Volviendo a mi serie. Pude comenzarla y pude terminarla. Ocho meses de rodaje y casi un año para montarla, que se dice pronto. Estoy satisfecho con el resultado. Siendo plenamente consciente de las carencias tanto técnicas como artísticas del conjunto, también les confieso que disfruté durante el proceso. Una vez finalizado nos hicieron un par de entrevistas al protagonista ya mí y todo apuntaba a que la cosa no nos iba a llevar al Olimpo. Probé a hacer un crowfounding y no obtuve ni un euro. Sólo un cuñado del protagonista dio 20 euros. Fin del crowfounding. Tenía web propia, cuatro mil megustas en el face y once mil visualizaciones en youtube, más las que tuvo directamente en su propia página de face. Pero yo sabía que tenía buen material, por eso había que buscar la forma de darle bombo. Y así fue cómo se me ocurrió apuntarme al programa de citas más famoso de la tele entonces con la intención de aprovechar la coyuntura para hablar de mi webserie durante la cita televisada y así multiplicar por mil su repercusión. O por diez mil. Porque una cosa estaba clara, cuanto más gente la viera, más posibilidades tenía de recibir esa llamada tan esperada de la productora maravillosa que acabaría por enderezar mi mal fario. Con ese ánimo en mente grabé una minipresentación en video que pedían y que a veces usan de entradilla, rellené los casi interminables formularios que había en la web del programa y con tan buena suerte que al día siguiente ya me estaban llamando para ir a Madrid a grabar. Pasara lo que pasara, a mí me daba igual, porque lo importante era que iba a hablar de mi serie y que cuatro millones de personas la iban a conocer en directo; y con que sólo una veinteava parte se animaran a verla, el éxito estaba garantizado. Imparable. ¡Vamos! Ahora llega el turno de un pequeño receso sobre la belleza masculina que creo que es oportuno. Las modas van y vuelven cada equis años en una suerte de mecanismo consumista que sirve de clara excusa para poner en jaque la habilidad y dotes de los miembros de la manada. Cada moda que se impone llega primero introducida por una minoría avanzada, que, si bien es ridiculizada en un primer momento, pronto acaba siendo imitada, pero cuando esto ha ocurrido los más modernos ya están con la siguiente tendencia liados. Por lo tanto, en este proceso lo que se produce es una muestra de las capacidades adquisitivas y adaptativas de los miembros de la manada. Los ciclos de las modas de las mujeres son más cortos y radicales que los de los hombres. Ahora, por ejemplo, llevamos unos años en los que, tras el arrase indiscutible de las barbas, los bigotes no parece que terminan de encontrar su sitio. Algunos actores y gente de la farándula en general parecen apostar por el bigote, aunque su éxito no termina de materializarse. Quizá el motivo esté en que todavía no han pasado demasiados años desde la vez anterior en que estuvieron popularizados los mostachos, allá por los setenta. Porque la duración de estos ciclos está perfectamente cronometrada. ¿Cuarenta años quizá? Ahora bien, hay que tener en cuenta que igual que la barba, aunque suele engordar, también suele caerle bien a la mayoría de los hombres; con el bigote no ocurre lo mismo. Pues es rara la fisionomía de más de treinta años que soporte esa mata de pelos debajo de la nariz sin despertar la misericordia de cuantos se cruzan por la calle con su dueño. Todo lo anterior para terminar diciendo que yo, cómo no, me quité la barba y me dejé bigote para ir a la tele. Me afeité la calva, me puse la camisa con la que, sin ser las más nueva, me sentía mejor, y cogí el tren a la hora señalada. La productora me pagaba el desplazamiento y también 80 euros por el día echado. No iba a hacer falta hacer noche en el hotel. Todo iba a ser muy rápido. Prácticamente un mete y saca, vamos. Llegué a Atocha y nos esperaba un chófer del programa. Hicimos tiempo hasta que llegó el tren que traía a otro buscador del amor desde Barcelona. Una vez que llegó subimos al coche y por el camino pude observar la gente con prisa de Madrid. Me sonreí al reconocer aquello, pero no volvería a formar parte de aquel río humano de forma voluntaria ni loco. Intenté iniciar un par de conversaciones, pero el