El rockabilly, fragmento

El rockabilly (fragmento)

Se ve que se olvidaron de cerrar la puerta. O, quién sabe, también podía ser que no había suficientes llaves para todos los profesores y dejaban la puerta del almacén abierta. Estaba en la planta baja y eran tres: el Ruano, el Cánovas y él. La hora se supone que sería la que va de las cinco y media a las seis, es decir, una buena hora para andar solos por los pasillos del colegio sin que nadie te pidiera explicaciones. Si el conserje les hubiera pillao no hubiera habido problemas para que se creyeran que estaban en clase de música con don César o que, directamente, estaban castigaos hasta las seis.
-Que vigile uno, dijo el Cánovas, que se metió de cabeza en el almacén. El Ruano salió a la puerta de la calle y él se subió al rellano de la escalera para avisar si bajaba alguien.
Al rato se oyó un portazo. Y cuando él quiso mirar, sólo pudo ver que el Cánovas salía pitando para el patio con un bulto enorme debajo del jersey. Él bajó corriendo para ver qué había pillado el otro, pero enseguida se dió cuenta que si alguien lo veía correr por los pasillos vacíos, podía llegar a sospechar. Así es que se metió el corazón en un bolsillo y siguió caminando hasta el campo de las matas que estaba detrás del colegio.
Había mucha luz y estaban las del balonmano jugando en la pista. Los gritos de las que estaban entrenando le parecían que iban dirigidos a él. Y el concursante estaba tan nervioso que le era imposible inventarse una mentira que contar si le pillaban. Cuando dobló la esquina y vio al Cánovas y al Ruano sentaos en el portalico parece que se quedó más tranquilo. Estaban repartiéndose el botín. Allí había dos o tres cajas de lápices a rayas negras y amarillas, que tenían sacá la punta. También había sacapuntas, borras y tizas. Todo nuevo.
-¿Para qué has cogido las tizas…?, le preguntó al Cánovas.
-¡Tú vete a la mierda!, le respondió el otro, nervioso como estaba, que sólo tenía ojos para lo que había robao.
-¿Cómo vamos a repartir las cosas? Sólo hay dos cajas de lápices. Aunque si los sacamos y los contamos sueltos…
-Tomar, dos lápices pa cada uno. Dos sacapuntas y un borra, que el que se ha metió dentro he sío yo. Si quereis más cosas entrar vosotros, que aquello está lleno de cosas, de toas las cosas.
-Yo voy a entrar ahora, dijo el Ruano. Vosotros vigilar.
Y volvieron a hacer lo mismo, solo que esta vez se metieron en un bater de la planta de arriba para repartirse el nuevo botín. El Ruano había sío más listo y sólo había cogido lápices y borras de nata. Había estao metió dentro más tiempo y le había dao tiempo de rebuscar más; así es que había encontrao recambios de bloc a cuadritos y un montón de bolis.
Esta vez al concursante le dieron sólo un lápiz más, otro borra y un boli. Era todo lo que le tocaba por haber vigilao. Así es que, si quería llevarse a casa algo que valiera la pena más le valía irse haciendo el ánimo de meterse él dentro del almacén y pillar todo lo que le cogiera en la manos.
-Toma, guárdame esto. Que ahora voy a entrar yo.
Hasta que no estuvo dentro no comprendió porqué los otros dos habían cogío las cosas tan al tuntún. Cuando abrió la puerta para entrar pudo ver la situación de las estanterías, pero cuando la cerró se encontró totalmente a oscuras. “Arrea”, pensó. Y se le pasó por la cabeza encender la luz de dentro, pero, luego, cuando lo iba a hacer, pensó que lo mejor sería salir pitando de allí. Aunque después pensó que el sitio tampoco era muy grande, y que si estiraba la mano a oscuras podría coger cualquier cosa y por lo menos no salir sin nada. Más que nada, para que no le dijeran que era un cagao. Así es que el concursante estiró un poco la mano y cogió lo primero que hizo bulto; después se lo metió debajo del chandal y salió del almacén para coger aire de una vez.
