicado bien.

– Sí, sí. Perfectamente.

Estaba claro, ¿no? Yo lo vi clarísimo. El chaval tenía madera. Ahora la cuestión era ver cómo respiraba el resto de la banda, porque si estaban de la misma cuerda, lo que podría empezar a hacer es ir recogiendo el chiringuito y volver a casa con mi gato Juan.

– Habría que comprar un dominio. Que lo mejor será registrarlo a tu nombre. El precio son veinte euros. Esto, sin prisa, sí que tendría que cobrarlo. Porque este dinero no es para mí, sino que son las tasas que cobra el organismo que regula los dominios y tal.

– Bien, bien. Sí, sí. Cuando comencemos a cobrar una cuota, no te preocupes que eso será de las primeras cosas que paguemos.

– Ok. Pero no corre prisa ¿eh?

– Vale. Pero las cosas hay que pagarlas…

– Antonio.

-…Antonio.

Cuando tenía la web medio montada resultó que nadie quería dedicarle un minuto a administrar los contenidos. Por lo visto todos tenían cosas más interesantes que hacer. Dio encima la casualidad que , al mismo tiempo, Podemos nacional puso en marcha un sistema de foros parecido y en la siguiente reunión se decidió que todo el mundo se apuntara a la web que habían hecho en Madrid. Y así fue como el foro que yo había montado se quedó en un simple blog de noticias, en el que se publicaba lo mismo que en el Facebook, que controlaban los dos chavales, y que era realmente el medio local con más seguimiento por parte de los simpatizantes podemitas del pueblo.

Con lo de la iniciativa de hacer la web me gané el honor de tener un puesto en la élite local. La élite local era una selección de activistas implicados que nos reuníamos un par de veces por semana en un local de los padres de D. Allí es donde se cocía la mandanga. Allí es donde comencé a ver claro a qué estaban jugando. Y allí es donde me prometieron una concejalía y un sueldo municipal si todo iba como se preveía y la gente nos votaba en tropel.

Yo, no voy a engañarles, sentí cierto orgullo al recibir la noticia. Aunque conforme avanzaban las reuniones comencé a sospechar que la lista de concejables era superior al número de concejalías oficiales del ayuntamiento. Vamos, que, en resumidas cuentas a todos los que asistíamos al círculo del pueblo en el que vivo nos habían prometido un sillón de concejal.

El miedo mayor en este tipo de movimientos sociales horizontales es que se basan en teorías preciosas, pero que enseguida salen a relucir sus debilidades. El mayor miedo que había por mi parte es que Izquierda Unida tomara las riendas del asunto y se hiciera fuerte en el círculo. Cuando se cuenta con un grupo de individuos que no se conocen entre sí, un pequeño grupo organizado puede dinamitarlo por la vía rápida. Y aquello, como sospechaba, ya estaba ocurriendo. Lo que no podía ni imaginar es el cariz que tomaría todo aquel asunto asambleario y espontáneo.

Yo sabía que M era de IU porque siempre que IU organizaba algo en el pueblo allí estaba ella en primera fila con su pancarta. Me puse a investigar en el periódico local digital y es que, vamos, no había una manifa que no estuviera ella allí. Y se lo dije en la cara, delante de los estábamos en el círculo. Pero ella lo negó. Yo no soy militante de Izquierda Unida, contestó ofendida. Yo juraría que sí. ¡Pues no! ¿¡Dejaré de saber si soy de Izquierda Unida o no soy de Izquierda Unida!?

Aparte de M, en la élite del local también se apuntó una especie de mano derecha que tenía que era un tal F. F era un argentino de vuelta de todo que por lo visto era coach familiar y entrenador de rugby. Se notaba a la legua que F no se tomaba en serio nada de aquello, más que nada por la forma de mirarnos y de hablarnos. Daba la impresión que tenía que hacer un gran esfuerzo todo el tiempo para ponerse a nuestra altura, lo que no me gustó desde el primer momento nada.