hípster barcelonés no estaba por la labor de hacer amigos. El chófer en cambio resultó ser una de las personas más educadas de las que me cruzaría en aquella jornada de locos que me esperaba. Nos llevó a un polígono y nos dejó en la puerta de lo que parecía una fábrica normal y corriente. Por dentro es donde tenían montado el tinglado en el que se reproducía aquel restaurante de mentiras repleto de cámaras con las que se rodaban tres turnos de tres parejas buscando el amor por jornada. Nueve citas ante las cámaras por día, todo un maratón del amor y de producción audiovisual que no quería perderme por nada del mundo. Cuando llegamos, a los tres tíos de mi turno, que era el primero de la mañana, nos metieron en una especie de vestuario en el que había comida, fruta y alcohol, mucho alcohol. Era evidente que cuando más desinhibidos estuvieran los invitados, mayor juego daríamos. Por eso yo les resulté tan insulso, o al menos eso es lo que pensaba en un primer momento. Sí, he de reconocer que cuando bebía era mucho más gracioso; pero ahora no tengo que lamentar nada cuando me despierto, ni tengo que cagarme en la vida en cuanto abro los ojos. Nada más llegar al set llegó una tía y me dijo que llevaba la camisa arrugada del tren, que mejor se la llevaba a pasarle una plancha. Le dije ok y me quedé como tarzán de cintura para arriba. Bueno, aunque, corrijo, mejor como el orangután de El Libro de la Selva. Todos por allí dando vueltas y yo exhibiendo michelines amarillentos. En eso que entraron los dos de producción que se encargaban de manejar a los invitados. Eran un tío y una tía jóvenes. El tío comenzó a darnos las instrucciones de una manera robótica, pero yo allí con las tetas al aire no estaba muy cómodo y debí de poner alguna cara rara. Entonces la tía se dirigió a mí y me dijo: ¿Estás bien, Antonio? Sí. Dije yo, mientras notaba que el tío esbozaba una ligera sonrisa con la comisura de su boca para enseguida seguir con las reglas. No hablar de temas delicados, política, dinero, religión, ya sabéis. En la medida de lo posible, claro. Si el tema surge, que surja; pero no los forcéis. En el sobre que os vamos a dar hay 80 euros. Da igual quien pague la cena. Si pagáis vuestra parte, son 20 euros, que se os devolverán al salir. Si invitáis a vuestro compañero de mesa, se os darán 40 euros. ¿Está claro? Todos volveréis a casa con 80 euros, que es lo que vais a firmar ahora en este contrato. También se habla de temas de confidencialidad y de derechos de imagen que nos cedéis a Sony, que es quien produce el programa. En resumen, que cedéis vuestra imagen para ser reproducida en cualquier soporte, y que no debéis contar nada a nadie hasta que no se emita el programa. ¿Cuánto va a tardar en emitirse?, preguntó alguien No se sabe. Depende. Porque no se emiten en orden cronológico, sino según van encajando. Eso lo decide dirección. Pero, ¿más o menos...? Unos tres meses. Más o menos. Ok. Luego nos iban llamando por orden y la regidora nos retenía en la puerta de la calle hasta que le daban la orden por el pinganillo y entrábamos por un pasillo hasta la puerta del restaurante. Me estaba esperando C, que es el presentador estrella del programa, y que hacía el papel de metre. No me dijo nada al verme entrar y yo me dirigí hacia la barra. No había visto muchos programas ya que no tengo tele, pero en todos los que vi en internet C les decía algo a los que entraban. Pero a mí no me dijo nada. Bien. Sus motivos tendría. Cuando estaba en la barra le pregunté al camarero si tenían cerveza sin alcohol y el chico me dijo que no, asustado. Entonces yo me asusté más. ¿Y ahora qué hago? Ponme agua. Agua. Momentazo. Puro cine negro. Iba camino de conseguir la gloria. En eso el C me entró por la espalda comentándome algo, no recuerdo muy bien qué. Y charlamos el minuto de cortesía. El tío me dijo que me parecía a Constantino Romero y, era cierto, y entonces yo le dije que tuve la ocasión de conocer en persona a Constantino Romero, cuando participé en el programa de la Parodia Nacional y lo gané, por cierto. Ah, ¿sí?. Sí, C, sí. Además el tío era muy majo, me caía mucho mejor de lo que siempre me has caído tú, colega; pensé, aunque le dije: Sí, un tío muy majo. Y menuda