la humillación, fragmento de la novela de Antonio Peñalver

La humillación (fragmento -comienzo-)

¿Han leído a Kafka? ¿Sí? Pues entonces lamento comunicarles que son ustedes unos hijos de puta.
Lo siento. Pero Franz Kafka no quería que nadie leyera sus libros. En vida, aunque logró publicar algún relato y alguna de sus novelas más emblemáticas, como La Metamorfosis, nadie le hizo el más mínimo caso. El gran escritor judío, medía 1,82 cm, murió tuberculoso y triste. Max Brod era su amigo y la única persona, aparte de su hermana Ottla, que le acompañaba en su cama del hospital, donde esperaban pacientes el inminente momento final.
Los dos conocían el inconmensurable tamaño del talento del moribundo; pero no pudieron hacer nada para evitar esta situación. O mejor, si bien es cierto que hicieron todo lo que estaba en sus manos, no fue suficiente.
Kafka le pidió a su amigo que, por favor, como último gran favor, cuando se muriera, que fuera a su casa y que quemara todo lo que tenía escrito. ¿Lo vas a hacer, Max?. Tenlo por seguro; intenta tomar algo de caldo, te reconfortará. No puedo.
Murió aquella misma noche, mientras dormía.
Su amigo, contraviniendo sus deseos, se armó de valentía y comenzó a editar toda la obra de su amigo, tanto la que ya había publicado en vida sin éxito, como aquellos libros como El Proceso o El Castillo, que estaban inéditos. Y consiguió hacerse millonario y convertirse en un editor afamado y respetado por todos. Pero su amigo no era eso lo que quería. Su amigo no quería compartir su talento con todos aquellos que le habían humillado en vida abiertamente.
No fue así. Muy al contrario, ahora no hay universidad de letras en el mundo que no tenga su capullo experto kafkiano, los periodistas culturales saben que su foto es garantía de que todo lo que se publique sobre él tendrá muchos más impactos que el resto de publicaciones.
Para colmo de vergüenzas, el estado de Israel anda litigando con los herederos del escritor la propiedad de sus manuscritos. Herederos del escritor que legítimamente no lo son, pues no son más que las hijas de la secretaria del amigo traidor, Esther Hoffe.
Este espectáculo podría haberse evitado si su amigo hubiera cumplido con su promesa. Pero no lo hizo.
Si su amigo hubiera hecho una gran hoguera con los tacos de folios manuscritos y mecanografiados que se amontonaban en su habitación de Praga, Gabriel García Márquez jamás hubiera leído aquella copia amarilla de La Metamorfosis que le pasó un compañero de la pensión de Bogotá en la que residía mientras estudiaba Derecho.
El escritor colombiano se había pasado la vida leyendo, pero no vio la luz hasta que no escuchó confesar a Gregor Samsa sospechar que se había convertido en insecto.
Aquella luz le alumbró para escribir Cien Años de Soledad. Y poco le importaba la carestía de su familia mientras lo hacía. Porque él sabía que aquel y no otro era el camino y había que seguirlo o morir.

Catorce años más tarde yo vi esa luz.
En mi casa nadie leía jamás. Por las vitrinas sólo estaba la Enciclopedia Ilustrada Sopena y los premios Planeta y Ateneo de Sevilla que se pagaron a cómodos plazos pero que nunca se abrieron. El comercial pidió permiso al jefe de su fábrica y después de una jornada los reunió a todos y les dijo: “El saber no ocupa lugar. Por lo que cuesta un café al día, pueden tener estas joyas de la literatura en sus casas”. Y a mi padre debió convencerle el argumento. Recuerdo que lo intenté una vez, busqué en el segundo tomo de la enciclopedia la palabra barrio, y, como cuando leí lo que ponía y no encontré a mi barrio por ningún lado, lo dejé estar.
En cambio en casa de mis vecinos de puerta sí que tenían la costumbre de leer. Estaban apuntados al Círculo de Lectores y cada mes recibían una revista con las novedades literarias, ediciones de los clásicos y hasta discos. A los pocos días después de dejar la revista el agente regresaba para tomar nota del pedido y entonces llegaba por correo.
Un día una de las hijas de mi vecina me vio mirando los libros de su casa y me puso uno en las manos.
– Toma, léete este.
– Gracias.
Era los Cien Años de Soledad. Aquello era hipnótico. Yo recuerdo que hacía los deberes en el mueble bar del armario del salón en el que estaba la tele. La portezuela se abría y me hacía de mesita. Como la tele estaba justo a mi lado y solía estar encendida, yo no tenía más remedio que ponerme los auriculares con música para estudiar. Y entonces, conforme iba adentrándome en aquel libro sudamericano, sentí la necesidad de ir escudriñándolo y fui anotando en papelitos que todavía conservo las frases que me llamaban la atención y las palabras que desconocía, anotándolas después con su significado. Yo quería que aquél y no otro fuera mi oficio. Y estaba seguro que lo conseguiría al final. Costara lo que costara.