Sí me caía bien el otro chaval, J. Era educado y discreto. Aunque su apocamiento, como ocurre casi siempre en los grupos, era invadido por los dominantes. J se dedicaba al tema de papeleos y gestiones, como comenté antes, y el líder D sólo movía ficha en las jugadas realmente sustanciosas. Eran un poco como Julio Iglesias y su mánager al finales de los setenta, principios de los ochenta. Por cierto, vaya metáfora más desafortunada. Absolutamente descontextualizada. En fin, sigamos.

En uno de los repartos de funciones que hubo en el garaje, a mí se me otorgó la función de contactar con los círculos de los pueblos de alrededor. Y yo acepté gustoso. A todo esto, se hace necesario comentar que yo llegué a estar realmente ilusionado, porque el abuso de poder que se habían traído el PP y el PSOE era de escándalo y estaba en el origen de la tremenda crisis económica que nos había arrastrado a muchos de nosotros al barranco.

Cualquiera se había dado cuenta del tren de vida que llevaban algunos concejales de los pueblos y comenzaban a filtrarse datos en las redes sociales del despichorre de dinero y prebendas que se estaba desperdiciando en las cajas de ahorros tomadas al asalto por los partidos políticos y sindicatos. Farlopa, cruceros de lujo, autocréditos sin límite, obsequios conmemorativos, putas de lujo y demás ralea.

Así fue cómo comencé a visitar los círculos de algunos de los pueblos de alrededor. Entraba en sus faces y contactaba por el messenger presentándome y diciéndoles que asistiría a su próxima asamblea. Como era al principio todo el mundo estaba muy receptivo y optimista.

Podría ponerme caustico, que a mí me cuesta poco, y machacar a los asistentes de los círculos de los pueblos colindantes. Ahora ya todo aquello es historia y ha quedado en nada, por lo que podría regocijarme en ello. Pero no voy a hacerlo, y, ¿saben porqué? Porque la mayoría era gente normal que había tenido la valentía de salir de sus casas para acudir a aquella fórmula espontánea para tratar de mejorarlo todo. Y había que ser valiente para levantarse del sofá e ir allí, sin saber con quién ni qué te ibas a encontrar, pero con la clara intención de mejorar el caos en que andaba envuelto el país.

Aunque, está claro que todo no era del color de rosa, y también abundaban los versos sueltos de la izquierda. Aquellos que habían estado en mil batallas, que se habían pasado de unas siglas a otras durante su vida según soplaba el viento. Se les podía distinguir en cuanto abrían la boca, porque tenían un discurso más elaborado, por decirlo de alguna manera, traían el guion aprendido de casa. Está claro que también tenían derecho, pero, según mi criterio, aquel no era su momento, sino que era el momento de los que nunca habían estado metidos en política.

 

Izquierda Unida llevaba varias legislaturas en caída libre. Un grupo tan heterogéneo de tendencias políticas y un discurso anacrónico y alejado del día a día de la gente les estaba pasando irremediablemente factura. El miedo que se tenía, al menos por parte de los que no teníamos un pasado político, es que estuvieran usando todo aquel paripé para hacer de zorros en el gallinero. Podemos se suponía que debía ser un movimiento nuevo y no una polea para movimientos desconectados de la gente dispuestos a endolsar su catecismo a todo lo que se meneara.

De hecho se comenzaron a publicar noticias en toda España de grupos de simpatizantes de Podemos que denunciaban la manipulación que estaban teniendo por parte de IU. Por ilustrarlo con un ejemplo cercano, en Alicante capital cuando llegaron las siguientes municipales, Izquierda Unida no dudó en presentarse por dos partidos: Como la propia IU y como parte de Podemos.

Ni más ni menos.

Y al que no le guste que se vaya ¿Dónde os pensabais acaso que ibais vosotros, pajaricos?

Aunque yo todavía no me iba a rendir. Esa palabra no está en mi diccionario.

