pequeña historia de un marricidio - relato

Pequeña historia de un marricidio (cuento)

Todo vino de cuando empezó a faltar mi padre. Mi padre faltó hará cosa de cuatro o cinco años o por ahí. A mí me pilló el evento en la capital. Con la carrera a medias. Cómo no sería que hasta estuve a punto de abandonar los estudios para volver con mi madre. Buscar un trabajo en el pueblo y ayudar a la pobre de mi mamaíta a salir adelante. Menos mal que no me dio por ahí. O, bien mirao, si lo hubiera hecho, si hubiera tomao aquella decisión entonces, quizá se podría haber evitado la desgracia que está a punto de suceder. Que dios me perdone.
Toda la familia nos alegramos, dentro de la desgracia, de que la viudez le durara lo poco que le duró a mi madre. La vida sigue, le animábamos. Y a ella le hizo poca falta que le diéramos ánimos, porque no tardó ni un año en pasar del luto a los colorines.
Cada vez subía menos al cementerio a arreglar las flores del nicho de mi difunto padre, y se bajaba cada vez más a Benidorm a bailar la conga de Jalisco. Incluso a mí, a veces, me llamaba por teléfono y hasta me hacía gracia cuando me contaba que había aprendido a bailar bakalao. La vida sigue, mamá, le animaba.
Habían pasado cuatro o cinco años, o tres o cuatro, de todo aquello cuando aparecí de nuevo por mi pueblo. Mandé cuatro cajas de trastos por Paquesprés y yo me vine con el equipaje mínimo, el título universitario en un bolsillo y el carnet del paro en el otro. Mamá, estoy aquí. Pero resultó que mi madre no estaba.
Llamé a mi hermana y mi hermana me lo aclaró todo. Resultaba que mi madre estaba viviendo con uno de sus novios, un teniente jubilao de la Benemérita. Y a mí no me lo había dicho. Lo del bakalao sí, pero esto otro no. Bueno, pensé, hace bien. Total, le dije a mi hermana, son dos días…
Comí algo. Y a las dos o tres horas apareció mi madre por allí. Más fresca que una rosa. Canturreando algo de Manolo Escobar. Sin duda había rejuvenecido. Me alegré de verla así, sinceramente. Ella ya venía alegrada de fuera. Me ayudó a deshacer el poco equipaje que traía en la bolsa deporte, yo, en un impás, le enseñé el título universitario y ella me dio un beso de orgullo. Eso fue una de las primeras cosas que me sorprendió. Me sorprendió porque ella nunca me había besao. Al menos que yo recordara. Y menos de aquella manera tan ruidosa y tan húmeda. En la mejilla.
– Nene, te tengo que decir una cosa. Me dijo. Estoy viviendo con un hombre, me dijo. Bien, mamá, eso es cosa tuya, a mí eso no me importa, de verdad. Le dije. Y ella me volvió a besar. Aunque esta vez, todo hay que decirlo, con más reparo.
Los seis primeros meses de convivencia fueron buenos. Más que nada porque vivíamos separados. Ella venía los jueves. Limpiaba, hacía la compra, iba a ver a sus nietas, pues los viernes teníamos entonces la costumbre de ir a comer a casa de mi hermana, y después, con los postres en la boca, se levantaba para arreglarse un poco, pintarse los morros y salir corriendo para Benidorm. Para no aparecer hasta el jueves siguiente.
Yo, lo repito, estaba a las mil maravillas. Además, estaba cobrando algo, no mucho, ventiseismil, del paro. Lo que me daba para mis vicios, que son pocos y baratos. Y, por si fuera poco, tenía toda la casa para mí solo. Lo que no es moco de pavo si tenemos en cuenta de dónde venía yo. Porque yo venía de compartir cuchitriles inmundos entre otros cuatro estudiantes u funcionarios. Nidos de humedad y ratas en el patio. Donde el frío hacía noche y los pocos muebles procedían de las más diversas basuras y contenedores. Pisos en los que cada vez que tocaba el timbre algún recibo o tocaba correr el turno de limpieza, había bronca segura. Pisos por los que se pagaba más de veintemil duros de alquiler y de los que nunca te devolvían la fianza. En definitiva, lugares en los que aprendí a desconfiar en el género humano.
