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La Naranja Verde (cuento)

No sabría cómo empezar a contártelo todo, Diego. Porque son muchas cosas juntas. Muchas. Está lo de tu coche, lo de la amiga de mi novia que fuimos a visitar, lo de la otra amiga, la que vivía en Londres y que vino a visitarnos, el toro que entró en el bar y aquella naranja verde que todavía conservo.

No sé si tú te acuerdas, Diego, pero la última noche que condujiste tu famoso cuatroele iba yo sentado atrás. ¿Te acuerdas ya? Estuvimos bebiendo y hablando de cine hasta que se acabó la Mahou en Arganda. Después vino uno que dijo nosequé de ir a comer bakalao a la costa de Alcorcón y tal, y yo contesté que no y cual. Primera mentira. Entonces os comenté que no os preocuparais por mí, que me quedaba a sobar en casa de una coleguita y, ya de paso, a ver si se dejaba sobar un poco. Segunda mentira pues. Ya que lo que de verdad hice fue esconderme en un portal cercano a tu casa y esperar allí escondido a que tú volvieras de marcha para hacerme con tu carro, colega.

Es fácil. Sólo tienes que quitarle la goma negra que protege el cristal del canto de la ventana, y después, con cualquier palo o hierrecico, colarlo por la ranura hasta que des con el cable del cierre; lo presionas y la puerta se abre sola. Lo del puente está más entretenido y largo de contar.

Con tu coche estuve andando por Madrid una semana o por ahí: lo justo para arreglar los papeles del despido y encontrar un nuevo inquilino para mi habitación. Cargué los muebles, los pocos muebles que me servían, algunos libros y utensilios de cocina, y me bajé para Elda. Allí escribí la novela que leíste y que no tuvo suerte, y también perdí unos amigos y, para compensar, supongo, me hice una novia pelirroja que todavía conservo.

Mi novia es como nosotros: nunca se mete los faldones de la camisa por dentro del pantalón, tiene una carreta inútil y todavía vive en casa de sus viejos. Nos solemos turnar para conducir tu cuatrolatas cuando hacemos viajes, porque por el pueblo siempre conduce ella, que tiene carnet.

La suerte que hemos tenido es que no nos hayan parao nunca.

Te cuento todo esto para que veas que te soy sincero, Diego. Y también tengo que confesarte, antes de que te hagas ilusiones, que ya no lo tenemos. No.

El último día que estuvimos disfrutando de él fue casi al final de este verano pasado. Una colega de mi novia que está buscándose la vida en Londres y que se ha casao con un polaco pero que ya no viven juntos, aunque él se ha quedado viviendo en la casa que les regaló el gobierno británico, el caso es que, como cada verano, vino a visitar a su familia y a sus «cada vez menos» amigos, entre las que se encontraban dos compis de piso y de carrera y tal. Ua de ellas ( otra vez ) era mi novia, y a la otra había que irla a buscar a su pueblo. Por supuesto, con tu coche.

Por el camino me pude enterar de varias cosas. Al parecer la tercera de las amigas había estado un tiempo tonteando con la heroína, «pero ya hacer dos años que lo dejó».

Oye, por cierto, ¿tu coche era un cuatrolatas o un Diane 6…?

Bueno, da igual, el caso es que nada más llegar a la casa de la tercera en cuestión, ésta nos esperaba en su portal y vino a recibirnos con un: «Llévame a Valencia. Es un momento. Que tengo que ver a un tipo que me debe un dinero. Son veinte minutos, cari. Para la cena ya estamos aquí. Mi madre ha estao tol santo día preparando nosequé… Acércame a Valencia en un tris, anda». Pero mi novia, que acababa de aparcar el…, perdón, tu coche, le dijo que nanai, que había que esperar que el motor se enfriara o yo qué sé qué rollo que le metió. Y la colega no se daba por vencida y estuvo dándonos la tabarra hasta que llegamos a un bar y nos sentamos. Fue entonces cuando me percaté de las marcas de los brazos, una verdadera procesión de cicatrices.

