El pintor (relato)

– Quiero que vea esta foto.
– Pero, ¡si esto es una foto!
– ¡Ya! Pero quiero que se fije en la luz. Fíjese, fíjese que viene de un lao. ¿Lo ve?
– Sí. Está bien.
– ¿Le gusta?. Pues voy a intentar hacerle su retrato con un efecto parecido.
– Pero, ¡ése de la foto no soy yo!
– Ya, hombre, ya.
El que acaba de apoyarse el pincel sobre la mejilla para ver si está seco es Ramiro, una celebridad en las artes ramalenses. No hay salón-comedor de una casa que se precie que no este ilustrado por una de sus visiones de las calles del barrio antiguo o de la fuente de los Tres Caños, hoy en desuso.
El hombre de mediana edad que tiene sentado enfrente se llama Roque del Valle, y ha ido allí a que le hagan un retrato al óleo.
– Y, ¿va a haser falta que este yo aquí o le vale con una foto que le traiga…? Pregunto.
– No, no. Usted tiene que estar delante, claro. Una foto es una estampa, no tiene vida. Yo nesesito tener delante lo que pinto, ver cómo le rodea el aire, la lus… Claro, claro, tiene que estar aquí, claro.
– Ya, pero, y, ¿cuánto puede tardar en hascerlo?. Más o menos.
– Pues, no sé, eso depende, hombre. Vamos, si no se complica mucho la cosa, puces… yo creo que pa la mitá de la semana que viene ya está pa mandarlo a enmarcar. Y eso contando un par de días que tiene que estar secándose. Vamos, eso si no se complica la cosa.
Iba diciendo esto el pintor mientras bocetaba a lápiz el óvalo de la cara del hombre que tenía delante. Se alegraba de que estuviera calvo, pues con un par de brillos iba a tener la parte de arriba solucionada. Los ojos, en cambio, tenían una forma difícil, entre vivos y cansados.
Todo lo que sabía el pintor de su cliente es lo que puede saberse de un vecino lejano. Había oído que lo había abandonado su mujer por irse a vivir con su propio hermano, que sus hijos no querían saber nada de él. Y que él, habiendo tenido fábrica, había llegado a arruinarse por culpa del juego.
– Lo de cobrar los dos mil duros por adelantao lo hago siempre, eh. No se vaya usté a creer quee…
– No, no.
– Es que se han dao casos de acabar el retrato y decir: “Éste no soy yo, no me se parese ni en la sombra”, o: “Qué feo, ¡ahora a ver cómo cuelgo yo esto en mi casa!”. ¿Me entiende lo que lo quiero desir, no?
– Sí, sí.
– Procure no mover tanto la cabesa, hágame el favor. Que es que, sino, no le pillo el gesto.
Se acabó la primera sesión y el pintor ya tenía todo lo necesario como para, el día siguiente, entrar a saco con los pinceles. El fondo había decidido que fuera de cortina, sí. Verde, además. Porque el verde le pegaría al color del traje que traía el hombre, un gris apagao con dejao en azul.
Y estaba tan convencido de que iba a quedar bien que, una vez que se hubo ido su modelo, aprovechó hasta que lo llamara su mujer para cenar y pintó la cortina verde del fondo.
El segundo día el modelo apareció con una camisa a rayas horizontales que, para postre, era granate. En cuanto que lo vio aparecer vestido así. Ramiro se echó las manos a la cabeza y le dijo que cómo se le ocurría cambiarse de ropa. El hombre dijo que no sabía que…
Total, que al final, el pintor accedió a seguir con su retrato, siempre y cuando su cliente se comprometiera a traer el lunes la misma ropa que había traído ayer jueves. El hombre dijo que sí, y el pintor comenzó a dar la base del rostro.
– El Barsa no levanta cabesa, eh. Y mira que tiene equipo. ¡Que si dijeras que son todos de la cantera, aún-aún!
– Yo es que no entiendo de fútbol. A mí es que el fútbol y la política me dan lo mismo. Si de un día para el otro las prohibieran las dos cosas, yo ni me iba a dar cuenta. Fíjese lo que le digo.