Ahora todo era diferente. Mi casa era grande, llena de luz y limpia. La pantalla de la tele, por ejemplo, había pasado de tener catorce pulgadas a tener sesenta, y la película de polvo que recubría aquella, aquí se ha convertido en una Black Screen, que no sé muy bien para qué sirve, pero que ahí está. Además, suelo dormir en un colchón semirígido. Y, lo más importante de todo, en la ducha, sea la hora que sea, hay agua caliente. Un paraíso.
Un paraíso para mí solo. Donde yo era Dios y Adán.
Sólo me faltaba la Eva.
Porque, se lo crean o no, así se llamaba la última novia que tuve en la capital. Era morena, bajica y con mala leche. Qué más se le puede pedir a una mujer.
Estaba estudiando, como yo, periodismo. Así que siempre teníamos cosas de que hablar. Además, por si fuera poco, le encantaba la cerveza, y bebía tanta como casi la que bebo yo. Ah, esa era otra, nunca me dejaba que la invitase.
Le gustaba, encima, leer y escribir, Aunque sus gustos eran otros. Por ejemplo, para que se hagan una idea, a ella le iba todo lo sudaca mientras que a mí me tiraba más el norte. Dónde ella decía Márquez yo decía Easton Ellis, y cuando me hablaba de los cuentos de Eva Luna yo le recordaba los de Carver, y si, por una casualidad, ella sacaba a relucir a Pedro Páramo, yo le atacaba con El Cartero Siempre Llama Dos Veces. Por lo menos coincidíamos en el continente. Algo es algo.
Me gustaba ir con ella por la calle. No es que fuera guapa, no, pero tenía un aire a lo Frida Kahlo que me dejaba frío nada más de mirarla. Y luego su voz. Tenía una voz rota que le hacía parecer siempre que estaba de resaca. Y siempre estaba de resaca.
íbamos por los bares y hablábamos, hablábamos y hablábamos. Sólo parábamos para beber y para besarnos. No llegamos a follar ni tampoco lo echamos en falta. Ahora, eso sí, los sesentainueves se hacían interminablemente dulces. Más que sesentainueves parecían noventainueves. Por lo menos.
Ella me dijo en una ocasión que le dolía cuando la penetraban. Y yo le respondí que no se preocupara.
Algunas noches del final me desvelaba y me quedaba largo rato mirándola dormir a mi lado. Tan pequeña. Con esa barrigüilla de cerveza y ese morro estufarrao.
Y entonces me ponía triste de pensar que en una semana la iba a tener que dejar para volver al pueblo con mi madre.
Nada más llegar a mi pueblo una de las primeras cosas que hice fue pasarme por el paro a arreglar los papeles. Otros que tal. Y al mes y medio o por ahí me llegó a casa un papel. Era una especie de aviso de que me iban a pagar. No entendí nada de lo que ponía. O, mejor dicho, lo entendí mal. Por ejemplo, en un recuadro ponía algo así como ‘Asignación Diaria Aceptada’. Y debajo un 2.585. Yo, al leer aquello, me alegré bastante. Dos talegos y medio al día. Joer. Con ochenta boniatos hay para mucho. El problema vino cuando llegó el día de cobrar. No me ingresaron más de ventisiete mil.
– No, es que, mire, es que eso es el total a deducir. Mire, de ahí se deduce el IRPF, el IVA y la Seguridad Social.
– Ya.
Yo me, o sea, hice de tripas corazón, y me quedé por la oficina de INEM dando vueltas a ver. Y vi. Dos carteles. Uno que te animaba a apuntarte al ejército profesional y otro que te mandaba a Londres a buscarte la vida de camarero y tal. Ah, y había una oferta de trabajo colgada en la pared. Era una especie de contrato que se ofrecía para ¡r de repartidor de bebidas alcohólicas en el estado de Kentucky. Lo juro. Y, por si fuera poco, exigían furgoneta propia.
Mi madre celebró su cumpleaños. Y yo tuve que pasar el trago de conocer a su último novio. íbamos a comer toda la familia junta. Y para tal ocasión se presentó allí un fulano trajeao. Un fulano repeinao y con la corbata por la barbilla. Más tieso que Gerineldo. El pobre hombre, de tan simpático que se quería hacer, teminaba por caer mal.