voz tenía. ¡Uh, menuda voz sí! Entonces el tío se fue a recibir a mi pareja de la cita a ciegas. Cuando me volví y la vi no me llamó la atención. Soy un poco especial para las mujeres. O me llaman la atención o no. Pero si hubiéramos estado en un sitio público no hubiera reparado ni medio segundo en ella. Ni ella en mí tampoco, seguro, vamos. Igual que hace unas cincuenta páginas les comenté que tuve una época en la universidad que tuve el guapo subido, ahora soy plenamente consciente que voy para el arrastre y que no me vendo ni rebajado en el libre mercado del ligoteo. Pero, me la trae al pairo. Creo que hay una época para cada cosa. Y mi época de follar como loco hace mucho que pasó, o eso creía yo al menos. Enseguida que crucé la mirada con mi cita supe que la desilusión no era exclusiva mía. Se pidió su copa, cruzamos un par de frases hechas y nos invitaron a sentarnos en una mesa. La tía iba de empresaria de viajes, lo cual despertó en mí una gran pereza. No sólo porque no me mola viajar, que no me mola nada de nada, sino también porque no creo en las historias de chica rica y chico pobre. Nunca funcionan. Nunca jamás. Al revés sí. Casi siempre. Pero si la tía es la pastosa todo el mundo intenta amargarle la existencia al pobretón del tío. Esta película me la se, porque la he vivido en carne propia unas cuantas veces. Pero comenzamos a hablar y parece que no estábamos muy en desintonía. Hablamos, hablamos y hablamos. Supongo que en la edición lo dejarían casi todo fuera, que sólo pondrían lo más interesante, pero hablamos mucho. Y, claro, yo hablé mucho de mi serie, que es por lo que había ido allí. Noté que mi cita me seguía el rollo con la serie, poniendo cara de “yatevaleati”. Pero a los pocos minutos ya supe que aquello no iba a funcionar. No sólo no nos gustábamos físicamente, sino que a mí su carácter me echaba un poco para atrás. Tampoco pasa nada. Además, cuando noté que estaba a la defensiva, entonces empecé a sacar yo también mi escudo. No comí casi nada. Además de por los nervios, porque aquello que nos ponían en los platos tenía un aspecto plasticoso y sabía más plasticoso todavía. No lo estaba pasando mal, la verdad. Mi idea cuando me apunté era darle promo a la serie, pero, oye, si hubiera ligado además, pues genial. Además la tía vivía en Alicante, por lo que estábamos a un paseo en coche. Pero creo que el querubín en aquella ocasión se había quedado en el banco del parque haciéndose un peta y trincándose una litrona. Y llegó la hora de pagar. Ella había sugerido varias veces en la conversación que estaba orgullosa de ser mujer y tal y cual. Ya saben a lo que me refiero. Y cuando trajeron la cuenta, a pesar de que sabía que el programa me devolvería todo lo que pagara, decidí pagar sólo mi parte mientras comentaba algo sobre que siempre solía pagar, pero que creía justo que, ya que ambos trabajábamos, que cada uno pagar su cena. Pero la empresaria de viajes no me dejó terminar la frase y dijo que no, que ella pagaría la cena de los dos. Y con recochineo sacó los dos billetes de veinte que le había dado el programa y los puso en el platillo de la cuenta. La gloria sin duda se la ganó ella. Yo me quedé bastante descolocado. Cada día lo estoy más con esta generación de feministas a las que les encantan que les hagan regalos y las inviten a cenar. A eso lo llaman romanticismo. Yo lo llamaría de otra manera. Me resulta curioso que, en esta época de transición, en la que nadie mínimamente inteligente pondría en cuestión el fin de la discriminación salarial por motivos de sexo, que surjan superwomans que se dediquen a humillar a hombres sólo por ganar más salarios que ellos, pone muchos de mis principios en entredicho. No sé, quizá en su imbecilidad esté escondida su propia Kryptonita. Fiuuuu. En fin. Pero todavía no estaba todo hecho, quedaba el remate final. Nos subieron a la planta de arriba y comenzaron a llamarnos uno a uno de cada pareja y luego a las parejas juntas. Primero la llamaron a ella, y luego a mí. Entonces descubrí el juego de la tía que nos había recibido nada más llegar y que me hizo sonrojar cuando estaba descamisado. La tía no paraba de hacerme preguntas capciosas, de primero de feminismo de barra de Malasaña. Y