– Ya, pero es que el fútbol no lo pueden prohibir, porque, madre mía, se hundía el país en dos días. La gente se volvería loca si no tuvieran pa discutir de fútbol. ¿¡De qué íbamos a hablar!?. Madre mía. Además, la política, eso sí que no lo pueden prohibir en la vida, porque ¡los que tendrían que prohibir la política tendrían que ser los políticos!, ¿no?, ¡¡y ellos mismos no se van a mandar al paro!!
– Bueno, pero es que a mí eso me da lo mismo. Porque yo es que ni he visto un partido por la tele ni he votao en mi vida. ¿Pa qué?. Pero si luego van a llegar y van a haser lo que les salga de los cojones, ¿es o no es?.
– Es, es.
Ramiro se estaba sorprendiendo con su modelo, pues aquel arranque de rebeldía le había sacado un tono a su sonrisa. Sí. Y aunque había decidido retratarlo serio, después de aquella conversación decidió que lo retrataría sonriendo ligeramente. Sí. Así sus ojos dejaban de parecer inexpresivos y comenzaban a tener un aire de sabiduría cínica.
Ahora su mayor empeño estaba en provocarle para que hablara de lo que le gustaba. Para ello lo tanteó y descubrió, para su sorpresa, que su cliente también escondía cartas.
– ¿Sabe porqué me animé a venir aquí?
– No.
– Pues, fíjese. Es que resulta que, aunque no soy muy beato, sí que soy devoto del Cristo de Medinaceli. Siempre lo llevo ensima, ¿lo ve? -Y le enseñó, efectivamente, una estampa de dicho Cristo que guardaba en su cartera-. Y, hase ya años, muchos años, salió en la portada del Alborada, la revista esa del pueblo que sacaban antes…
– Y sacan, sacan. Que todavía sigue saliendo.
– Ah, ¿sí?. Pues yo creía que ya no la hasían ya… Bueno, da igual, el caso es que yo la compré hase muchos años y había en la tapa un cuadro del Cristo de Medinaseli. Y lo había pintao un tal Ramiro, ponía.
– Sí señor, fui yo. Eso fue en el setenta y tres. Sí que me acuerdo, sí. Otra cosa no, pero memoria…
– Pues es que resulta que yo esa portada la mandé enmarcar.
– Vaya. Es un honor.
– Y, ¿sabe lo que más me llamó la atensión de aquel en- tonses, y cada ves que la veo me viene a la cabesa lo mismo…?
– Pues no. No me puedo imaginar lo que puede ser.
– Pues es que ése Cristo no tiene cara de Cristo, sino de persona. ¿Me entiende por dónde voy?. Lo veo y digo: “Este Cristo es una persona, ¡tiene cara de como si estuviera vivo!”. Como de haberlo tratao yo, vamos. ¿Me sé explicar lo que quiero desir?
– ¿Le cuento un secreto?
– Venga.
– ¿Sabe usté en quién me fijé pa sacar ése Cristo que usté tiene en su casa colgao…?. ¡En el Ché!
– ¿¡Qué ché!?
– ¡El Ché Guevara! ¡El guerrillero cubano! Yo es que en aquella época era un poco rojillo y… Quise haser una pequeña gamberrá. Ya ve. Y le voy a desir otra cosa, y es que nadie lo sabe más que usté y yo.
– Vaya. Ya desía yo que veía algo raro… Mi hermana era también comunista. Pero hizo un viaje a Rusia con su marido, que en gloria esté, y se le quitó el entusiasmo; de todo lo que vio allí. Miseria, por donde miraras, miseria.
La cortina verde aterciopelada del fondo le daba al modelo un aire de rey cansado, como de haber sido mil veces derrotado. Los ojos eran como la cicatrices. Sí, por fin le había pillado ése aire cansado pero vivo a la vez. Eran de un color azul apagado, aunque había alrededor de la pupila un tono amarillo que hablaba de un hombre enfermo. El higado probablemente.
– …Yo es que no entiendo mucho de cuadros, ¿sabe…?