El tío no paraba de hablar. De él, de sus hijos, de sus hijos y de él. Al parecer tenía una hija muy lista, la mayor, que se sacó la carrera de maestra. Y él, me dijo, se dedicaba a vender alfombras. No se podía quejar. Aunque las cosas podrían ir mejor. Me tenía arrinconao. Menos mal que con la tarta llegó el alboroto y me pude escapar. Y la foto. Llegó la foto.
Dijeron todos de hacerse una foto ya allá que nos pusimos. Flash. Pero, aquí vino lo peor, a la vieja se le ocurrió la flamante idea de hacerse una foto ella sola con el vendedor de alfombras que tenía una hija maestra y otro hijo que trabajaba de oficinista en el ayuntamiento. Y ahí que se pusieron.
Y yo entonces veo que aquel fulano se lía a besar a mi madre con el mismo arte con que lo hacían los protagonistas del Planeta de los Simios. Y, lo peor de todo, sin dejar en ningún momento de mirar a la cámara. Para más inri hubo que repetir la foto. Había sido el flash, que no se había disparado.
Yo creía que me moría. Qué era aquello. Todas las atenciones se centraban en mí. Yo era consciente, y por eso me decidí a desahogar mi tensión entonando los primeros sones de un cumpleañosfeliz que no dudé en acompañar con palmas.
Aquel fulano le duró poco. Un buen día dejó de hablarme de él. Y entonces volvió la tormenta telefónica. No terminabas de colgar el teléfono para que empezara a sonar de nuevo. ¿Está la Mari?. La Mari es mi madre. No, no está. Creo que se ha ido a la Asociación de Viudas a jugar al parchís o algo así. Ah, pues vale, cuando venga dile que le ha llamao Federico. Dile que la ha llamado Domingo. Dile que el domingo la llamaré, que soy Pedro. No, bueno, no, ya la llamaré yo; ¿a qué hora decías que estaba ahí?.
No era mi fuerte aquel trabajo de recepcionista. Así que decidí no coger el teléfono. De todas maneras a mí no me llamaba nunca nadie.
Eva empezó a escribirme. Las primeras semanas. Después la cosa se fue enfriando. Yo no tenía dinero para subir a la capital. Y, al parecer, ella tampoco para bajar. Además, el mercado estaba bastante mal. Mejor dicho, yo ya estaba fuera del mercado. En los bares todo eran críos. Salía a tomar algo y volvía a mi casa peor.
Miento. Una vez sí. Estuve a punto de ligar. Pero se quedó ahí. A punto.
También estuve a punto de coger un trabajo. Venía anunciado en el periódico algo así:
¿QUIERES TRABAJAR DANDO LA VUELTA AL MUNDO?
Trabaja de camarero en cruceros de lujo o en la marina mercante. HDS P.O. BOX 9GB London. UK
Cómo no. Mandé una carta.
Y mientras esperaba contestación fue cuando vino el guardia civil jubilado. Un tío con bigotito de esos que parecen pintados con boli sobre el labio superior. Un fachorro muy orgulloso de sí mismo y que confundía la educación con terminar las palabras en ito. Por ejemplo, para decir café decía cafelito.
Menos mal que hablaba poco. Ahora, lo poco que hablaba lo hablaba bien hablao.
A mi madre, a mí no, le contaba cada dos por tres que él había sido de la guardia de Franco. Y, claro, eso le daba la confianza de interpretar los telediarios. Imaginarse. No había uno bueno, los buenos estaban muertos. Mal invento la democracia esta, mal invento. Era una de sus frases preferidas.
Mi madre, la pobre, que de política sólo sabe a quién tiene que votar, siempre le daba la razón y hasta le preguntaba cosas. Y él se las explicaba.
Pero tampoco duraron mucho.
Era muy celoso, nene. Me explicó mi madre sin que yo le preguntara nada. Era muy posesivo y muy suyo. Uy, nene, menudo infierno.
Pero no tuvo el orgullo de devolverle los regalos que él le había hecho. Un pañuelo de seda y una botellita, que diría él, de Chanel N° 5. Nada menos.
