las historias crecen mientras dormimos, un relato de Antonio Peñalver

Las historias crecen mientras dormimos (relato)

Soy un hombre equilibrado, llevo una vida rutinaria y sin sobresaltos. Todo lo que ha alterado mi realidad ha sido apartado de manera cautelosa y tajante por mi parte. En ocasiones, lo sé, este hecho ha provocado la desgracia de quiénes me rodean. Pero, como dije antes, soy un hombre equilibrado, lo que no significa que sea bueno.

Desde que tuve el accidente apenas salgo de la cama para hacer mis necesidades y quizá a a dar un paseo por la casa para ver que todo sigue en orden. Repasar que la chica no ha robado nada, que Claudio sigue vivo, que las plantas del balcón no se han secaco o podrido por sobrerriego.

Lo tengo todo allí.

Ahora, eso sí, duermo y como lo preciso. Nunca me he dejado llevar por las circunstancias, y ahora, todavía menos. Me envían la dieta desde la clínica cada quincena en base a los resultados que van dando los análisis. Ahora, por ejemplo, he notado que han limitado la carne a algo de pechuga de pavo embutida para los almuerzos. Bien. Quiero seguir vivo mucho tiempo. Al menos hasta que pueda acabar la novela.

No quiero hacerles espoilers, como se dice ahora, pero la novela va sobre mi vida.

Qué interesante, sé que pensarán. Y ¿quién es el imbécil este?

Pues, para empezar, no estoy. No al menos en la realidad tal y como la puede entender cualquiera de ustedes. Simplemente me hago cada noche, a cada sueño voy añadiendo detalles. Y luego lo escribo. Sin prisa.

Me han dado unos seis meses de vida. Pero son suficientes. Más que suficientes.

El dinero no me faltará durante este tiempo. Ni le faltará a mi familia después. Lo saben. Y este es uno de los motivos por los que no me molestan desde hace meses.

Ayer, por ejemplo, me acerqué tanto a la fuente que pude descubrir que dentro quedaban restos de sangre entre los charcos de agua. Supe enseguida de quién era. Y entendí porqué había decidido morir allí y no en otro lugar.

Todo se mezcla cada noche, pero la historia se va construyendo sola. Es como el poso que dejan las bolsitas de té en el agua tibia. Apenas se percibe, pero se nota el color suave, y el sabor.

Yo la conocí cuando apenas éramos chiquillos. Prácticamente éramos los dos únicos niños de la calle y coincidíamos tanto que fue imposible evitar que nos acabáramos haciendo amigos. Luego llegó todo lo demás, pero más como fruto de la costumbre que como consecuencia de un acto forzado.

Se llamaba Ana, y yo la maté. A petición suya.

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