El rockabilly, fragmento de la novela de Antonio Peñalver

El rockabilly (fragmento)

El sindicato de estudiantes, dependiente de Comisiones Obreras, estaba presidido por un tal Juan Ignacio Ramos, un tío con más años que su padre, que por arte de magia mediática se había convertido en la cabeza visible de todo aquel follón. Y el domingo del encierro no se le ocurre otra cosa que manifestar en El País que: “Mañana lunes se tienen que reanudar las clases. Así reagruparemos ios batallones, aunque las espadas siguen en alto”.

-Qué cabrón -dijo uno.

-Qué cabrones -dijo otra.

-Así que ya sabéis lo que hay -propuso el concursante:- Ahora sólo queda que votemos para decidir qué hacemos mañana, si volver a clase oqué. ¿…Sí?

-Que, digo yo -dijo la compañera Ana, que era la viceresponsable del comité de viaje a Madrid-, que lo mejor sería que llamáramos antes a Alicante a ver qué van a hacer ellos y al Azorín. No sé.

-Bien. A mí me párese buena idea. Pero, ¿va a llamar antes de que votemos o votamos y luego va a llamar…?

-Podíamos votar ahora y, luego, según lo que se sepa, votar después.

-Pues sí.Total… ¿…Sí?

-Que, nada, que, yo pondría dinero de mi bolsillo para llamar por teléfono a Alicante y tal, el problema es que no me queda un duro…

-Sí, claro, toma -dijo el compañero Iván, metiéndose mano al bolsillo:- Son los últimos cuarenta duros que nos quedan. Habrá que hacer una colecta nueva.

-Joer -dijo una.

-Joer -dijo otro.

La compañera Ana regresó con noticias frescas. Dijo que una chica de la que tenía el teléfono por medio de una prima que los del Jorge Juan de Alicante habían decidió seguir con la huelga y las manifestaciones, pero que el encierro lo terminaban esa tarde. Y, ¿del Azorín?. En el Azorín, al parecer, no habían hecho ni encierro. “Bien”, intervino la compañera Laura, “ahora sólo queda votar. ¿Estamos todos?”.

No, faltaba el compañero Montes.

Al compañero Montes se lo encontraron el lunes cuando volvieron a clase debajo de una de las escaleras temblando, con la mirada ida y levantando y agachando la mirada sin parar.

Los padres quisieron llevar al director del istituto a juicio, pero como el encierro había sido un acto voluntario e ilegal, se tuvieron que conformar con acojonar al Trecespeó y a los otros que sabían que habían estao encerraos con su hijo para que les chivaran quién había drogao a su hijo. Pero la cosa no llegó a más. Al parecer lo que ocurrió es que el Montes aquel no se había atrevido a darle un sorbo a la botella hasta que no le quedaba más que un culín. Parece ser que en ése rescoldo estaba el tripi sin disolver, y que todo aquel ácido entró en el cerebro del chaval destrozándole todo lo que encontraba a su paso y dejándolo paranoide para el resto de su vida.

Ya nadie volvió a hablar más de todo aquello. Ni de los encierros, ni de las huelgas, ni de la selectividad ni de nada que no fuera acabar el curso con el menor número de suspensos posible. Quedaban tres meses de curso y los profesores a modo de lección decidieron dar todo el temario previsto antes de la convocatoria de huelga. Aquel apretón de tuercas tuvo consecuencias desastrosas para el alumnado, que cuando fue a recoger las notas en junio se encontró con que se tenían que ir olvidando de disfrutar del verano. Al concursante le quedaron cuatro para setiembre: Física y Química, Matemáticas, Latín y, cómo no, Literatura.

Su madre, cuando llegó con las notas, lanzó el santo al cielo. Acto seguido le hizo llamar a su prima, y cuando ésta le aseguró que sí, que en Transportes Martínez seguían teniendo un hueco para él, parece ser que se tranquilizó un poco y le dijo que ahora que se fastidiara, “no haber hecho tanta huelga, ¡si en ves de haser huelga te hubieras dedicao a estudiar como dios manda…”, le dijo. Su padre, por su parte, no le dijo ná; le miró de nuevo el tupé con ese gesto mezcla de envidia y lástima, y luego le dijo que apartara la cabesa ésa que tenía, que no le dejaba ver la tele.