Yo, sinceramente, una vez asomé la nariz a aquella botella de colonia y, si les digo la verdad, no entiendo cómo puede costar diez talegos algo tan pequeño.
Son una madalenas que llevan un poco de chocolate dentro. Deliciosas. Yo no soy goloso, pero estas madalenas estaban para chuparse los dedos. Las vendían de ocho en ocho. No me acuerdo de la marca. Sé que son caras. Eso sí. De ocho en ocho.
Normalmente se compran el viernes y el sábado por la mañana, todo lo más el domingo, damos buena cuenta de ellas. Pero, lo que son las cosas, aquella semana dio la casualidad de que ni mi madre ni yo desayunamos el domingo en casa. Y sabía que quedaban dos madalenas. Mi madre no lo hizo porque se había hecho un novio nuevo y, se conoce, había pernoctado con él. Y yo, sencillamente, porque aquel domingo me desperté a las cinco de la tarde y, directamente, comí.
Pero, en el fondo de mí, sabía que quedaban dos. Dos madalenas. Rellenas de chocolate. Cremoso. Y también sabía dónde estaban. Estaban allí. En el fondo del estante del armario del pan. Justo detrás de la toña.
Yo, en el fondo de mí, estaba esperando que llegara el domingo por la noche para llevármelas a la cama. Casi casi se puede decir que no pensé en otra cosa aquel domingo más que en cenármelas. Hacía como que leía las ofertas de trabajo de los dominicales, hacía que veía aquella película que, de todas formas, hubiera olvidado nada más salir del cine. Mirándome el reloj. Las nueve y pico. Ya es hora de volver a casa, poner la tele, una taza de leche caliente y…
– Hola, nene, este es un amigo. Se llama César. Hola, qué tal. Encantado. Sí, qué tal. Bueno…
¿Bueno? El hijoputa del César aquel se estaba merendando la última madalena con chocolate cremoso en su interior. Ñam, ñam, ñam. Me hablaba con la boca llena y con la última media madalena en la mano. Y vi, en una mirada que eché furtiva, vi cómo brillaba la crema de chocolate. Me entraron ganas de llorar.
Y, entretanto, aquel cabrón hablándome de no sé qué de yo qué sé qué de qué. Creo que me dijo que yo trabajo conduciendo autobuses, pero, ojo, “mis” autobuses, ¿eh?. Cabronazo.
– Mama, voy a acostarme. ¿Qué no cenas, nene?. No, no. No, no, no. No. Es que…no me encuentro bien. Buenas noches. Buenas noches. Buenas, y encantado de haberte conocido, tu madre me había hablao mucho de ti.
– Ya.
Después vino el whisky. Antes se había atrevido con las cervezas. El tabaco, los chicles y el mando de la tele vinieron después.
Las madalenas sólo habían sido su tarjeta de visita. Aquel conductor de autobuses lo que era era un gorrón. Y un listo. Se creía sabio el pobre desgraciao. Me decía cada dos por tres que él sí que había recorrido mundo, uh, ¡si yo te contara!. Tú, lo que te pasa a ti, es que tú eres muy joven. ¡Yo también, también he sido joven, también!
Y, mientras me contaba de la de kilómetros que se ha hecho al volante de “su” autobús, se bebía “mis” cervezas, “mi” whisky, “mi” tabaco y “mis” chicles. Te voy a coger un chiclé, ¿sabes?; es que el humo del tabaco se me ha quedao en la garganta. Ah, y, que no se me olvide, fue capaz de arrebatarle a mi mismísima madre el mando a distancia. Fútbol, fútbol y fútbol. De puta madre. Al César lo que es del César.
Fue por aquel entonces cuando ocurrió lo de la foto de mi padre.
La foto de mi padre siempre había estado donde suelen estar las fotos de los maridos muertos. Véase, en la mesita que hay en el lado de la cama en el que roncaba él.
Y allí había estado, claro, hasta que a la vieja le dio por cambiarla de sitio.
Y, ¿saben dónde me la coloca?. Pues, justo en el centro de la mesa del comedor. Y, para más señas, orientada hacia la puerta de mi dormitorio. De tal forma que era salir y, catapúm, encontrármelo de cara.