yo, que la veía venir, la iba toreando como Manolete. Luego hubo una pequeña pausa técnica y noté que también tenía bastante atemorizados a los técnicos del plató. Se puso a comentar cosas del trabajo y empezó a decir que en aquella productora pasaban cosas muy raras, que en aquella productora pasaban cosas muy raras, muy, muy raras. Sí, en aquella productora no sé, pero desde luego en tu cabeza sí las pasaban, rarísimas. Como no pudo sacarme ninguna frase para poder coronar mi imbecilidad manifiesta, parece que hasta se mosqueó un poco. Luego le dijeron a mi cita que pasara y por supuesto nos dijimos que no, que no quedaríamos en la vida real ni de coña. Ale. A cascarla. Las otras dos parejas de nuestro turno tampoco tuvieron éxito. Al hípster barcelonés que resultó ser un tatuador de origen murciano, le intentaron emparejar con una tía de su edad y tatuada que en realidad, según sus propias palabras, estaba buscando un moreno. Y luego había una tercera pareja de jovencitos guapos, pero tampoco cuajaron; ahora, eso sí, aprovecharon que el chaval cantaba rap para hacerle montar un número en directo en el propio restaurante. Pura televisión. Viva el amor. Y entonces nos subieron a todos en una berlina y nos dejaron en Atocha. Y estuvimos en la estación unos cinco minutos todos juntos. El hípster estaba loco por zumbarse a la jovencita, pero ésta no parecía compartir la misma idea. Así que a mi cita y a mí se nos ocurrió mirar si había algún tren hacia Alicante antes de hora, ya que la cosa había ido mucho más deprisa de lo previsto y no nos apetecía mucho hacer tiempo muerto en Atocha. Y ella, como era empresaria de viajes, se encargó de hacer la gestión y cambió los tickets por los de otro tren que salía en pocos minutos. Y lo cogimos juntos, en el mismo vagón, en asientos contiguos. Bueno, entonces pudimos conocernos mejor. Sin cámaras delante. Sin presiones. Sin riesgos. Nos desnudamos mutuamente y fue una sensación agradable, la verdad. Me pareció más cercana, más normal. Y yo, no se crean, le hablé todavía un poco más de mi serie, aunque no mucho. Como si hubiera tenido bastante ya. También le conté mi pasado sentimental, la situación en la que me encontraba, a lo que aspiraba en mi vida; y ella hizo más o menos lo mismo. Me pidió, eso sí, disculpas lo que hizo a la hora de pagar, lo de dejarme en ridículo delante de toda España, me dijo. Y yo le contesté que no se preocupara, que me daba igual. Me la trae al pairo. A ver si tienen el detalle de meter algo de mi serie, aunque sea sólo nombrarla. Que es para lo que he venido. ...Bueno, si ligaba, además, pues de puta madre. Pero para mí Llámalo Suerte es importante. De alguna manera es mi último cartucho. También me confesó, a la altura de Fuente La Higuera, que realmente ella no era empresaria de viajes, sino una simple empleada. Aquello me dio también lo mismo. Sencillamente me llamó la atención y la puso en su sitio. ¿A qué estaba jugando entonces? Simpaticé con ella cuando me contó que había montado con su último ex un restaurante macrobiótico que había sido un rotundo fracaso. La decoración era lo más, la comida era supersana y novedosa, lo tenía todo, pero no funcionó. Me recordó a mi ex y su experiencia hostelera y le conté la historia que ustedes ya conocen. Bueno, que al final llegamos a Alicante y antes de separarnos, en la puerta de la estación del tren, nos intercambiamos los teléfonos. Todo apuntaba a que, contra todo pronóstico, probablemente quedaríamos para tomar algo ese mismo fin de semana. ¿O? Pero no fue. Yo, conduciendo hasta el pueblo en el que vivo, ya solo, pensé que lo que había hecho era un golpe bajo y que pasaba de esa tía. Algo me decía que, aunque no estaba mal del todo, y me había caído bien después de hablar en el tren, no iba a ser buena idea seguir viéndose con ella. Así que, nada más llegar a casa la bloqueé. Pocos meses después, después incluso de que el programa se emitiera para recochineo en las redes sociales y tenso silencio de mis amigos dado el canallismo del inesperado final a la hora de pagar, vi en su instagram una foto inquietante. En ella se veía la arena de la playa y un trozo de mesa con una taza de café, y un mensaje: “Hay que seguir viviendo”.