– ¡No. no! Hable si quiere, pero, por favor, no mueva la cabesa tanto, que la lus me cambia y ahora estoy con el tono, cogiéndole el tono, y…
Ramiro tenía tanto oficio que muchas veces, sobre todo últimamente, aprovechaba que tenía a un cliente sentado delante para dar retoques a otros encargos que tenía a medias. Siempre recordará a aquella niña vestida de comunión a la que tuvo sentada toda una semana por las tardes de seis a ocho delante de él, mientras que él aprovechaba para ir dándole el acabado a una iglesia de Santa Ana que le había pedido el concejal de cultura, don José Narca. Al final aprovechó la última tarde para pintar a la niña, a la que, a petición expresa de su tía, que era la que sufragaba el retrato, tuvo que corregir el ligero extravismo que padecía.
– ¿Le apetese un cafetico?
– ¿Un cafetico? Venga. No te creas que el médico me deja tomar café, ¿sabe?. Pero, si tuviéramos que haserle caso a todo lo que nos dise el médico…
– Desde luego, mejor sería que no saliéramos de nuestra casa. Voy a desirle a mi mujer que nos saque un cafetico. ¿Cómo lo quiere, con café o…?
– No, no. Sólo, sólo.
Con el calor del café y de la conversación los dos hombres se olvidaron de que el tiempo seguía contando y Ramiro incluso dejó de pintar. Cuando lo llamó su mujer para cenar se asustó y al ver que eran las nueve y pico, y que no se habían dado ni cuenta. Roque, antes de irse, le pidió que le enseñar a ver cómo estaba quedando su retrato.
– No, será mejor que lo vea cuando esté terminao, Roque. Hágame caso. Ahora está a medias y no es agradesido. Cuando lo traigan de enmarcar ya verá. Hágame caso y ya verá.
Ah, y, otra cosa, el lunes no se olvide de traer el traje del primer día. eh.
– No. no se preocupe. Bueno, el lunes a las sinco. ¿no?.
– Sí. A las sinco.
Ramiro cenó delante de la tele, como todas las noches, pero, aunque la estaba viendo no la miraba. Su mujer se dio cuenta y le preguntó que qué le pasaba. Nada, le dijo él, cosas mías.
– Es que estoy hasiéndole un retrato a Roque, el que tenía lo de los tacones…
– ¿El cornúo?
– Sí, ese. Y hemos pasao la tarde charrando y hemos hecho un poco de amistá. Párese buena persona.
– Demasiao bueno, me parese a mí. De tan bueno que lo tomaron por tonto y le pasó lo que le pasó al pobre. Su hermano con su mujer…
– ¿Tú no estarás entendiéndote con mi hermano Luis, eh?
– ¿¡Tu hermano Luis!? ¡Uy, calla, calla! ¡Pero si con tu hermano no se entiende ni su mujer!
– Je, je. Cállate, y no grites tan alto, a ver si te van a oir los vesinos, que en este pueblo ya sabes cómo son, que comentas por ahí que uno es medio tonto, y cuando le llegan a él los comentarios, resulta que acaba siendo tonto y medio.
Bueno, yo me voy a bajar un ratico más abajo a ver si termino unas cosas que tengo a medias…
– No te entretengas mucho, que luego te tengo que levantar pa comer y te cabreas.
– No, si es una cósica na más.
El pintor más famoso de Ramal se bajó a su estudio, puso a José María García en la radio y se dispuso a quitar el retrato de Roque de su caballete para colocar un lienzo en el que tenía pensao empezar un bodegón con violín y pipa; cuando, al destapar el retrato de Roque se quedó mirándolo un rato en silencio.
Y no es que estuviera bien pintado, no, nada de eso. Es que había conseguido reflejar el alma de aquel pobre hombre. Así es que no pudo empezar el bodegón que tenía pensado y se quedó ensimismado con aquel retrato.
Primero se puso a retocar el fondo. Con un pincel del uno y medio y diluyendo mucho la pintura fue dándole toques hasta que la textura de la tela alcanzó ese brillo apagado que tiene realmente el terciopelo. Eran tantos años de pintar de todo que ya no tenía necesidad de tener delante los objetos para pintarlos con todo lujo de detalles. Y de la misma manera que iba a ponerse a pintar el bodegón de violín, pipa y pergamino sin tener nada de eso delante, Ramiro continuó retocando el retrato de Roque sin necesidad de tenerlo delante sentado.
