la servilleta Sony, un relato de Antonio Peñalver

La servilleta Sony (relato)

Llevo tiempo obsesionado con la narrativa de los sueños. Y no me refiero a la interpretación de su simbología: Si sueñas con pájaros tendrás buena suerte, si aparece gente muerta, cuida tu salud, y todo eso. Más que nada porque sé que, sueñe lo que sueñe, el malfario lo tengo asegurado.
Bien. Aclarado este punto, continúo con lo que intentaba explicar.
Desde hace meses, cuando me despierto y tengo todavía fresco el recuerdo de lo último que he soñado, al contrario que antes, que lo dejaba borrarse al enfrentarme a la rutina de la vida, últimamente me paro a reconstruir lo sucedido. No por gusto. Sino por simple curiosidad de guionista desempleado.
¿Qué lógica tienen las situaciones? ¿Pertenecen todos los sueños a un mismo sueño que continúa noche tras noche? ¿Somos siempre nosotros los protagonistas o en ocasiones simplemente observamos lo que ocurre? ¿Somos actantes o víctimas?
Hasta donde llego, tengo entendido que los sueños son una función de nuestro cerebro para poner un poco de orden en el caos de nuestro pensamiento más simple y profundo. Aunque, modestamente, creo que los científicos se olvidan de algo: Soñamos por no morir.
Me explico.
En plena fase REM, cuando nuestro cuerpo practicamente está muerto, nuestro cerebro, para no sucumbir en el desfallecimiento total, se ve obligado a continuar funcionando al reprís; pues necesita que el corazón, el hígado y toda la molleja siga su baile.
Les voy a explicar, si tienen un minuto más, en que baso mi teoría.

La noche del domingo al lunes amanecí con un recuerdo más o menos claro de mi último sueño.
Yo estaba en el patio cubierto de un restaurante de precio medio. No me pregunten cómo había llegado hasta allí. Tenían la mayoría de las mesas deshabilitadas para el servicio y sólo estaban montadas tres o cuatro mesas pequeñas en la parte más cercana al ventanal. Separadas precavidamente entre ellas.
La dueña del restaurante, una tía de mi edad, guapa y cansada, reflexionaba a voz viva si montar el resto de las mesas del patio. El patio era grande, eran muchas las mesas, aunque no se veía cuántas porque al fondo estaba oscuro, pero se adivinaba que allí podría celebrar el bautizo de su hija un traficante o un concejal sin riesgo a quedar mal.
Ahora permítanme que les hable de mí de nuevo. No es que tenga un especial interés en hacerlo, pues no pretendo ampliar mi círculo lector ni de amistades, pero es que es necesario. Yo siempre he sido proclive a ayudar a los demás. Pero esto no es algo bueno de por sí, aunque pueda parecerlo.
A ver.
Cuando alguien recibe la ayuda de alguien, se establece una deuda. Y esto incomoda. ¿Lo sabían, verdad?
Por eso la gente de dinero, aunque no lo necesita, reciben continuamente favores de todo el mundo. Porque la gente no les está realmente ayudando, sino invirtiendo en ellos. ¿Van entendiendo?
Pero en cambio en mí nace algo que no puedo controlar y es casi institivo que me lance a echar una mano a quien sea, me lo pidan o no.
Y por eso fue que me ofrecí a comenzar a montar el resto de mesas del patio de aquel restaurante en las afueras que, aunque tenía el fondo oscuro, se adivinaba pulcro y otrora afamado.
Comencé a bajar las sillas y le pregunté a la rubia teñida y triste que dónde estaban los platos.
La dueña, no sé cómo explicarlo, tenía el aspecto de llevar los últimos treinta años pendiente del negocio más que de otra cosa.
De esa gente que sabes que, por un camino o por el otro, al final llegarán a alcanzar para pagar las nóminas, los seguros, el alquiler y todo el resto de mierdas.
Dudó al principio, pero enseguida me indicó que ella me los traería, que pusiera uno delante de cada silla y que, como las mesas eran de ochenta, que los fuera alterando con los asientos de enfrente, para que no se estorbaran unos con otros.
Efectivamente, al instante apareción con una pila de platos que tenían el logo del negocio serigrafiado. Y comenzó a poner los primeros para que me sirviera de patrón.
Trajo las cestas de pan y luego vino con una bandeja repleta de servilletas de tela recién llegadas de la lavandería.
Y aquí viene la clave de todo:
Cuando comenzó a mostrar cómo debía de plegar las servilletas es cuando cogí en un renuncio a mi puto cerebro reptil. Dejándolo en pelotas.
Resulta que despliega la servilleta, dejando la parte de la costura hacia abajo. Y al comenzar a doblarla, me explica la tía:
– Ahora te voy a explicar cómo hay que doblar la servilleta Sony.

«La servilleta Sony», ¡no me jodas la servilleta Sony!
Aquella actriz secundaria de mi último sueño de la noche que va del domingo al lunes acababa de soltarse una morcilla en mi cara digna de una actriz de una pequeña compañía teatral de las que representa fragmentos del barroco español por aldeas repletas de analfabetos hambrientos posguerriles.
La servilleta Sony, me dice.

En ese momento entendí perfectamente que nuestras cabezas montan los sueños como sin ganas, como quien hace horas extra sabiendo que no sólo no se las van a pagar, sino que si se niega pierde el trabajo.

La servilleta Sony.

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