First Date (fragmento)

Volviendo a mi serie. Pude comenzarla y pude terminarla. Ocho meses de rodaje y casi un año para montarla, que se dice pronto. Estoy satisfecho con el resultado. Siendo plenamente consciente de las carencias tanto técnicas como artísticas del conjunto, también les confieso que disfruté durante el proceso.
Una vez finalizado nos hicieron un par de entrevistas al protagonista ya mí y todo apuntaba a que la cosa no nos iba a llevar al Olimpo. Probé a hacer un crowfounding y no obtuve ni un euro. Sólo un cuñado del protagonista dio 20 euros. Fin del crowfounding.
Tenía web propia, cuatro mil megustas en el face y once mil visualizaciones en youtube, más las que tuvo directamente en su propia página de face.
Pero yo sabía que tenía buen material, por eso había que buscar la forma de darle bombo. Y así fue cómo se me ocurrió apuntarme al programa de citas más famoso de la tele entonces con la intención de aprovechar la coyuntura para hablar de mi webserie durante la cita televisada y así multiplicar por mil su repercusión. O por diez mil.
Porque una cosa estaba clara, cuanto más gente la viera, más posibilidades tenía de recibir esa llamada tan esperada de la productora maravillosa que acabaría por enderezar mi mal fario.
Con ese ánimo en mente grabé una minipresentación en video que pedían y que a veces usan de entradilla, rellené los casi interminables formularios que había en la web del programa y con tan buena suerte que al día siguiente ya me estaban llamando para ir a Madrid a grabar.
Pasara lo que pasara, a mí me daba igual, porque lo importante era que iba a hablar de mi serie y que cuatro millones de personas la iban a conocer en directo; y con que sólo una veinteava parte se animaran a verla, el éxito estaba garantizado. Imparable.
¡Vamos!

Ahora llega el turno de un pequeño receso sobre la belleza masculina que creo que es oportuno. Las modas van y vuelven cada equis años en una suerte de mecanismo consumista que sirve de clara excusa para poner en jaque la habilidad y dotes de los miembros de la manada. Cada moda que se impone llega primero introducida por una minoría avanzada, que, si bien es ridiculizada en un primer momento, pronto acaba siendo imitada, pero cuando esto ha ocurrido los más modernos ya están con la siguiente tendencia liados. Por lo tanto, en este proceso lo que se produce es una muestra de las capacidades adquisitivas y adaptativas de los miembros de la manada. Los ciclos de las modas de las mujeres son más cortos y radicales que los de los hombres. Ahora, por ejemplo, llevamos unos años en los que, tras el arrase indiscutible de las barbas, los bigotes no parece que terminan de encontrar su sitio.
Algunos actores y gente de la farándula en general parecen apostar por el bigote, aunque su éxito no termina de materializarse. Quizá el motivo esté en que todavía no han pasado demasiados años desde la vez anterior en que estuvieron popularizados los mostachos, allá por los setenta. Porque la duración de estos ciclos está perfectamente cronometrada. ¿Cuarenta años quizá?
Ahora bien, hay que tener en cuenta que igual que la barba, aunque suele engordar, también suele caerle bien a la mayoría de los hombres; con el bigote no ocurre lo mismo. Pues es rara la fisionomía de más de treinta años que soporte esa mata de pelos debajo de la nariz sin despertar la misericordia de cuantos se cruzan por la calle con su dueño.
Todo lo anterior para terminar diciendo que yo, cómo no, me quité la barba y me dejé bigote para ir a la tele. Me afeité la calva, me puse la camisa con la que, sin ser las más nueva, me sentía mejor, y cogí el tren a la hora señalada. La productora me pagaba el desplazamiento y también 80 euros por el día echado. No iba a hacer falta hacer noche en el hotel. Todo iba a ser muy rápido. Prácticamente un mete y saca, vamos.
Llegué a Atocha y nos esperaba un chófer del programa. Hicimos tiempo hasta que llegó el tren que traía a otro buscador del amor desde Barcelona. Una vez que llegó subimos al coche y por el camino pude observar la gente con prisa de Madrid. Me sonreí al reconocer aquello, pero no volvería a formar parte de aquel río humano de forma voluntaria ni loco. Intenté iniciar un par de conversaciones, pero el hípster barcelonés no estaba por la labor de hacer amigos. El chófer en cambio resultó ser una de las personas más educadas de las que me cruzaría en aquella jornada de locos que me esperaba.
