el escritor,relato de Antonio Peñalver

El escritor (relato)

Con la cabeza cargada del café y de las horas de estar uniendo palabras que hacen frases que cuentan historias, el aprendiz de escritor decide que ya va siendo hora de parar y releer lo escrito esta noche. Han sido cuatro folios.
Coge las cuatro hojas y se da cuenta que los primeros párrafos tienen más tachones que el resto y que la letra se ha ido deformando conforme ha ido creciendo la historia; así, en la última hoja la letra es tan deforme que hasta parece un estorbo.
Sabe que la historia que acaba de bocetar no es ni mucho menos digna de ser inmortalizada en letra de imprenta. Porque en el fondo sabe que no tiene todavía el oficio y que si hay algo ahí es fruto de su talento. Aunque, claro, todavía se tiene que depurar mucho; hay que cambiar palabras, ajustar frases y hasta, como ya ha ocurrido otras veces, hacer desaparecer párrafos enteros.
Cuando se sentó a escribir no sabía muy bien qué historia iba a contar, pero sí que tenía algo claro, y es que el estilo sería muy parecido al de Paul Auster, el último autor de moda que le había valido la pena leer. Como hace Paul Auster, el aprendiz de escritor cuenta algo que le pasó en su vida, pues cree a pies juntillas que sólo así, habiendo vivido lo que se quiere contar, se saben dar detalles verdaderos, detalles que hagan creer al que lo leerá que ha sucedido realmente.
El problema principal es que él no es Paul Auster. Y que lo más interesante que le ha pasado en los veinte años que lleva viviendo es la aventura sexual que tuvo con una vecina de cincuenta años cuando él tenía doce. Y esto es precisamente en lo que ha estado enfrascado desde la una y media de la madrugada, momento en el que se sentó en su escritorio, se puso a Louis Armstrong por los auriculares, se encendió un cigarro y comenzó a saborear otro café.
Tiene ya visto un concurso importante al que piensa mandar los cinco ejemplares de su cuento. El único inconveniente es que en las bases del concurso se exige que el tema de los relatos debe ser el del tren. Y él. para empezar, nunca ha subido en tren.
Como se trata de un aprendiz terco y seguro de sus posibilidades, nuestro protagonista se lía la manta a la cabeza y translada la acción de su escarceo amoroso a los tiempos de la revolución rusa, concretamente al tren en el que Troski atravesó la todavía Rusia para hacer proelitismo del comunismo y convertirla así en la URSS. Se ha puesto a mirar en los libros de historia del instituto y ha sacado algún que otro detalle que le confieren a la historia cierto verismo.
El problema ahora viene de utilizar a su vecina, todavía viva y amiga de su madre, tal cual en su relato. La posibilidad de ganar el concurso era remota, pero es que la de que su vecina consiguiera leerla a lo largo de su vida la era todavía más. No obstante, y para curarse en salud, el aprendiz de escritor decide acercar más las edades y convertirla a ella en una burguesita díscola amante de la revolución y convertirse a él mismo en una especie de minero ucraniano marcado por su temprana horfandad y sus numerosas heridas de guerra. Cirrótico y de mirada huidiza.
Los dos protagonistas, realmente, se conocen tarde, más o menos en el folio tercero, en la primera cara del folio tercero, lo que deja pocas posibilidades a las descripciones eróticas. Así es que al final no ha tenido más remedio que dejarse llevar por la fuerza del ambiente histórico y aquello ha acabado pareciéndose más a unos apuntes tomados en clase que a un relato propiamente dicho. Lo sabe.
Y por eso, antes de irse a la cama y después de haber leído lo que todavía está caliente, el aprendiz de escritor decide que debe dejarlo reposar un poco. Sí, lo mejor será acostarse y mañana, descansado, meterle de nuevo mano antes de pedirle a su novia que se lo pase a ordenador. Y es entonces, cuando, ya en la cama, comenzando a masturbarse pensando en la dependienta de la panadería, cae en la cuenta de que Ana puede descifrar las claves del relato y descubrir que detrás de toda aquella historieta se esconde en realidad la historia inconfesable de su desvirgamiento con una vecina un domingo de pascua en la azotea donde se subía antes a tender la ropa. Sabe que es una posibilidad entre mil, pero está ahí.
Así es que, desesperado y sin posibilidad alguna de masturbarse ( la panadera, ya sin sujetador, se tiene que sentar en un taburete que hay en el rincón ) y conciliar el sueño, el aprendiz de escritor enciende el flexo y se dirige de nuevo a su escritorio. Coge los cuatro folios numerados y los hace mil pedazos que acaba arrojando a la papelera. Se acabó el cuento. Era una mierda, se dice. La peor mierda que ha escrito nadie vivo desde que se inventó el lenguaje, sentencia.
Después se acuesta, se masturba y se duerme. Nada menos que a las seis de la mañana, que se dice pronto.
Los primeros coches ya pasan por calle camino al polígono, sonando como olas de un mar lejano.

 

Relato perteneciente al libro ‘Cuentos Ramalenses’

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