-¡La puerta, la puerta! ¡Que te has dejao la puerta abierta!
-Me da igual, dijo. Yo no vuelvo. Que casi me cago.
-¡Si dejas la puerta abierta nos van a pillar, que hasta las seis no viene el autobús!
-Joer.
Así es que tuvo que volver al almacén para cerrar la puerta. Y, de la misma forma que al acercarse la primera vez no se paró a pensárselo, ahora le zumbaban tanto los oídos y la saliva se le atragantaba en la garganta de tal manera que estuvo a punto de, efectivamente, cagarse encima.
Cogió el pomo de la puerta, que lo sintió frío e interminable como nunca, y consiguió cerrar la puerta de aquel almacén, que maldita la hora que alguien dejó abierto. Temblaba tanto, que al estirar la mano para ir a coger el pomo, la otra se le separó del cuerpo en un descuido que tuvo como resultado que lo que escondía se descolgara de la parte interior de la chaqueta del chandal y cayera al suelo. Toc. Él miró y vió lo que era. Aunque rápidamente lo recogió y se lo volvió a guardar para salir corriendo de allí.
Esta vez la banda pensó que el mejor sitio para repartirse la tercera parte del botín era la parte de abajo del colegio, ya fuera de la valla, que era el sitio donde paraban los autobuses.
-A ver, ¿qué has cogío…?
-Ná.
-¿Cómo que ná? Pero si lo hemos visto que se te caía al suelo.
-Ya, pero ná.
-Pues entonces dame los dos lápices, los sacas y el borra que te he dao yo, le dijo el Cánovas.
-Pues toma. Ya ves. Si eso no vale ni sinco duros…
-No, no, pos entonses quédatelo. Pero tienes que enseñarnos lo que has cogío tú. ¿Qué es?
-Ná.
Pero el Ruano insistió:
-Si no nos lo enseñas no subes al autobús, y te tienes que bajar a tu casa andando. Así que ya sabes.
Total, que al final no tuvo más remedio que abrir la cremallera de la chaqueta del chandal y enseñarle a los otros su botín.
Cuando llegó el autobús de las seis todavía se estaban riendo de él.
Y siguieron haciéndolo durante todo el trayecto. El Cánovas se bajaba dos paradas antes que el concursante, por eso, antes de que parara el autobús abrió la caja de tizas y le dio dos a él. Y con lágrimas en los ojos le dijo:
-Toma, ten dos tizas. Por lo menos que te sirva de algo el borrador de la pizarra que has afanao…
La cosa tenía guasa, porque después resultó que ninguno de los tres miembros de la banda pudo lucir los frutos de su golpe, ya que era evidente que el palo había sido descubierto y que los maestros estaban con mil ojos en los pupitres para descubrir algún lápiz a rayas amarillas y negras nuevo, o algún borrador de nata de la marca Milán o algún sacapuntas que se pareciera a los que habían desaparecido del almacén.
No obstante el concursante tuvo la brillante idea de partir uno de los lápices por la mitad y mordisquearlo para que pareciera desgastado por su uso. Y todo parecía ir sobre ruedas porque, aunque al resto de la banda no le gustó la idea, a él ningún maestro le había cogío el lápiz y le había preguntao de dónde lo había sacao.
Pero no tardó ni una semana en cambiar su suerte.
Don Adolfo estaba intentando meter en la cabeza de aquellos aspirantes a parados un poco del amor que él sentía por el arte de juntar palabras. “Se equivocó la paloma…”. El concursante sufría al verlo intentar descifrarles los enigmas del poema de Alberti ‘La Paloma’. “…Se equivocaba…”. Pero era la clase de antes del recreo y el sol de mayo intensificaba los circuitos neuronales de aquellos treinta alumnos de octavo de Educación General Básica, que estaban más pendientes del minutero de sus relojes que de si la paloma tiraba pal norte o tiraba pal sur. “…Por ir al norte fue al sur…”. Cuando don Adolfo dio pie a que sus alumnos interpretaran el poema, allí se escuchó de tó. Desde los que opinaban que la paloma estaba subnormal, hasta los que veían en el poema el origen de la guerra civil. “Creyó que el trigo era agua…”. Pero el concursante, poco aficionado a los jeroglíficos, tenía la sospecha de que ni don Adolfo ni don Rafael Alberti tenían la menor idea de lo que significaba la dichosa palomica.