Nos llevó a un polígono y nos dejó en la puerta de lo que parecía una fábrica normal y corriente. Por dentro es donde tenían montado el tinglado en el que se reproducía aquel restaurante de mentiras repleto de cámaras con las que se rodaban tres turnos de tres parejas buscando el amor por jornada. Nueve citas ante las cámaras por día, todo un maratón del amor y de producción audiovisual que no quería perderme por nada del mundo.
Cuando llegamos, a los tres tíos de mi turno, que era el primero de la mañana, nos metieron en una especie de vestuario en el que había comida, fruta y alcohol, mucho alcohol. Era evidente que cuando más desinhibidos estuvieran los invitados, mayor juego daríamos. Por eso yo les resulté tan insulso, o al menos eso es lo que pensaba en un primer momento. Sí, he de reconocer que cuando bebía era mucho más gracioso; pero ahora no tengo que lamentar nada cuando me despierto, ni tengo que cagarme en la vida en cuanto abro los ojos.
Nada más llegar al set llegó una tía y me dijo que llevaba la camisa arrugada del tren, que mejor se la llevaba a pasarle una plancha. Le dije ok y me quedé como tarzán de cintura para arriba. Bueno, aunque, corrijo, mejor como el orangután de El Libro de la Selva. Todos por allí dando vueltas y yo exhibiendo michelines amarillentos. En eso que entraron los dos de producción que se encargaban de manejar a los invitados. Eran un tío y una tía jóvenes. El tío comenzó a darnos las instrucciones de una manera robótica, pero yo allí con las tetas al aire no estaba muy cómodo y debí de poner alguna cara rara. Entonces la tía se dirigió a mí y me dijo:
¿Estás bien, Antonio?
Sí. Dije yo, mientras notaba que el tío esbozaba una ligera sonrisa con la comisura de su boca para enseguida seguir con las reglas. No hablar de temas delicados, política, dinero, religión, ya sabéis. En la medida de lo posible, claro. Si el tema surge, que surja; pero no los forcéis. En el sobre que os vamos a dar hay 80 euros. Da igual quien pague la cena. Si pagáis vuestra parte, son 20 euros, que se os devolverán al salir. Si invitáis a vuestro compañero de mesa, se os darán 40 euros. ¿Está claro? Todos volveréis a casa con 80 euros, que es lo que vais a firmar ahora en este contrato. También se habla de temas de confidencialidad y de derechos de imagen que nos cedéis a Sony, que es quien produce el programa. En resumen, que cedéis vuestra imagen para ser reproducida en cualquier soporte, y que no debéis contar nada a nadie hasta que no se emita el programa.
¿Cuánto va a tardar en emitirse?, preguntó alguien.
No se sabe. Depende. Porque no se emiten en orden cronológico, sino según van encajando. Eso lo decide dirección.
Pero, ¿más o menos…?
Unos tres meses. Más o menos.
Ok.
Luego nos iban llamando por orden y la regidora nos retenía en la puerta de la calle hasta que le daban la orden por el pinganillo y entrábamos por un pasillo hasta la puerta del restaurante. Me estaba esperando C, que es el presentador estrella del programa, y que hacía el papel de metre. No me dijo nada al verme entrar y yo me dirigí hacia la barra. No había visto muchos programas ya que no tengo tele, pero en todos los que vi en internet C les decía algo a los que entraban. Pero a mí no me dijo nada. Bien. Sus motivos tendría. Cuando estaba en la barra le pregunté al camarero si tenían cerveza sin alcohol y el chico me dijo que no, asustado. Entonces yo me asusté más. ¿Y ahora qué hago? Ponme agua. Agua. Momentazo. Puro cine negro. Iba camino de conseguir la gloria. En eso el C me entró por la espalda comentándome algo, no recuerdo muy bien qué. Y charlamos el minuto de cortesía. El tío me dijo que me parecía a Constantino Romero y, era cierto, y entonces yo le dije que tuve la ocasión de conocer en persona a Constantino Romero, cuando participé en el programa de la Parodia Nacional y lo gané, por cierto. Ah, ¿sí?. Sí, C, sí. Además el tío era muy majo, me caía mucho mejor de lo que siempre me has caído tú, colega; pensé, aunque le dije: Sí, un tío muy majo. Y menuda voz tenía. ¡Uh, menuda voz sí!