Descubrí que tenía talento para escribir en la escuela, cuando, sin copiarme de nada escribí un relato ambientado como en los años 50, narrado por un adolescente que contaba en primera persona una serie de rifirrafes que sucedían en el Casino de su pueblo durante las fiestas patronales. A mi profesor de lengua le llamó la atención y me hizo leerlo delante de la clase. Todos aplaudieron y entonces vi que ahí había algo.
No es que me gustara que me aplaudieran, más bien al contrario, me espantaba; pero la sensación de tener una habilidad especial me hacía sentir bien.
Al poco tiempo, y a instancias del mismo profesor al que llamábamos Barbarroja y que tenía una forma muy particular de hacernos ver los libros, como fruto del ingenio de sus escritores y no como piezas de liturgia, me presenté a un concurso provincial de relatos cortos organizado por la Caja de Ahorros del Mediterráneo y gané el primer premio. Recuerdo que también tuve que leer el cuento delante del todo el mundo, y que mi timidez procuró que muchas palabras se perdieran entre tartamudeos y saltos de línea inapropiados.
Creo recordar que el premio era de diez mil pesetas que se quedaron mis padres para mi sorpresa. Aunque, eso sí, me dejaron que me comprara un walkman Sony con parte del dinero del premio, lo que me suavizó el enfado.
También recuerdo que, a pesar del nombre, aquel walkman no cumplía muy bien con su función, pues a cada paso que dabas la cinta casete temblaba y la música saltaba. Así es que había que escuchar las cintas sentado. Bueno, la radio sí que podía escucharse andando; a veces me ponía a darle vueltas a la mesa del comedor mientras escuchaba la emisora local hasta que me cansaba y me iba a ver la tele.
Ya no volví a tener la necesidad de escribir hasta que no cumplí veinte años. Por aquel entonces ya estaba viviendo en Madrid como estudiante universitario.
Yo quería estudiar periodismo, pero como si quería beca me tocaba hacerlo en la Universidad Autónoma de Barcelona, en catalán, y en el pueblo en el que nací éramos castellanoparlantes, tuve que hacer una pequeña triquiñuela para irme a Madrid, que consistía en escoger una carrera troncal a Periodismo, que era Imagen y Sonido, que aquél entonces era la única facultad pública de España que la ofrecía, con la idea de pasarme en segundo curso a Periodismo, convalidando incluso alguna asignatura. La facultad era un horrible edificio de cemento gris vista , que por lo que contaban, originalmente eran los planos de una prisión de mujeres, lo que no me extrañaría que fuera cierto.
No me extraña que Amenábar se aprovechara de lo siniestro de sus instalaciones para convertir aquel edificio en un personaje más de su primera y, en mi opinión más redonda peli, Tesis.
Amenábar era de mi promoción, aunque no coincidíamos porque él iba al turno de tarde. Hay una historia sobre este director y la carrera que quizá no sepan y que resulta curiosa y ejemplarizante. Por lo visto no llegó a licenciarse a falta de una asignatura, precisamente realización audiovisual. Esto son cosas que pasan. Lo que no pasa en ningún otro lugar del mundo es que, después de hacerse famoso, los profesores de dicha asignatura le dedicasen un trimestre a analizar sus pelis y luego lo invitasen a que diera una conferencia. De flipar.

Fragmento de la novela ‘La Humillación’

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