 

Rascando, rascando, y conforme me iba familiarizando con el tema, empecé a descubrir que muchos de los que asistían regularme a los círculos y votaban la propuestas que apoyaban los dos chavales eran familiares directos de D. Su padre, su madre, sus hermanos y algunos vecinos y vecinas, que se notaba que no entendían muy bien de lo que se estaba hablando y que, a la hora de votar, votaban siempre a D.

Igual que en los pueblos de alrededor observé que mucha de la gente que asistía a las asambleas era gente normal y corriente, bienintencionada; de la misma forma diré que en el círculo del pueblo en el que vivo también acudía regularmente gente sana y sincera. Es más, cuando me rebelé y comencé a denunciar sus tretas delante de todos no me quedé solo. Conseguí reunir a un grupo de resistentes que hasta incluso llegamos a organizar reuniones paralelas a las del garaje de la élite.

– Soy John Connor. Y si están escuchando esto, ¡ustedes son la resistencia!

Nuestra intención era denunciar los manejos de aquella familia y de Izquierda Unida en el seno del círculo local. El problema es que las gestiones que hicimos resultaron inútiles. Más tarde me enteré que llegó a haber varios miles de círculos en toda España, y cada uno con sus líos internos; por lo que, si hubieran tenido que solucionar todos los conflictos internos desde la central, se hubiera tenido que contratar un ejército de teleoperadoras y tribunales móviles. Va a ser que no.

Por lo que sospechaba, Podemos ya tenía bastante con los líos que se estaban montando en su núcleo duro. En realidad, visto desde hoy, a Podemos se la traía y se la trae al pairo lo de los círculos. Hacen lo que a su líder le sale de los cojones. Y punto.

¿Consideras que Pablo Iglesias e Irene Montero deben seguir al frente de la secretaría general de Podemos y de la portavocía parlamentaria?

El 68% de los votantes ha dicho que sí. Adelante pues, pareja.

 

En la fábula para adultos escrita por George Orwell, Rebelión en la Granja, el escritor inglés machaba claramente a los comunistas, identificándolos con los cerdos. Y hay una idea genial y aclaratoria que plasman en una de las leyes que escriben en una pizarra en lo alto de la granja:

TODOS LOS ANIMALES SON IGUALES, AUNQUE HAY ALGUNOS MÁS IGUALES QUE OTROS.

George Orwell es uno de los pocos escritores de los que he conseguido leer más de un libro entero. Él vino con su mujer a luchar contra el fascismo en la guerra civil española, y, si no lo han leído, les recomiendo que lean Homenaje a Cataluña. De sus páginas podrán sacar muchas lecciones del carácter español y del conflicto armado que masacró nuestro país hará noventa años. Y también de la dificultad que tiene la izquierda de unificarse para ser realmente efectiva como fuerza única. Bueno, pero, a lo que iba. En el libro cuenta que hacía pocas semanas que había triunfado la República y Barcelona era un torrente de energía revolucionaria. Todo el mundo estaba excitado y con la sensación de estar protagonizando el comienzo de algo nuevo que cambiaría el destino de la humanidad. Entonces se dio cuenta que, como en un carnaval, todos iban disfrazados de obreros. Había incluso gente de la clase media, bien maquillada y peinada, que llevaban puestos monos de trabajo limpísimos y perfectamente planchados y alpargatas nuevas para pasear. Aquella capacidad de adaptación de la clase media llamó la atención del escritor inglés. Y este tipo de detalles son los que me hacen seguir pasando hojas del libro que tenga entre mis manos, los detalles que ponen al descubierto las distintas capas ocultas que hay detrás del complejo comportamiento humano.

Y, al hilo de lo anterior, hablando de escritores ingleses opinando sobre los usos y costumbres españolas. Hace unos años leí una columna de Marías que hablaba precisamente de uno de ellos, de un viajero inglés de los que tanto abundaron en el siglo XIX y que dio con sus huesos en nuestra tierra. Y observó también algo muy curioso; sacó la conclusión de que los españoles, tratados de uno en uno, son gente noble y de fiar. Pero la cosa cambiaba cuando te topabas con varios españoles juntos; entonces lo normal es que intentaran engañarte o burlarse de ti.

