Otro cuento de navidad, de Antonio Peñalver

Otro cuento de navidad (relato)

El 2010 no fue un buen año. El barco se había hundido y, como era de esperar, el sálvese quién pueda consistía en agarrarse a lo que encontraras y esperar la reflotada mientras mirabas a los otros caer. Esto es inevitable. Consustancial. De la misma manera que cuando todo brillaba y todos usábamos billetes nuevos recién salidos del cajero competíamos para ver quién era capaz de gastárselos antes y de la manera más ruidosa.
En fin. Ya sabemos de qué estamos hechos. No pierdo más tiempo en esto.
Lo que sí que creo que es interesante es contarles que un par de años antes le habíamos comprado la primera bicicleta a mi hija en el Decathlon. Era una bici preciosa. Azul, con pegatinas de Barbie por todos los sitios. Con una pequeña cesta delantera de plástico moldeada como si fuera de mimbre y también con un casco azul, de corcho, coronada con el logo de Barbie. Por la edad de mi hija, siete u ocho, y por ser su primera bici, le dijimos al chico de la tienda que le dejara los ruedines puestos, que ya se los quitaríamos cuando cogiera destreza con ella.
Bien. Qué contarles la cara de ilusión cuando se despertó y vio aquel bulto tan grande rodeado de papel de regalo. Y, sino, cuando lo destapó y descubrió lo que había dentro.
Aquella misma mañana salimos a dar un paseo, su primer paseo en bici. Ella iba emocionada y orgullosa. La recuerdo. Son esos momentos que recuerdas.
Como el tiempo no acompañaba, recuerdo que salimos a que paseara en bici un par de domingos más, pero luego decidimos que esperaríamos al buen tiempo para que aprendiera a blandirse con el equilibrio y poderle quitar los ruedines.
Pero la bici se quedó olvidada en un cuarto. Con sus pegatinas, su cesta y su casco con el logo.
A la vuelta de un par de años, eran navidades, al ir a coger la bici resultó que había encogido. Por eso pensamos en aprovechar para dársela a alguien conocido, pues era una pena, ya que en el dibujo de las ruedas todavía podían apreciarse los pelillos gomosos por los laterales. Le quitamos el polvo y la subí al coche para llevársela a los padres de una niña compañera de clase de mi hija. Una niña que todavía no había pegado el estirón y que podía aprovecharla por una temporada.
Yo llamé antes a su padre por teléfono para tantearlo, porque la gente es como es, y pueden tomarse como una ofensa un favor que no han pedido. Pero el tío me dijo que estupendo. Que de hecho su hija había pedido una bici ese año para Papá Noel, porque tenían una de su hermano mayor, pero que estaba medio oxidada. Estupendo.
Entré en su casa y me invitó a una cerveza. Me contó cosas de políticia que no recuerdo ahora. Pues en aquel entonces todos éramos prepodemitas, todos sabíamos dónde estaba el enemigo, el culpable de todos nuestros males y todos teníamos claro cómo había que hacer para combatirlo y derrocarlo. En aquel entonces. 2010.

Al día siguiente o a los dos días, bajé a la calle a por el periódico y al pasar por el escaparate de la tienda de objetos de segunda mano que había en la esquina de mi calle hubo algo que me llamó la atención. Sí. Era una bici prácticamente nueva. Azul, llena de pegatinas de Barbie haciendo deporte. Barbie tenista, Barbie corredora, y así. Con su cestita delantera de plástico moldeado como si fuera de mimbre. Incluso de su manillar colgaba el casco de corcho con el logo en la parte delantera. Esta prácticamente nueva y a la mitad de precio del Decathlon. Un chollo.

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