la curva del guirney relato de Antonio Peñalver

La curva del Guirney (relato)

Iba yo una noche de retirada, serían cosa de las seis o por ahí, y de repente, arrea, me veo que hay una rubia haciendo dedo en- medio de la curva del Guirney. “Arrea”, digo, “qué hace ésta aquí. ¡A ver si es que ha pasao algo o algo!.

Mira a ver si es que es un accidente o algo, no sé. El caso es que paro, bajo y le pregunto: “Muchacha, ¿es que ha pasao algo o algo?”. Y me dice: “No, ¿me llevas?”. Y yo digo: “Pues claro, mujer, faltaría más . Sube. ¿Dónde quieres que te lleve?”. Y me dice: “Me da igual. Tú llévame y ya veremos…”. Oyes, yo fue escuchar esto y empezar a ponerme yo nervioso. Y pensé: “Roberto, esta noche no te vas de vacío a casa. Mira por dónde. ¡Y tú que te creías que no te ibas a comer un torrao tú esta noche! ¡Y encima rubia! Cuando se lo cuente a la basca…”. Así es que ya estábamos entrando al pueblo, cuando me hago el ánimo y le pregunto: “Tú cara me suena, ¿tú eres de por aquí?”. Y me vuelvo y, ¡pum!, había desaparecido la tía. Y me digo: “Bueno, otra vez será, chico, ¿qué le vamos a hacer?”.

Esto que os estoy contando fue sábado. Y como iba como iba, pues eso, que al día siguiente tiré a levantarme y ya no supe si es que lo había soñao o lo había vivió o yo qué sé. Para quitarme la duda el domingo mismo, después de cenar, cogí el coche y pasé a ver si la veía. Ná. Guirney arriba, Guirney abajo y ná. Ni por espejera. ’’Nada, Roberto, esta noche te vuelves a ir de vacío a casa”.

Pero yo, de todas formas, no me quedé tranquilo. Y me pasaba las noches venga a darle vueltas a la rubia, y venga a darle vueltas… Y sin poder pegar ojo. Así que el miércoles me harté de estarme comiendo el tarro yo sólo y me acerqué al Guirney a ver.

Y allí estaba la tía.

Lo mismo del otro día. Paro. Se sube. Le ofrezco un cigarro y tal. Lo coge. Y yo le pregunto: “Muchacha, ¿qué haces tú aquí tú sola a estas horas, con todo lo que está pasando por ahí, es que no ves la tele?”. Y me sale con estas: “No, no puedo ver la tele. ¿No ves que soy un fantasma? ¿Tú es que no has oído hablar de la rubia que hay por la noche haciendo autoestop en las curvas y que siempre se les aparecen a los hombres que van solos, y que en cada pueblo hay una?”. “Sí”, le dije yo, anonadado. “Pues”, siguió ella diciéndome, “yo soy esa. A mí es que me ha tocao la zona esta”. Yo estaba flipando. Y eso que no me había bebió ni una birra ni ná. La tía olía a colonia cara y tó. Y yo, por seguir dándole conversación, le pregunté: “Y, ¿eres feliz así, asustando a la gente?”. Pero esta vez no me respondió. Se quedó como riéndose, así, un poco. Y se fue desapareciendo despaciiiiiiico, despacico. Joer, se me puso la piel de gallina y tó. Pero no era miedo, eh, era más bien una mezcla extraña de cosas.

Estuve dos o tres semanas pasándome de vez en cuando a ver, pero sin éxito. Se conoce que le había sentao mal la pregunta o algo.

Y, pasao el tiempo, cuando ya la tenía olvidá, una noche que venía también solo de un festival que nos habíamos montao en la costa los colegas que somos, ahí estaba otra vez. Paro. Sube. Se fuma tres cigarros. Y entonces parece que empezó a coger confianza, porque se quedó el paquete entero y se puso a rebuscar entre las cintas para ver si había alguna que le gustara. Y al final puso una de los Chunguitos. Antigua. Y la puso a toda hostia. Al nueve.

Yo tuve una idea y paré el coche en un lao, antes de que fuera a desaparecer otra vez. Y le dije: “El otro día te pregunté una cosa y no me respondistes”. “Ya me acuerdo, ya. Pero es que esa pregunta resulta que no es fácil de contestar… Y menos para un fantasma. Por ejemplo, deja que te la haga yo a tí. ¿Tú eres feliz?”. “¿Yo?. Según se mire”. “¿Has visto?”. Joer, la tía era lista, encima.

Y yo entonces me hice el ánimo y empecé a meter la pata. Bostecé, y al ir a estirar los brazos, uno se me quedó en el respaldo de su asiento, y después se fue cayendo, poco a poco, hasta que le toqué el hombro.

Y la rubia, al notar aquello, se disparó: “¿Qué sabes tú de mí?”. Yo digo: “¿Yo?”. “¡Nada! Pues entonces, ¿porqué quieres mantener una relación sexual conmigo? Todos los tíos sois iguales, madre mía. Os creéis que las mujeres no necesitamos cariño. Que somos como muñecas hinchables sin sentimientos. Arranca el coche, que nos vamos…”. Y, claro, se puso como se puso, que no tuve más remedio que hacerle caso. Y al llegar a donde siempre, pum, desapareció dejándome circunflejo. Después paré en ca Luis y me puse a reflexionar mientras me comía unos churros.

“Menudo asco de fantasma de tía. De ésta no vas a sacar ná. Sólo vas a sacar mareos. Roberto, tú has estao otras veces con tías que van de listas y ya ves cómo has terminao. Hazte caso, pasa de la fantasma ésa. Además, tampoco era gran cosa tampoco. Tenía las teticas justiiiiiiicas, justicas. Y hablaba con frenillo, y estaba bizca y tó”.

Así que la dejé estar y lo peor no fue eso, lo peor fue que, para entrar al pueblo, ahora tenía que dar la vuelta entera por Monóvar, con tal de no tocar el Guirney. Pero, bueno, todo tiene un precio.

Fueron pasando los meses y una noche, sin darme cuenta, volví a pasarme por la curvica del Guirney. Pero esta vez no venía yo sólo en el coche, porque detrás iba durmiendo una novia que me había echao.

Y, cuando me quise dar cuenta, allí la tenía. La cabrona me estaba sonriendo y saludando así, con la mano, como que parara, que parara. Sí, ¡los cojones!. ¡Los cojones iba a parar! ¡Ya tenía yo bastante con una! “Además, si sube la pesá esta es capaz de ponerme a Chunguitos a toda hostia y despertarme a la otra. Quita, quita. Que con el genio que tiene ésta también…”.

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