Así fue cómo le fue suavizando los contornos y los cambios del tono que hacía su piel acabaron homogeneizándose dando finalmente una máscara llena de vida y de matices.
Estaba tan metido en su faena que, como no le ocurría desde hacía años, cuando se dio cuenta estaban piando los pájaros más madrugadores. Como no se creía lo que estaba escuchando, se acercó a la ventana y la abrió para encontrarse de cara con la mañana fría. Le dolían todos los huesos de la espalda. Y, antes de subir a dormir le echó un último vistazo al cuadro. Estaba orgulloso, pero todavía le quedaba mucho para que aquello quedara como se había propuesto; por ejemplo, al traje no le había metido todavía mano; prefería esperarse al lunes para ver los reflejos allí, delante.
Subió a acostarse y al cruzarse con su mujer por el pasillo, esta le preguntó:
– ¿Y eso que has madrugao tanto, nene?
– No, nena, es que me acuesto ahora.
– ¿¡Ahora!? ¡Buah! ¡Luego te quejas de que el ruido de la calle no te deja dormir! ¡Desde luego!
– ¿Porque no te vienes conmigo y te acuestas, que tienes los ojos hinchaos y no te vendría dormir hasta el mediodía…? Total, si hoy es sábado.
– Sí, claro, ¿y quién va a la plaza?. Anda, suéltame y acuéstate, que estás tonto.
– ¿Tonto? ¡Eso quisieras tú, que estuviera medio tonto!
– Acuéstate, corre, que ya no sabes ni lo que dises.
– ¿Que no sé yo ni lo que digo…? Pues sí queee…
El sábado y el domingo los utilizó Ramiro para cuidar un poco de lo poco que tiene plantado en su pequeña casa de campo. Tiene una tomatera, que es la que más alegrías le da, nísperos, una melonera que le da melones del tamaño de olivas y unos olivos que sólo le dan disgustos.
Al principio de comprarse el campico, Ramiro, encantado por la textura y la belleza de los pétalos de las rosas e hipnotizado por el azul grisáceo de las montañas del alrededor, sacó los trastos del capó del coche y se puso a pintar como un loco todo aquello. Pero su mujer, que se las veía venir, le dijo que si quería que ella volviera a subir a la casica de campo, tenía que olvidarse de los lienzos y los pinceles. Él, después de mucho discutir, cedió. Aunque, como era de esperar, con el paso de los años la tortilla se dio la vuelta y ahora es él el que se deja los óleos y los lápices en el pueblo cuando llega el fin de semana.
Con el lunes llegó la sorpresa.
Estaba el pintor viendo la tele cuando tocaron el timbre. Abrió la puerta y era Roque, y se extrañó de verlo allí porque todavía no eran ni las diez de la mañana.
– ¿No habíamos quedado a las sinco…?
– S-sí. Pero es que vengo del médico y…
– Pase, pase, hombre, no se quede ahí. Iba a desayunar, ¿quiere tomar algo, un café?
– No. Gracias, ¿me puedo sentar…? Es que vengo del médico a recoger unos análisis que me estoy hasiendo por lo del cánser y me han dicho que no pue…
– ¿Cáncer? No me había dicho nada de que tenía cáncer… Me deja de piedra.
– Pues sí. ¿No se lo había dicho…?. Pues es que hase un mes que me iban a operar de una diálisis, pero se ve que abrieron y vieron lo que había allí dentro y volvieron a serrar.
– Vaya.
– A ver qué vamos a haser…
– Me deja usté de piedra.
– Pues sí. A ver qué hasemos. Si nos lo manda el Señor…, habrá que amagar. Y. claro, los médicos me dieron poco de esperansa y que tenía que ponerme en tratamiento lo más tardar esta semana. Y yo es que quería, antes de tirarme los rayos esos que tiran, que disen que te se cae el pelo todo, quería ver de haserme un retrato por regalárselo a mi chiquilla la pequeña.
– Vaya. Me lo ha dicho y es que me ha dejado usté de piedra.
– Ya. Y esta mañana he ido ahí, a la residensia y, de allí vengo, y me han dicho que cómo es que me iba a esperar más a ingresarme conforme lo que tengo dentro.