Como eran fiestas en el pueblo y el toro suelen correrlo suelto por las calles, en los bares suelen poner unas barras de hierro verticalmente, dejando el hueco justo para que pase una persona. Yo tuve que hacer virguerías para no dejarme la barriga afuera.

Una vez dentro, al calor de las cervezas, las tres Marías se pusieron a hablar de sus cosas. Al parecer, por lo que contó, la amiga londinense había estado un año becada en Ucrania, se había enamorado del hijo de un ministro y había llegado a patinar por encima del mar, que estaba congelado hasta el horizonte. Luego vino el turno de la anfitriona, que no quiso ser menos y se dispuso a contarnos con pelos y señales el trozo de Camino de Santiago que acababa de patearse. Y nos recomendó, «si algún día os animais a hacerlo», que no nos lleváramos más de diez kilos en la mochila; y que la experiencia valía la pena, porque a ella se habían llenado los pies de juanetes, el culo de almorranas y el alma de espiritualidad. Cuando le preguntaron a mi novia sobre lo que había estado haciendo este último año, mi novia me señaló a mí y cambió el tema de conversación.

Yo, de vez en cuando, veía que los mozos subían y bajaban la calle gritando y corriendo delante y detrás del bicharraco negro de los quinientos kilos mínimo. Y así hasta que por fin se ve que se cansaron y encerraron al toro en el corral. Total, que el dueño del bar quitó las barras de hierro de la puerta y se volvió a meter en la barra. Y éstas tres seguían dándole que te pego a la lengua hablando, creo, de un novio rubio muy guapo y simpático que compartieron las tres en sus años mozos.

En ésas estaban cuando miré a la puerta y lo vi. Allí estaba. Con medio cuerpo dentro del bar y el otro fuera. Tranquilo. Como si tuviera hambre y hubiera entrado allí atraído por el olor de las tapas que había sobre la barra. Era algo tan extraordinario que no supe reaccionar hasta pasado un rato. ¿Cómo era posible que el toro estuviera solo por allí, tan campante? De golpe me vino la euforia y señalé hacia la puerta para que las tres amigas, que en ese preciso instante estaban comentando lo delgadas que se habían quedado dos de ellas, vieran lo que estaba pasando. «¡¡Argh!!», pegaron un salto que ni el Cordobés en sus mejores tiempos y fuimos todos a parar al servicio de señoras, donde pasamos el pestillo y nos pusimos a rezar lo poco que logramos recordar de la comunión…

Al poco de estar allí escuchamos una especie de petardazos y aplausos. No entendíamos qué podía estar pasando allí fuera, así que asomamos el morro para encontrarnos con la siguiente escena: Un vecino blandía una escopeta todavía humeante, aunque quizá, ahora que lo pienso, el humo podría provenir del enorme y creciente charco de sangre del animal ( el de los cuernos, se entiende ) ( …bueno, quiero decir el toro, vamos ). Era tanta la sangre que no pudimos evitar salpicarnos los camales al salir.

De camino a casa para cenar, la anfitriona sacó de nuevo el tema de la bajada a Valencia. Yo abrí la boca y no tardé en arrepentirme. Dije que mi coche… necesitaba descansar. Y entonces ella me miró. Fue sólo una mirada. No dijo nada. Pero yo enseguida entendí que no llegaría a ser el segundo novio que las tres amigas compartirían.