Tardé en acostumbrarme. Yo, cada vez que pasaba por su lado y me acordaba, procuraba desviar un poco la foto. Un poco hacia la puerta de la habitación de matrimonio. Pero a la mañana siguiente me levantaba y allí estaba mirándome.
Y, por si fuera poco, en esa foto, como en casi todas, a mi difunto padre le sacaron cara de víctima. Y yo, claro, salía al bater nada más despertarme y me lo veía ahí, a mi padre, mirándome con esos ojos tan tristes, y como diciéndome: “Nene, mátala”.
Que no se me olvide, antes de que cuente cómo fue destronado el Emperador del Autobús, que no deje de contarles la lucha que tenía cada vez que intentaba entrar al bater.
Cada vez que intentaba entrar en el bater. Tachán. Estaba él. Encerrado con pestillo. Toe toe. Está ocupao. Decía. ¿Va a tardar mucho? Preguntaba yo. Y él me respondía. Un poco, pero no me tuteés. Yo lo escuchaba pasar las hojas del periódico que había comprado yo el día anterior. Yo olía el humo de alguno de mis Ducados. Y su mierda.
Más de dos y tres veces tuve que mear en una botella de agua mineral por no poderme aguantar más.
Menos mal que el autobusero era igual de jeta tanto dentro como fuera de mi casa. Como vino se fue. Después de tres meses de malvivencia. El tío no tendría que ser muy listo, no. Y lo digo porque al fulano no se lo ocurrió otra cosa que ponérselos a mi madre con dos o tres amigas suyas con las que suele jugar al parchís.
Dios. La vieja que se entera y no lo dejó ni volver a disculparse. Le tiró la media docena de calzoncillos, que ella misma le había comprado, por el hueco de la escalera. Y le gritó que era un sinvergonzón, un sapalastra. Y ¡mira si me lo habían dicho!
Sabía lo que me esperaba. Porque siempre pasaba lo mismo. Igual que siempre. Cada vez que dejaba a algún novio o amigo acababa pasándome a mí la factura.
De repente empezaban a aparecer pelos míos en el desagüe de la bañera. Me hacía mal la cama. Comía haciendo ruido. Bebía demasiada cerveza. Hablaba mucho tiempo por teléfono. O me vestía malamente. Según ella.
Cualquier estupidez. Cualquier nadería era suficiente para que la tuviéramos.
Ahora, eso cambiaba radicalmente cada vez que llegaba el día diez. Los días diez cobraba las veintiséis mil del paro y le daba a ella diez.
Casi siempre, los días diez de cada mes, casi siempre me preguntaba lo que quería para comer. Siempre comía lo que había. Sin más. Pero los días diez tocaban macarrones. Mi comida favorita.
El día después de que me pasara lo de las llaves. Un lunes. Me llegó la contestación a la carta que mandé a Londres. ¡Bienvenido Abordo!. Ponía. Para empezar. Después te recordaba las ventajas de viajar cobrando dinero. Desde 1.500 dólares al mes. Libres de impuestos. Necesitaban camareros, médicos, actores, plomeros y mucamas. El inglés era recomendable, pero no necesario.
Había que rellenar un cuestionario personal y remitirlo de nuevo a Londres, pero esta vez junto con el resguardo de un giro postal de cuatro mil quinientas. Con ese dinero tú tenías derecho a que te enviaran distintas direcciones de oficinas en las que se solía contratar a gente para trabajar en los cruceros. Pero no te prometían trabajo. Ni mucho menos. Simplemente te mandaban direcciones.
No me pregunten porqué. Pero mandé las cuatro mil quinientas.
Puede que lo hiciera por estar ofuscado. Y es que justo la noche anterior fue cuando me pasó lo de las llaves.
Serían cosa de las cinco de la mañana cuando sonó el timbre insistentemente. Quién coño será a estas horas. Algún mal rollo. Mal rollo. Pensé mientras me dirigía torpemente a abrir la puerta.
Era, cómo no, ella.
– Nene, me he dejao las llaves olvidás. Al parecer, según me contaba mientras que yo volvía a mi cama, al parecer había vuelto a salir con el vendedor de alfombras. Y, por lo que se ve, venía de retozar con él en el coche o algo. Yo, en el fondo, asustado como estaba de que hubiera sido algo peor, en el fondo me alegré de que sólo fuera que se olvidara las llaves.