Y en esas estaban cuando se abrió la puerta y se asomó don Pedro, el director del colegio y profesor ocasional de gimnasia. Don Pedro siempre iba en manga corta y llevaba un silbato metálico de colgante. Cuando se ponía a correr campo a través se quedaba sólo y además era concejal de la UCD. El caso es que su sola presencia despertaba en los alumnos del Colegio Público Santo Negro ciertos miedos profundos. Parecidos a los que sintieron ésa mañana los tres miembros de la banda de los lápices.
El Cánovas se esforzó en recordar algún trozo de oración de cuando tomó la comunión. El Ruano sintió cómo se le cortaba la respiración. Y al concursante se le pusieron de punta todos los pelos de su cuerpo.
-¿Puedo pasar…?, le preguntó el director a don Adolfo.
Y pasó. Cerró la puerta y empezó a sonreír, poniéndose colorao como un tomate. Y lo miró. Sí, era a él. Aunque el concursante, debido a la distancia, todavía albergaba alguna posibilidad de librarse. Tenía el lápiz mordisqueao en la mano y le entraron ganas de terminárselo de comer. “Pero si ves que te lo comes va a saber que ése era uno de los lápices robaos”, se dijo mientras las distancias se iban acortando. Y cerró los ojos. No quería verlo. Pero como no pasaba nada ni se escuchaba nada, volvió a abrirlos. Sí. Era él. El director estaba parado enfrente suyo; sonriendo, colorado, y con el pito colgando. Al concursante le entraron ganas de ponerse a gritar que habían sido los otros dos, que a él lo habían obligao a vigilar bajo amenaza de muerte, pero se quedó callao. Ya tendría tiempo de contarlo todo con todo lujo de detalles. Por lo pronto don Pedro le tendía la mano para que él le estrechara la suya. “Sí, va a darme la mano para tenérmela cogida, y así poder darme todas las hostias que quiera y más”, estaba pensando mientras que acercaba su mano temblorosa a la del director. Con la mano izquierda estaba alerta para cubrirse e intentar amortiguar los golpes. Pero en el momento en el que don Pedro tuvo en la suya la mano del chaval, sencillamente se dedicó a estrecharla tal y como mandan los cánones de las buenas formas sociales. “Sí, está haciéndolo aposta. Ya verás, ahora, cuando esté relajao me mete la hostia. Ya verás…”. Pero no. Don Pedro seguía estrechándole la rnano más de lo normal, y, al parecer, estaba diciéndole algo:
-Enhorabuena, has ganado el premio Azorín.
“¿El premio Azorín?, ¿qué premio Azorín?”, el concursante entonces pasó de temblar a contagiarse del color cutáneo del director. “¿Qué me está disiendo éste? ¿Habrá visto el lápis…?”. Pero luego llegó don Adolfo, que le dio también la mano y luego el Manolín, el compañero de pupitre, y luego vinieron las palmadas en la espalda de los de atrás y el aplauso de todos los de la clase. Pero sonó la sirena y en el mismo impulso que se pusieron a aplaudir, se levantaron y se fueron. Así que se quedó sólo con el maestro y con el director, que seguía dando detalles:
-Se ha llevado el primer premio de la categoría de EGB. De toda la provincia, el tío. Veinte mil pesetas na menos.
-¿Tienes el cuento…?, le preguntó don Adolfo.
-No sé…Sí… No sé…
-Bueno, pues búscalo y si lo encuentras, lo traes esta tarde.
El concursante tardó en encajarlo todo. Se quedó medio recreo allí sentado, solo. Y el otro medio se lo pasó metido en el bater, sentado en la taza, muerto de vergüenza, susurrando: “Veinte mil pesetas…”
Pero en su casa no se creyeron nada. Cuando llegó su padre de la fábrica su madre le contó lo del premio, pero su padre sólo acertó a decir: “Pues, mujer, puede ser verdá. Si se lo ha dicho el maestro…”.

 

Fragmento inicial de la novela ‘El Rockabilly’

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