 

Fue completamente inútil la rebelión dentro de Podemos local para que se jugara limpio. Pero al menos estoy tranquilo porque les estuve plantando cara hasta el final. En vez de irme a mi casa a seguir con mi vida, me puse delante de ellos y les dije lo que pensaba de sus tretas. Y todos lo pudieron escuchar. Aunque no sirviera de mucho, la verdad sea dicha.

Pasaron las semanas, incluso meses, diría yo. Y entonces se acercaron las elecciones municipales. Era el momento de mover ficha y tomar posiciones. Yo, por mi parte, aunque me había salido del círculo, lo cierto es que pasaba las horas en mi casa jugando a un juego que me traería muchas satisfacciones en un futuro, y también algún disgusto, dicho sea de paso. Me estoy refiriendo al troleo puro y duro.

En cuanto el Podemos local aparecía en alguna noticia en el periódico digital, allí estaba yo firmando con un seudónimo distinto cada vez desnudando los entresijos de aquellos mangantes. Sin llegar al insulto personal en ningún caso, simplemente me limitaba a poner los puntos sobre las íes. Iba a hacer un juego de palabras y escribir “los puntos sobre las íus”, pero ya me parecía que era abusar demasiado de su paciencia lectora.

Machacaba a D y a M especialmente. Pero, ojo, que ellos y sus familiares también me atacaban a mí, diciendo mi nombre y apellidos y descalificándome con todos los datos que tenían de mí: que no tenía amigos, que era un resentido fracasado por haber tenido que cerrar la tienda de informática, y otras lindezas por el estilo.

Ellos golpeaban bajo, pero yo les lanzaba golpes en la barbilla, buscándoles el noqueo. Después de que me clavaran el vaso en aquella pelea en el pueblo en el que nací, me vi en la necesidad de apuntarme a recibir clases en un gimnasio de boxeo que había en el centro. No duré mucho, porque en un entreno, saltando a la comba me disloqué los dos tobillos y dije hasta aquí. Pero saco el tema a colación porque aprendí algo interesante. No se trataba sólo de estar fuerte para golpear al contrario, sino que también era imprescindible fortalecer partes del cuerpo que iban a sufrir en un combate. Hablo, por ejemplo, del cuello. En la rueda de ejercicios diarios que llevábamos a cabo, algunos consistían en agarrarse con fuerza la mandíbula mientras estirábamos el cuello hacia el lado contrario. La intención estaba clara, y no era otra que la de hacer menos efectivo los intentos de noqueo de nuestros contrincantes.

Con esto quiero decir, y termino ya, que si queremos ser buenos combatientes, no basta con saber encajar o esquivar los golpes, sino que hay que preverlos y ejercitar las zonas débiles por donde sabemos que vendrán.

 

Volviendo al troleo en el periódico digital y en el facebook, el tándem formado por la familia e Izquierda Unida, aprovechaban cualquier ocasión para elogiar la figura de D, medio divinizándolo y dando por hecho que arrasaría en las urnas y que colocaría en el ayuntamiento a medio barrio y parte del barrio de al lado.

– Aquí tenéis vuestro barco.

Ni qué decir tiene que aquellos elogios eran mi gasolina para reatacarles y vuelta a empezar de nuevo.

La verdad es que me lo pasaba en grande. Para qué mentirles.

 

Ya estaba todo olvidado, cuando un día en el Mercadona me crucé con D. Estaba comprando con su familia. Yo los vi, pero me hice el loco y cambié de pasillo, pensando que no me habían visto a mí, pero me equivocaba. Cuando estaba cargando el coche me llamaron por la espalda y me pareció que era su voz, aunque había perdido algunos decibelios de imperatividad:

– Hola, Antonio. Perdona. ¿Puedo hablar contigo…?

– Claro, claro, tío. Y cerré el capot para escucharlo:

– Ya no estoy en Podemos.

-¿No? ¿Y eso? – me extrañó la noticia porque las elecciones municipales estaban a la vuelta del calendario.