Entonces el tío se fue a recibir a mi pareja de la cita a ciegas. Cuando me volví y la vi no me llamó la atención. Soy un poco especial para las mujeres. O me llaman la atención o no. Pero si hubiéramos estado en un sitio público no hubiera reparado ni medio segundo en ella. Ni ella en mí tampoco, seguro, vamos. Igual que hace unas cincuenta páginas les comenté que tuve una época en la universidad que tuve el guapo subido, ahora soy plenamente consciente que voy para el arrastre y que no me vendo ni rebajado en el libre mercado del ligoteo. Pero, me la trae al pairo. Creo que hay una época para cada cosa. Y mi época de follar como loco hace mucho que pasó, o eso creía yo al menos.
Enseguida que crucé la mirada con mi cita supe que la desilusión no era exclusiva mía. Se pidió su copa, cruzamos un par de frases hechas y nos invitaron a sentarnos en una mesa.
La tía iba de empresaria de viajes, lo cual despertó en mí una gran pereza. No sólo porque no me mola viajar, que no me mola nada de nada, sino también porque no creo en las historias de chica rica y chico pobre. Nunca funcionan. Nunca jamás. Al revés sí. Casi siempre. Pero si la tía es la pastosa todo el mundo intenta amargarle la existencia al pobretón del tío. Esta película me la se, porque la he vivido en carne propia unas cuantas veces.
Pero comenzamos a hablar y parece que no estábamos muy en desintonía. Hablamos, hablamos y hablamos. Supongo que en la edición lo dejarían casi todo fuera, que sólo pondrían lo más interesante, pero hablamos mucho. Y, claro, yo hablé mucho de mi serie, que es por lo que había ido allí. Noté que mi cita me seguía el rollo con la serie, poniendo cara de “yatevaleati”. Pero a los pocos minutos ya supe que aquello no iba a funcionar. No sólo no nos gustábamos físicamente, sino que a mí su carácter me echaba un poco para atrás. Tampoco pasa nada. Además, cuando noté que estaba a la defensiva, entonces empecé a sacar yo también mi escudo.
No comí casi nada. Además de por los nervios, porque aquello que nos ponían en los platos tenía un aspecto plasticoso y sabía más plasticoso todavía. No lo estaba pasando mal, la verdad. Mi idea cuando me apunté era darle promo a la serie, pero, oye, si hubiera ligado además, pues genial. Además la tía vivía en Alicante, por lo que estábamos a un paseo en coche. Pero creo que el querubín en aquella ocasión se había quedado en el banco del parque haciéndose un peta y trincándose una litrona.
Y llegó la hora de pagar. Ella había sugerido varias veces en la conversación que estaba orgullosa de ser mujer y tal y cual. Ya saben a lo que me refiero. Y cuando trajeron la cuenta, a pesar de que sabía que el programa me devolvería todo lo que pagara, decidí pagar sólo mi parte mientras comentaba algo sobre que siempre solía pagar, pero que creía justo que, ya que ambos trabajábamos, que cada uno pagar su cena. Pero la empresaria de viajes no me dejó terminar la frase y dijo que no, que ella pagaría la cena de los dos. Y con recochineo sacó los dos billetes de veinte que le había dado el programa y los puso en el platillo de la cuenta.
La gloria sin duda se la ganó ella. Yo me quedé bastante descolocado. Cada día lo estoy más con esta generación de feministas a las que les encantan que les hagan regalos y las inviten a cenar. A eso lo llaman romanticismo. Yo lo llamaría de otra manera.
Me resulta curioso que, en esta época de transición, en la que nadie mínimamente inteligente pondría en cuestión el fin de la discriminación salarial por motivos de sexo, que surjan superwomans que se dediquen a humillar a hombres sólo por ganar más salarios que ellos, pone muchos de mis principios en entredicho.
No sé, quizá en su imbecilidad esté escondida su propia Kryptonita.
Fiuuuu.
En fin. Pero todavía no estaba todo hecho, quedaba el remate final.
Nos subieron a la planta de arriba y comenzaron a llamarnos uno a uno de cada pareja y luego a las parejas juntas. Primero la llamaron a ella, y luego a mí. Entonces descubrí el juego de la tía que nos había recibido nada más llegar y que me hizo sonrojar cuando estaba descamisado. La tía no paraba de hacerme preguntas capciosas, de primero de feminismo de barra de Malasaña. Y yo, que la veía venir, la iba toreando como Manolete. Luego hubo una pequeña pausa técnica y noté que también tenía bastante atemorizados a los técnicos del plató. Se puso a comentar cosas del trabajo y empezó a decir que en aquella productora pasaban cosas muy raras, que en aquella productora pasaban cosas muy raras, muy, muy raras. Sí, en aquella productora no sé, pero desde luego en tu cabeza sí las pasaban, rarísimas. Como no pudo sacarme ninguna frase para poder coronar mi imbecilidad manifiesta, parece que hasta se mosqueó un poco. Luego le dijeron a mi cita que pasara y por supuesto nos dijimos que no, que no quedaríamos en la vida real ni de coña.