Luego vino la cena. Abrimos la botella de vino caro-que-parecía-barato que habíamos traído, y la madre llenó la mesa de manjares que nos hicieron olvidar al segundo bocado todo el mal trago que habíamos pasado con el dichoso toro hambriento. Y después vino el padre a darnos el postre. No parecía mala persona el hombre, no. Pero tampoco podíamos decir que fuera especialmente considerado con la visita. Ya que en una hora y media aproximadamente intentó hacer un compendio de toda su sabiduría huertana. Que si había tres clases de venenos, el A, el B y el C, que si las primeras frutas de la temporada solían ser las peores y las más caras, y que, «curiosidades de la vida», cuando más apetitosa es cuando está más tirada de precio y «no vale la pena ni de recogerla vale la pena». Y, que no se me olvide, también habló de las naranjas, que ahora, como todo el mundo va a por la novedad, tenían que cogerla verde como estaba. «Y luego se hinchan a echarles de tó pa que cojan su color normal». Pero fue abrir el melón y empezar su hija a sentirse mal. Le dieron arcadas y se levantó de la mesa un par de veces, la primera para ponerse un jersey, y la siguiente directamente el pijama y se metió en la cama de cabeza. Su madre ni siquiera le preguntó que qué era lo que le pasaba. Se limitaba a mirarla con cara de perro mientras quitaba la mesa. Y nosotros, en vista del panorama, decidimos tomarnos el café y pirarnos de allí con la primera excusa que se nos ocurriera. No sé, por ejemplooo… no sé, ahora mismo no me acuerdo la excusa que dimos, lo que sí que sé es que los padres de la anfitriona la cogieron de buen grado.

Lo peor empezó cuando mi novia y su amiga la londinense del exmarido polaco y el novio hijo de ministro ucraniano bajaron a despedirse de la enferma. Y, mira, aquella que oye que nos íbamos a ir y que íbamos a pasar por Valencia. Quisiera que la vieras. Estaba temblando y sudando. se desnudó de un salto. Y no le importó que yo estuviera delante. Tenía que vestirse, fuera como fuera, y tenía que ir esa noche a Valencia sea como sea. La columna vertebral a flor de piel. Una anciana de treinta años. No había duda. Mi novia y su otra amiga se miraron y decidieron largarse de allí cuanto antes. Salimos disparados hacia el coche. Nos metimos dentro y  cerramos los seguros. La yonqui golpeaba los cristales y, sin poder evitar gritar como una macarra, no paraba de repetir «que tenéis que llevarme a Valencia . No seas así, tía. No me trates como si fuera una cría, tía». Y el coche que no arrancaba ni a la de tres. Así que me tuve que bajar yo y ponerme a empujar. Tampoco. El padre huertano miraba la escena desde la ventana . La madre, supongo, estaría lavando los platos. Mi novia manejaba el volante y evitaba en todo momento mirar a su amiga a los ojos. La otra chavalita lloraba directamente. También había algunos vecinos que miraban. Y, al final, después de acompañarnos, descalza como iba, durante un par de calles, después se dio por vencida y regresó a su casa. Nos despidió con insultos. Y el coche no arrancaba, no. Con el punto muerto salimos del pueblo y llegamos a un huerto de las afueras donde nos encerramos en el cuatrolatas a esperar que amaneciera. Asustados. Sin saber muy bien si habíamos sido cobardes o justos. Se quedaron dormidas. O medio dormidas. Yo no pude cerrar los ojos y dejar de mirar a todos los lados.  Cada media hora intentábamos hacer arrancar el motor, con el resultado de tener que dejarlo allí enmedio del huerto de naranjas. Amaneció violeta, salimos, dejamos el coche bien cerrado y cogimos la carretera en dirección al pueblo más cercano.

Alejándonos de allí aproveché que los naranjos sacaban ramas a la altura del arcén y cogí una pequeña naranja, todavía verde. Me la guardé, no sé muy bien porqué, en el bolsillo de mi camisa.

Hacía frío y los perros ladraban a lo lejos.

No sé el nombre del maldito pueblo. pero estoy seguro que tu coche ( ¿al final era un Diane? ) seguirá por allí aparcado. Rodeado de naranjas que sí deben estar ya casi amarillas.

Lo siento, Diego. pero tenía que contártelo. De verdad.

Relato publicado en la revista La Más Bella, Arganda del Rey, Madrid

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