– Porque los de Izquierda Unida se han hecho los dueños de todo.

 -¡Vaya tela! Ya lo sabíamos que iba a pasar.

– M y F me llevaron a una reunión en su sede, porque querían hablar con nosotros, y tenían la lista ya preparada. Yo de cabeza de cartel, luego M y luego todos los de Izquierda Unida, algunos que ya han sido concejales y todo. A J lo querían poner en el puesto doce.

-¡Vaya tela! La Rotelmeyer y el argentino os la han metido bien metida.

– Y les dije que no queríamos saber ya nada de Podemos.

-¡Qué va, tío! Podemos sois vosotros, ¡vosotros! ¡No permitáis que Izquierda Unida se cargue el partido! ¡En cuanto el pueblo vea que son los mismos fracasaos de siempre no les van a votar ni en su casa! Si hace cuatro años no sacaron ni un concejal, ¡ni un mísero concejal! ¿¡De qué van éstos!? Plantarles cara, tío. Vosotros tenéis el control de Podemos aquí en el pueblo. Yo nos os puedo apoyar, porque paso de política…

– No, ya, ya…

– Pero montároslo por vuestra cuenta. La marca Podemos es vuestra, los contactos que tenéis no los tienen ellos. ¡Hazme caso, D! ¡¡Darles caña a ésos de Izquierda Unida!!

Y así ocurrió. Los dos chavales, sus familiares y vecinos de su barrio hicieron de tripas corazón y se presentaron a las municipales como Podemos. Obligando a los de Izquierda Unida a inventarse otra marca nueva: Ganemos.

No me quiero ni imaginar cómo se le pondrían los rizos a M cuando recibió la noticia de que no iban a tomar Podemos por asalto conforme tenían planeado ella y su amigo coach familiar y entrenador de rugby pampeño.

Durante la campaña el troleo, que hasta el entonces había sido un goteo en el que yo sólo conformaba uno de los bandos, ahora se intensificó hasta lo espeluznante. Encima M era el objetivo tanto de mis ataques como los de los podemitas “genuinos”.  Una guerra a tres bandas. Aunque bien es cierto que yo me dedicaba a observar de lejos divertido, porque mi fuego ya estaba casi extinguido.

Pero a M todo se la repampinflaba. Ella era feliz haciendo su papel de activista social defensora de todas las causas perdidas habidas y por haber. Se notaba que era una gran política, que llevaba las ansias de justicia social en sus venas, lo que ocurre es que hablaba muy deprisa y con el tono ascendente continuo, lo que provocaba que, si por alguna de esas casualidades el concepto que quería explicar en los mítines contuviera más de tres frases, el tono agudo se hacía realmente insoportable y casi siempre se le acoplaba el micro en la penúltima frase. Pero no pasaba nada, pestañeaba tres veces y volvía a retomar el hilo sin problemas.

Me cuesta explicarlo. Pero, pasado el tiempo, lo único que puede justificar el ansia de poder de aquella tía es que conociera algún secreto que yo ni sospechara. No puede jugarse tan sucio y con tanta intensidad sólo por un sillón de concejal en un pueblo de veinte mil almas. Estoy convencido de que los políticos de largo recorrido saben cosas que nosotros no sabemos. Me refiero, evidentemente, a la certeza de los pellizcos en las contratas públicas.

Sí. Porque, aparte de su palabreo y de la supuesta buena intención de todo su fraseo vacío, plagado de buenismo de mercadillo, en las actitudes rastreras de ella y su compinche argentino había algo más que siempre supe que debía ser muy poderoso.

Cuando llegaron las elecciones M consiguió un concejal, o sea, ella. Y Podemos, como era de prever, ninguno. A Podemos les votaron unas 600 personas y M no se cortó en denunciar públicamente que con esos 600 votos Ganemos hubiera obtenido su segundo concejal. Claro. Todo para ti, maja.

¡A cascarla!

 

Fragmento de la novela ‘La Humillación’

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