magdeleine, relato de Antonio Peñalver

Magdeleine (relato)

Ante todo aclararles que soy una persona normal, si es que eso existe, vamos.

Con lo de normal me refiero a que tengo la suficiente entereza como para torear mis locuras cotidianas y procuro alimentarme de manera equilibrada. Tengo las manías que tendría cualquiera, pero procuro esconderlas en la galantería de mi trato con el resto de especímenes humanos con los que me toca convivir.

Aclarado esto, comienzo con mi historia.

Vivo solo desde el año 2013 y desde que leí un resumen del libro de Jerry Mander Cuatro buenas razones para eliminar la televisión, no uso la televisión. De hecho, hace ya más de cinco años que la cubrí con un cubremanteles de ganchillo que tejió mi difunta madre antes de que le comenzara a fallar la vista. De hecho, los adornos que tiene, que son una mezcla entre cervatillos y azucenas, fueron una llamada de atención sobre su problema de cataratas.

Pero no me quiero entretener en detalles insignificantes, porque lo que les voy a contar tiene la importancia que tienen las grandes historias y a buen seguro que cuando terminen de leerlo comprobarán satisfechos que ha valido la pena invertir un poco de su valioso tiempo confinado en ella.

Bien.

No digo que a diario, pero sí al menos una vez cada cuatro o cinco días me conecto a las lecturas de poesía de una señora que creo que es francesa, pero una gran amante de la lengua española. Pero, como ocurre muchas veces en la cama, el ser una amante ferviente no se traduce en que lo sea ni mínimamente válida. Me explico. Apenas habla español. Y lee como una niña de cuatro años borracha de colonia de lavanda de Deliplus. En resumidas cuentas, no se le entiende ni papa. En ocasiones juraría que está leyendo a Lorca, pero luego me da la impresión de que es Machado. Pero a ella le da igual. Se atusa el pelo, pasa de página, y a por otra.

Dependiendo de cómo me ha ido el día, hay noches que me río de ella y otras lloro a moco tendido. Siempre emite en directo a las nueve y veinte. Está una hora recitando y luego se despide chapurreando las buenas noches y apaga su cámara.

Rara es la vez que hay alguien más que yo viéndola en directo. Si por casualidad en alguna ocasión entra alguien, no tarda ni cuatro versos en salir espantado.

Al final, no se vayan a creer, le he cogido cariño y la dejo de fondo mientras hago otros menesteres. No me molesta.

Pero ayer me sorprendió. Detuvo su lectura y me miró a los ojos. Se quitó sus pequeñas gafas y las dejó colgando del hilo que bordeaba su frágil y angosto cuello setentero y gabacho.

Me  dijo:

– ¿Pogqué te guies dej mí, ejpañol de miegda?

– Señora, disculpe. Me reía al principio. Pero ya no.

– ¿No? ¡Mirag! – me dijo levantándose la parte alta del pijama y mostrándome un torso repleto de cicatrices, repleto de bultos amorfos y de colores que iban del morado pálido al rojo carmesí:- Siendo nigña, mientraj llevaba alimentojs a la resistenciaj, me atropeglló un tanjque nazi. Y aquij estoy. ¿Creesj que le voy a tenej miego a un espanolglo de miegda? ¡Dime!

– Madeilene -miré su nombre- creo que se confunde conmigo. Llevo meses escuchándole recitar y me agrada. Aunque creo, si me permite, creo que debería de asistir a clases de español.

– ¿Clasegs de espagnol? ¡Mira! – y tras decir esto se puso de pie, y, después de volverse, se bajó el pantalón del pijama con estampados de estrellas, mostrándome un trasero absolutamente cuarteado, cual los abdominales de Leticia Sabater- En la bogda de mi hermagna, mientras baiglaba, tropecéj con un camaregro y caí de culo encigma de la barbajcoa. ¿Ves el resuljtado, capujllo? Llevo mediaj vida sentándome encigma de esta hamburjesa medio crujda… ¿Creesjjj que voy a tenegle miedo a que un espagnol de mierjda me diga que no se hablarj españolj? ¡¡Dime!!

– No, no. Perdone si le he ofendido, pero no era mi intención, en serio. Me gusta la poesía. Respeto mucho a la gente que ama la cultura.

– ¡Tú jestpetas una miegda¿ ¡Mira esto! – dijo volviéndose a sentar y subiendo un pie a la altura del ordenador, después de descalcetinarlo pausada y elegantemente, para dejar a la vista un pie muñido, en el que todos los dedos se amontonaban retorcidos, cual colonos norteamericanos ante un ataque comanche en plena noche- ¡Mira! ¡Siendoj adolescente me secuejtraron dugante una ejcursión escolar unos mafiosojs japonegses y estujve cuatro megses trabajando de jeisa! ¡Mira que piegs me dejaron, hijo de pugta egpañol!

– Lo siento mucho, de verdad, pero yo no tengo la culpa.

– ¡Sí! ¡Sig! ¡Sij! ¡Claro que la tiegnes! ¿Pogque en veg de decirme: «¿Quiegre que le ensejne espajnol?» se rieg de mi pegsona…

– ¿…Quiere que le enseñe español…?

– ¡Quiego que me ensejnes el culo!

– ¿El culo? ¿Mi culo?

– Tú has visto el ojchetaytrejs pog ciento de mi cuejpo… Segría justo que tú me ensejnaras un cinco pog cien.

– …

– … ¿Uhm…?

– Creo que voy a cortar.

– ¡Espejra! ¡Ejpanol magicón!

Tuve que cortar mi conexión a duras penas, pues la visión del cuerpo desnudo de aquella señora francesa tan maltrecha por la vida y protagonista de alguno de los momentos más intensos del siglo XX me impedía ser dueño de mis actos.

Aún así, bajada la pantalla de mi HP Travelmate 630 BX con 4 Gb de RAM, procesador i3 y disco duro sólido de 128 GB, que con el formateo se quedan en poco más de cien gigas útiles, permanecí unos cinco minutos con la mirada perdida. Sin pensar en nada.

Al rato parpadeé entre lágrimas y me reincorporé para ir a la cocina para hacer una llamada a Telepizza. Sí. Sé que podría haber llamado perfectamente desde el comedor, pero, como les comenté al principio, soy una persona ordenada y lucho a diario por huir de mi locura, y, entre otras rutinas, siempre llamo desde la cocina cuando encargo una pizza.

Tiene su lógica, ¿no?

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