Meé, bebí un poco de agua y volví a acostarme. Aunque antes, justo al pasar por delante de la mesa del comedor, vi la foto de mi padre. “Nene, hazme caso, mátala, mátala o te acabará matando ella a ti”.
Pero me contuve. Preferí pensar que simplemente había sido un accidente.
Que incluso me podía haber pasado a mí. Tampoco era tan grave olvidarse de coger las llaves.
Al final, ya ves, volvieron a contestarme de Londres. Y, para que vean, con la relación de direcciones útiles venía una especialmente recomendada. Preparé una petición de empleo siguiendo las indicaciones que allí me daban. Y, créanselo o no, al mes y pico me contestaron positivamente.
Me iba a embarcar. Como en las películas. Acabaría de marinero. Quién me lo iba a decir a mí. Quizá con el cuerpo lleno de tatuajes y mil amores portuarios. Y hasta acabaría aficionándome al ron puro y duro.
Mucho más de lo que podía esperar de mí mismo.
– Mama, me voy en un crucero, de camarero.
– Pero, ¿no decías que eso era un engaño?.
– Ya, mama, pero me han contestao y me voy.
– ¿Van a pagarte mucho?
– No sé. Dicen que unas cientocincuenta. Más o menos.
– ¿Y me vas a ir mandando algo, que te lo vaya guardando en una cuenta? Queee… conociéndote a ti. ¡Capaz de volver sin un duro! Óyeme bien lo que te digo. ¡Aquí sin un duro no vuelvas, eh! ¡Que bastante he hecho ya con mantenerte hasta ahora!
– No, mama, no te preocupes.
– No, ¡si no me preocupo! ¡Si el que se tiene que preocupar eres tú…!
– Ya.
Las siete de la mañana. Un frío que pela. Me ducho con agua ardiendo. El autobús sale a las siete y media. De la capital cojo otro. Y después el avión. Estoy acojonao de ver que tengo que coger un avión a estas alturas de mi vida. Pero bueno.
Todavía ando dando vueltas por mi habitación. La reviso una y otra vez. Pues tengo la sensación de que me olvido algo indispensable. A ver, me llevo la ropa que más me gusta, la que necesito, de abrigo, el poco dinero que he podido juntar, un buen par de libros, creo. La Romana de Moravia y La Soledad del Portero ante el Penalti de Handke para el viaje. Ah, y un diccionario. Y nada más… A ver que mire, no sea que se me olvide algo…
Me pienso muy bien lo de entrar en su habitación para despedirme. Está dormida. Y sola. Ahora no está cohabitando con ninguno de sus novios o amigos. Me lo vuelvo a pensar. Ya he salido de mi habitación. Entonces es cuando vuelvo a ver la foto de mi difunto padre. Sus ojos. Esos ojos parecen quererme decir algo. Algo muy importante. Que la mate. Ahora es mi oportunidad. Después te irías a Londres. Y te embarcarías a diossabedónde. Que te busquen.
Ella es la culpable. Por culpa de ella tienes que irte. Dejar tu pueblo y a tu gente. Por culpa de ella. Si le tapas la cara con un almohadón no dejas huellas. Pueden interpretarlo como un paro cardiovascular. Ya son sesenta y pico los años que tiene. Mátala, nene. Total…
Pero cuenta que te quedas sin herencia. Bueno, qué herencia. Nada. Una casa mediohipotecá, cuatro duros en la caja de ahorros y un juego de albornoz sin estrenar que le regaló el guardia de Franco. Venga, anímate, quítate ese peso de la conciencia.
Me acerqué por fin a la puerta de su dormitorio. La abrí. Despacio. Temiendo despertarla. Aunque todavía era muy temprano. El poco resplandor que entraba por los huecos de la ventana me dejaban ver perfectamente el bulto de su cuerpo. Sus ronquidos me pusieron la piel de gallina. Estaba al lado de su cama y todavía no sabía lo que le iba a hacer. Me incliné sobre ella. Gimió. Pero muy bajo. En sueños. No, no puedo. Es más fuerte que yo. Además, yo no soy un asesino. Seguro que lo haría fatal.