Paloma, como no podía ser menos, lo aprobó todo. Por lo tanto no tenía nada que hacer en todo el día. Se levantaba para comer, comía, se echaba la siesta y luego, dependiendo de cuál de sus amigas se cansara antes de estar en la cama, la que se levantaba primero llamaba a las otras para ir a la piscina del chalé de algún amigo; más tarde, cuando veían que se iba el sol se iban a sus casas a cenar algo, no demasiado, y entonces se disponían a arreglarse para salir al Mastaba.

El concursante no tardaría en descubrir que la Agencia de Transportes Nacionales e Internacionales Martínez, S.A. seguía en el mismo sitio que el año anterior. La misma gente y las mismas cajas de siempre. Aunque este año existía la novedad de que, tras mucho discutir con sus padres, el concursante tenía una vespino propia con la que se desplazaba de su casa al trabajo sin necesidad de depender del humor de ninguno de sus compañeros. Toni, por supuesto, ni le devolvía el saludo. Y así, desde el lunes 2 de julio la rutina del concursante comenzaba con el pitido del despertador a las ocho de la mañana, ducharse, sacar la moto del garaje, ir hasta la Agencia, subir a los vestuarios a ponerse ropa cómoda, desayunar en la cafetería, bajar a currar a las nueve y estar allí hasta la una, ir a casa a comer, estudiar una hora y regresar al curro hasta las nueve, nueve y algo, regresar a su casa, volverse a duchar, ponerse ropa limpia y bajar a Mastaba a estar un rato con Paloma y sus amigos.

En Mastaba por aquellas fechas solía juntarse lo peor de las mejores familias ramalenses. Allí no podías entrar con unas zapatillas que no fueran Mates o con una camiseta sin marca, no. Porque cada vez que se abría la puerta de la calle todos los presentes dejaban colgadas sus conversaciones para volverse a mirar al recién entrado/-a y comprobar si pertenecía o no al club de ‘Ollevasveintemilpelaspuestasencimaomejornosalgas’. El concursante, a base de estar yendo a diario durante casi un año, parecía en aquel ambiente un poco como el pobre al que todos necesitan mirar de vez en cuando para sentirse mejor. No obstante él había procurado, durante el tiempo que llevaba saliendo con Paloma, suavizar los extremos de su vestuario rocabili. Ahora, por ejemplo, nunca se pondría la camisa con hombreras de tigre ni para limpiar la moto.

En cuanto a su relación con Paloma, cada vez que se paraba a pensar en ella se asombraba más de que siguieran juntos. No tenían absolutamente nada que ver. Ella iba por un lado del mundo y él iba por el contrario, en sentidos completamente distintos. “Por lo menos tengo algo en qué pensar”, se decía el concursante mientras aculaba el camión de Barcelona, que era siempre el que más tarde llegaba; “algo por lo que valga la pena estar pendiente del reloj”. En cambio había otros días que el concursante se levantaba con el lao tonto y se pasaba toda la jornada pensando en las palabras con que iba a cortar esa noche mismo, en cuanto la tuviera delante. Le iba a decir, sí, le iba a decir que estaba harto de su deje de pija de pueblo, de ésas tetas invisibles, que cuando estaba con ella en la cama no sabía nunca si la tenía de frente o de espaldas. Y aquella tormenta de reproches le ayudaban a acabar de descargar el camión de los congelados. Luego llegaba a su casa, cenaba algo, se cambiaba de ropa y se bajaba al Mastaba con los puños cerrados; pero entonces era ver el azul de sus ojos y quitársele tol cansancio y la rabia acumulada durante el día.

 

Fragmento de la novela ‘El rockabilly’

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