Mi gato juan-fragmento novela La humillación

Mi gato Juan ( fragmento)

 

 

Lo que más me costó sacar del piso cuando lo vacié para trasladarme a La Rioja fue a mi gato. Digo mi gato porque fui yo el que lo traje a casa y porque llevaba un año viviendo solo conmigo, pero el hijo de puta siempre estuvo y está perdidamente enamorado de mi ex.
¿Cómo metes a un gato en una jaula enorme para gatos que has comprado en la sección de cosas de gatos del bazar chino? Por la portezuela. Parece fácil, ¿no?
Pues no. Porque a pesar de que el gato es un gato tranquilo aunque arisco y haber consultado distintos trucos en los foros de mascotas que hay por internet, puse en práctica el que me pareció más funcional y aspirante al éxito: comprar una barrita de golosinas para gatos y ponérsela al final de la jaula, con lo que el felino entraría en un santiamén y asunto zanjado.
Ahora bien, el que sea un gato tranquilo no significa que sea un gato tonto. La tarde anterior estuve haciendo algún ensayo y, ingenuo de mí, no pensé que aquel simulacro iba a traumatizarlo de la manera que lo hizo. Me explico. Abrí la bolsa de barritas de golosinas y le puse una en el hocico. Luego, golosina en mano, lo fui llevando hasta donde tenía la jaula y le señalé la puerta por dónde tenía que entrar. Ni caso. Entonces le tiré la golosina al interior de la jaula y sí. Vualá. Gato enjaulado.
Cerré la portezuela para comprobar que todo funcionaba correctamente y aquí cometí el primer gran fallo. Juan, que así estaba bautizado el gato, al verse encerrado en aquella caja de plástico llena de agujeros, comenzó a maullar como un poseso. Y, pues eso, le abrí la portezuela enseguida y escapó como alma que lleva el diablo de allí. No volví a verlo en el resto del día.
Yo tenía todo preparado en cajas en la entrada de casa. Algunos pequeños muebles y electrodomésticos ya los había enviado con una empresa de mudanzas que encontré más o menos barata. Mi plan era salir a las seis para poder llegar a Valencia a las ocho, recoger a una pareja del blablacar que iba hasta Zaragoza, y luego seguir hasta La Rioja. Me desperté, me duché, desayuné, y al ir a coger al gato para meterlo en la jaula, chuche en mano, descubrí que todavía estaba resentido por la encerrona de ayer.
Así es que le intenté calmar diciéndole que si se portaba bien y se metía en la jaula, pronto podría ver a sus dueñas, y especialmente a mi ex, a la que llevaba un año sin ver y con la que pronto podría continuar su idilio. No me hizo mucho caso. Le tendí una chuche y se la comió de un mordisco, pero cuando le eché la siguiente chuche en el fondo de la jaula me miró como diciendo: Métete tú ahí adentro, hijodeputa.
Venga, Juan, entra. Hay dos horas para llegar a Valencia y no sé cómo estará el tráfico.
Miau.
Toma, otra chuche. Ya hay dos chuches en la jaula. Menudo festín. Si te metes dentro te prometo un viaje repleto de chuches. Te lo juro.
Miau.
Entonces lo agarré del pescuezo, exactamente del pellejo del que les cogen sus madres para moverlos de sitio, y el puto gato se revolvió con tal saña que me arañó la mano haciéndome sangrar.
Aquello me picó, pero no sólo en la mano, sino en el orgullo.
Me puse a darle vueltas a ver cómo enclaustraría a aquel gato de dos kilos en aquel armatoste de plástico. Así es que al final me decidí a desmontarlo completamente para dejar solo la bandeja inferior, cubrirla con un trapo para que no lo reconociera y, poner una chuche encima. Así, cuando el gato viera la chuche encima del trapo y fuera a por ella, yo sólo tendría que estar atento y poner la parte superior de la jaula, cerrarla y arrear para el coche. La teoría parecía coherente.
Pero la práctica no lo fue tanto. El gato sospechaba ya de tanta golosina repentinamente y asoció de alguna manera aquel olor con la jaula. Por eso no se acercó a la camita-trampa ni por espejera. Nada.
Miré la hora y ya eran y media pasadas. Por eso lo volví a enganchar del pellejo del pescuezo y arramblé con él hasta donde estaba la cama con la chuche. Luego con la otra mano coloqué la tapa del transportín, y finalmente cerré la portezuela.
Me costó algún que otro arañacillo extra, pero el gato ya estaba encerrado.
Bajé las cosas al coche y finalmente al gato, que senté a mi lado para que no le resultara demasiado traumático el traslado. Teniendo en cuenta que el pobre jamás había salido de casa desde que lo trajimos de pequeño. Comenzó a maullar como nunca lo había escuchado hacerlo. De un modo gutural y profundo. El pobre tenía más miedo que Carracuca. Así es que le abrí un pequeño compartimento que tenía la jaula en la parte superior y por allí sacó la cabecica y entonces lo puede acariciar mientras le iba comentando cosas en un tono tranquilizador.
A los diez kilómetros aproximadamente ya se quedó callado y así siguió durante todo el camino.
Conozco gente que ha tenido o tiene gatos que les hacen amurracos. Pero este cabrón sólo venía a restregárseme en las piernas cuando tenía hambre. Pasados los años, cuando voy a recoger a mi hija para que pasar juntos unos días y lo vuelvo a ver. ¿Se creen que me hace algún mohín? ¡Ni de coña! Se me queda mirando dos segundos como diciendo: ¿Pero tú qué haces aquí, no te habías muerto? Y se pira.

Fragmento de la novela La Humillación. Disponible en Amazon: https://n9.cl/34zar

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