el virus del ajedrez, relato de Antonio Peñalver

El virus del ajedrez (relato)

Me pregunta mi cliente de Almería que quiere saber cuáles son los juguetes que más se están vendiendo en la tienda online que le hice hace años y que sólo le da algo de rendimiento en navidades y en junio, cuando le dan las vacaciones a la chavalería.
Entro en el Analitycs ( nunca sé si la ‘i’ griega es la primera o la última -nunca- ) en la sección del Informe de Páginas y descubro para mi sorpresa que lo más vendido han sido los microscopios y todo lo imaginable relacionado con el ajedrez. Ajedreces clásicos, ajedreces de viaje, libros para aprender ajedrez, hasta peluches de fichas del ajedrez. Una locura explicada por éxito de la serie de Netflix Gambito de Dama.
Vi el primer capítulo y me gustó. Pero, como me ocurre cuando como en el McDonalds, sé que está bueno, pero que hay que volver lo más tarde que se pueda; o casi nunca, incluso.
Mucha grúa, puesta en escena impecable, pero un guión hipercalórico, repleto de trampas que hagan digerible toda una temporada en base a tres ideas primarias.
Aún así lo soporté. Y mira que no suelo soportar más de tres minutos de la tormenta serial que nos está cayendo encima, pues salgo pitando en cuanto noto que me están vendiendo la moto gripada de siempre o que están plagiando una peli buena de cuando hacía cine gente con ganas de contar la vida, y no como los imbéciles que hacen cine ahora, que se esfuerzan cada vez más en contar menos.
Volviendo al tema de los juguetes, que es lo que me ha empujado a abrir el portátil y ponerme a escribir esto, la aparición de los microscopios en el primer lugar de juguetes más vendidos me lleva a imaginarme la situación. Y no puedo evitar ver a unos padres treintañeros ( o cuarentones, porque para tener hijos hoy día tienes que tener pagado al menos uno de los dos coches de la familia y buena parte de los intereses de la hipoteca ) colocándo a los pies del árbol una enorme caja envuelta en papel de regalo con un lazo rojo de raso y luego, ahora viene lo mejor, estudiándo la cara que sorpresa que pondrá su hijo único cuando lo desenvuelvan.
Porque, vaya cojones y coño tienen que tener esos padres para consensuar en comprarle una puta lupa de aumento a un chaval o chavala que se juega encima.
Porque sí, amigos, esta generación de jóvenes madres y padres, tan acostumbrados a usar su desenfrenado egoísmo, simplemente se autoregalan ellos mismos un microscópio y ponen a su prole como excusa.
Ya cuando toque, en las conversaciones o en los zooms correspondientes, explicarán que les han regalado a sus Hugos y Lucías un microscopio para que se comiencen a interesar por la ciencia y así, ya de paso, como el que no quiere la cosa, quizá ayuden a resolver cómo detener el coronavirus dichoso.
Mátame camión.
Por un momento, síganme y vamos a observar la cara del pequeño, que todavía cree que existe un viejo gordo y borracho medio loco, que sólo hace que reírse para adentro, que les trae los regalos, y que cuando quitan el papel de regalo se encuentran con una cosa que parece uno de los trastos de cocina, de color gris y que, además, les tienen que explicar cómo se usa. Frío como el témpano. Así es el aparato aquel y así se quedarán los niños el día 25.
No hablemos ya del ajedrez, primos.
Madre mía el ajedrez.
Cuando llegue el nuevo nazismo que nos está avisando a la vuelta de cada esquina, los comandantes más voluntariosos serán sin lugar a dudas toda esta generación de niñas y niños que les van a apuntar a clases particulares de ajedrez durante lo que queda de este curso. Y su animosidad destructiva sin duda estará originada por el trauma al que les empujará el haber sido ingenúas víctimas de los primeros jaques al pastor que les hagan durante las próximas semanas.
Porque yo, sin ser muy listo, no soy tan tonto como para no haberme interesado en este pasatiempos en mi preadolescencia. Y, sí, debo reconocer que no era uno de los mejores, sino más bien de los regulares. Pero, joder, qué coñazo de ajedrez.
Entiendo que si estás cumpliendo condena en una prisión franquista o en un gulag siberiano te pueda llegar a servir como entretenimiento para matar el tiempo. Pero, ¿en el siglo XXI?.

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