– Bueno, ¡si es por lo del retrato, hombre, qué barbaridad, hombre, suba inmediatamente a la residencia a que lo ingresen! ¡Será posible! Lo primero es lo primero. ¿¡Será posible!? ¡Y no se preocupe usté que le termino el retrato y que en cuanto que me lo enmarquen se lo subo yo mismo al hospital! Claro. Venga, ¡súbase pa arriba! Lo subo yo mismo en el coche si quiere…
– No, no. Si es que no es sólo por el retrato. Es que a mí también me han dao miedo siempre los médicos. Bueno, miedo no es, es como aprensión. Y ellos enseguida se ve que lo notan. Y las pocas veses que no he tenido más remedio que meterme en un hospital han procurao dejarme dentro el mayor tiempo que les era posible. Hasta hoy. Ahora sí que ya no me van a dejar salir. Ahora, cuando entre, ya se acabó. Por eso no tengo prisa ninguna. ¿Sabe?, que lo del retrato fue que me se ocurrió cuando ya me habían dao el alta esta última ves.
– Pero eso que me dice es una barbaridad, hombre. Me deja usté de piedra. De piedra.
– No, tampoco es pa tanto. Tarde o temprano nos tiene que tocar a todos, ¿no disen eso?, en sien años tos calvos.
– Usté, por lo que está contando, en un par de días…
– …
– Era un chiste. Perdone, no quería que se sintiera mal, yo…
– No. no, si a mí tampoco me importa morirme mucho que digamos. La vida me ha dao tan poco y he pasao tanto que, como digo yo, lo mejor es morirse y descansar. Otro habrá disfrutao lo que yo he sufrío, ¿no?
– Supongo. No sé. Tampoco le entiendo muy bien. ¿Seguro que no le apetece ni un café ni un vaso de agua…?
– No, no, gracias. Bueno, sí, un vaso de agua sí.
– Lo que me está usté disiendo es… impresionante. Nunca he conosido a nadie que se vaya a morir y que lo cuente con esa pachorra que me lo está usté contando.
– No. Ya le digo que a mí la vid…, bueno, en una palabra. que me he cansao de vivir. Eso es tó. Y si Dios ha desidío que ya está bien de estar aquí…, pues que me lleve a la otra vida. Vamos, pienso yo. Tampoco es que yo sea mucho de creer en Dios, pero, vamos, en algo hay que creer. Digo yo.
– Ya. Yo es que, perdone que le diga, pero es que no pienso que haya otra vida. Con esta yo creo que tenemos bastante ya.
– Sí. Visto así… Bueno, entonses, lo del Cristo de Medi- naseli…
– Eso fue un encargo. En esa época también hasía las pancartas de Comisiones.
– Ya… Grasias.
– De nada, hombre. ¿Sabe lo que estoy pensando?
– No.
– En que le voy a terminar su retrato. Lo tengo casi aca- bao. Me falta sólo lo que es la americana y la camisa. Nada. Si quiere usted se lo termino pa antes de la una. se lo dejo que lo vea, lo llevamos a que le pongan un marco, ahí, en la tienda, y ya de paso lo subo a la residensia. ¿Qué le párese?. Usté me dice en qué habitasión está, y yo se lo llevo en cuanto que esté enmarcao. ¿No?
– No sé. Ya le digo que lo del cuadro no es que… Además, yo no sé en qué habitasión me van a meter estos… Si quiere le doy el teléfono de mi hija, eso sí. Sino es mucho pedir, ya que estamos con eso, ¿le importa si la llamo desde aquí pa desirle que me van a ingresar en la residensia…? Yo le pago lo que sea de la llamada, eh. Y el retrato, los mil duros del retrato. Tenga. Aquí están…
– No, no, no, por favor. No insista. El retrato es cosa mía. que lo he hecho por gusto.
– Sí, por gusto dise. ¡Pues anda que soy yo bonico!
– Bueno, guárdese ese dinero y no me hable más de pagarme. Con ese dinero, coje y le compra usté un regalo a sus nietos.
– ¿Mis nietos?

 

Relato perteneciente al libro ‘Cuentos Ramalenses’

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