Ale. A cascarla.
Las otras dos parejas de nuestro turno tampoco tuvieron éxito. Al hípster barcelonés que resultó ser un tatuador de origen murciano, le intentaron emparejar con una tía de su edad y tatuada que en realidad, según sus propias palabras, estaba buscando un moreno. Y luego había una tercera pareja de jovencitos guapos, pero tampoco cuajaron; ahora, eso sí, aprovecharon que el chaval cantaba rap para hacerle montar un número en directo en el propio restaurante. Pura televisión. Viva el amor.
Y entonces nos subieron a todos en una berlina y nos dejaron en Atocha. Y estuvimos en la estación unos cinco minutos todos juntos. El hípster estaba loco por zumbarse a la jovencita, pero ésta no parecía compartir la misma idea. Así que a mi cita y a mí se nos ocurrió mirar si había algún tren hacia Alicante antes de hora, ya que la cosa había ido mucho más deprisa de lo previsto y no nos apetecía mucho hacer tiempo muerto en Atocha. Y ella, como era empresaria de viajes, se encargó de hacer la gestión y cambió los tickets por los de otro tren que salía en pocos minutos. Y lo cogimos juntos, en el mismo vagón, en asientos contiguos.
Bueno, entonces pudimos conocernos mejor. Sin cámaras delante. Sin presiones. Sin riesgos. Nos desnudamos mutuamente y fue una sensación agradable, la verdad. Me pareció más cercana, más normal. Y yo, no se crean, le hablé todavía un poco más de mi serie, aunque no mucho. Como si no hubiera tenido bastante ya. También le conté mi pasado sentimental, la situación en la que me encontraba, a lo que aspiraba en mi vida; y ella hizo más o menos lo mismo. Me pidió, eso sí, disculpas lo que hizo a la hora de pagar, lo de dejarme en ridículo delante de toda España, me dijo. Y yo le contesté que no se preocupara, que me daba igual.
Me la trae al pairo. A ver si tienen el detalle de meter algo de mi serie, aunque sea sólo nombrarla. Que es para lo que he venido. …Bueno, si ligaba, además, pues de puta madre. Pero para mí Llámalo Suerte es importante. De alguna manera es mi último cartucho.
También me confesó, a la altura de Fuente La Higuera, que realmente ella no era empresaria de viajes, sino una simple empleada. Aquello me dio también lo mismo. Sencillamente me llamó la atención y la puso en su sitio. ¿A qué estaba jugando entonces?
Simpaticé con ella cuando me contó que había montado con su último ex un restaurante macrobiótico que había sido un rotundo fracaso. La decoración era lo más, la comida era supersana y novedosa, lo tenía todo, pero no funcionó. Me recordó a mi ex y su experiencia hostelera y le conté la historia que ustedes ya conocen.
Bueno, que al final llegamos a Alicante y antes de separarnos, en la puerta de la estación del tren, nos intercambiamos los teléfonos. Todo apuntaba a que, contra todo pronóstico, probablemente quedaríamos para tomar algo ese mismo fin de semana. ¿O?
Pero no fue. Yo, conduciendo hasta el pueblo en el que vivo, ya solo, pensé que lo que había hecho era un golpe bajo y que pasaba de esa tía. Algo me decía que, aunque no estaba mal del todo, y me había caído bien después de hablar en el tren, no iba a ser buena idea seguir viéndose con ella. Así que, nada más llegar a casa la bloqueé.
Pocos meses después, después incluso de que el programa se emitiera para recochineo en las redes sociales y tenso silencio de mis amigos dado el canallismo del inesperado final a la hora de pagar, vi en su instagram una foto inquietante. En ella se veía la arena de la playa y un trozo de mesa con una taza de café, y un mensaje: “Hay que seguir viviendo”.

Era su Támesis.

Fragmento de la novela inédita ‘La Humillación’

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