No se puede tener todo (relato)

Tengo una vecina arriba vivaracha. A las 9 de la mañana suele despertarse y poner la música alta y tararear las canciones. Tiene una memoria digna de elogio; aunque a veces se permita improvisar parte de las letras. Pero, vamos, los estribillos los clava ( casi siempre ).
Lo más curioso no es esto, lo más curioso es que cambia radicalmente de gustos, prácticamente de mes en mes.
Al principio no reparé en ello. Simplemente me limitaba a cagarme en sus muertos y ponerme los auriculares. Pero ahora, con la suficiente perspectiva, he llegado a una conclusión. A ver si les parece coherente, amigos.
A finales del año pasado escuchaba trap gitano. Bueno, bien, no voy a entrar en descalificaciones; y menos tratándose de etnias minoritarias; ya sabemos cómo están las cosas de finas. En fin, que comenzó el año y le dió por el heavy de los noventa. Heavy de los noventa, sí, han escuchado bien. A las nueve de la mañana. A toda hostia. De lunes a sábado. Los domingos, una de dos, o no duerme en casa o tiene resaca.
Luego, a la altura de febreromarzo comenzó a poner flamenquito. Lo mismo cantaba una adolescente desgañitándose como si estuviera en el entierro de su hamster, que un mardán liaporros echaba de menos a su amante paseando por la playa al ritmo de los dos acordes que su primo el guitarrista había sido capaz de memorizar. Por cierto, podría escribir una tesina sobre los lugares comunes de estas letras que escuché en febreromarzo, pero, bueno, ahora que lo pienso, tampoco interesarían a casi nadie.
Vamos: no.
Pero en abril, cuando comencé a escucharte gritar por la casa letras de José Velez, entonces mis alarmas se dispararon. ¿Qué estaba ocurriendo aquí?
José Vélez?
Pero si la tía no llega a la treintena!
Entonces me dio por atar cabos. Y llegué a la conclusión que la vecina escuchaba música según los gustos de la pareja con la que estaba saliendo.
Era la única explicación coherente.
También era cierto que pudiéramos encontrarnos ante un caso de trastorno de identidad disociativo, o lo que comúnmente se conoce como personalidad múltiple. Pero, coño. Aprenderse las letras de Love of Lesbian y estarlas canturreando cuatro semanas no es cosa de trastornos disociativos; más bien es otra cosa.
Por eso cuando comencé a escuchar Vino Griego aquel miércoles mientras desayunaba, o Vailemos un Vals mientras defecaba al día siguiente.
Oh, Michelle, ¿dónde estás?
El verano que juntos pasamos los dos
Y que nunca podré olvidad…
( Tirada de cadena )
Bien, como iba diciendo, algo extraño estaba ocurriendo allí y no era cuestión más que de hacer un estudio de campo para despejar hipótesis y obtener datos para refutar lo que sospechaba.
Por eso me puse en guardia y me llevé el portátil al descansillo de la entrada, y cada vez que escuchaba el motor del ascensor ponerse en marcha, dejaba de trabajar y me asomaba a la mirilla para ver si podía ver al visitante de mi vecina.
Así estuve varios días. No muchos.
Hasta que al final pude verlo.
Efectivamente, como sospechaba, mi vecina estaba liada con un concejal cincuentón de Ciudadanos.
Sí, era él. Lo reconocí porque lo había visto varias veces en la televisión local, y tenía más dientes que una ristra de ajos.
Misterio resuelto. Fin.

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