Me incliné y la besé.
– ¿¡Nene!? ¿¡Se puede saber qué horas son estas de despertarme!?
– Son las siete y veinte. Mama, me voy a Londres.
– Ale. ¡Qué te vas ¿con al abrigo ese tan feo que te para tan mal…?!
– Ya, mama. Me voy. Adiós.
– ¡Y qué güevos te se quedarán! ¡Irte con esas pintas de vagabundo! Anda, hazme el favor de quitarte eso ahora mismo.
– Ya…
– No, es que, mire, es que eso es el total a deducir. Mire, de ahí se deduce el IRPF, el IVA y la Seguridad Social.
– Ya.
Yo me, o sea, hice de tripas corazón, y me quedé por la oficina de INEM dando vueltas a ver. Y vi. Dos carteles. Uno que te animaba a apuntarte al ejército profesional y otro que te mandaba a Londres a buscarte la vida de camarero y tal. Ah, y había una oferta de trabajo colgada en la pared. Era una especie de contrato que se ofrecía para ¡r de repartidor de bebidas alcohólicas en el estado de Kentucky. Lo juro. Y, por si fuera poco, exigían furgoneta propia.
Mi madre celebró su cumpleaños. Y yo tuve que pasar el trago de conocer a su último novio. íbamos a comer toda la familia junta. Y para tal ocasión se presentó allí un fulano trajeao. Un fulano repeinao y con la corbata por la barbilla. Más tieso que Gerineldo. El pobre hombre, de tan simpático que se quería hacer, teminaba por caer mal.
El tío no paraba de hablar. De él, de sus hijos, de sus hijos y de él. Al parecer tenía una hija muy lista, la mayor, que se sacó la carrera de maestra. Y él, me dijo, se dedicaba a vender alfombras. No se podía quejar. Aunque las cosas podrían ir mejor. Me tenía arrinconao. Menos mal que con la tarta llegó el alboroto y me pude escapar. Y la foto. Llegó la foto.
Dijeron todos de hacerse una foto ya allá que nos pusimos. Flash. Pero, aquí vino lo peor, a la vieja se le ocurrió la flamante idea de hacerse una foto ella sola con el vendedor de alfombras que tenía una hija maestra y otro hijo que trabajaba de oficinista en el ayuntamiento. Y ahí que se pusieron.
Y yo entonces veo que aquel fulano se lía a besar a mi madre con el mismo arte con que lo hacían los protagonistas del Planeta de los Simios. Y, lo peor de todo, sin dejar en ningún momento de mirar a la cámara. Para más inri hubo que repetir la foto. Había sido el flash, que no se había disparado.
Yo creía que me moría. Qué era aquello. Todas las atenciones se centraban en mí. Yo era consciente, y por eso me decidí a desahogar mi tensión entonando los primeros sones de un cumpleañosfeliz que no dudé en acompañar con palmas.
Aquel fulano le duró poco. Un buen día dejó de hablarme de él. Y entonces volvió la tormenta telefónica. No terminabas de colgar el teléfono para que empezara a sonar de nuevo. ¿Está la Mari?. La Mari es mi madre. No, no está. Creo que se ha ido a la Asociación de Viudas a jugar al parchís o algo así. Ah, pues vale, cuando venga dile que le ha llamao Federico. Dile que la ha llamado Domingo. Dile que el domingo la llamaré, que soy Pedro. No, bueno, no, ya la llamaré yo; ¿a qué hora decías que estaba ahí?.
No era mi fuerte aquel trabajo de recepcionista. Así que decidí no coger el teléfono. De todas maneras a mí no me llamaba nunca nadie.
Eva empezó a escribirme. Las primeras semanas. Después la cosa se fue enfriando. Yo no tenía dinero para subir a la capital. Y, al parecer, ella tampoco para bajar. Además, el mercado estaba bastante mal. Mejor dicho, yo ya estaba fuera del mercado. En los bares todo eran críos. Salía a tomar algo y volvía a mi casa peor.
Miento. Una vez sí. Estuve a punto de ligar. Pero se quedó ahí. A punto.
También estuve a punto de coger un trabajo. Venía anunciado en el periódico algo así:
¿QUIERES TRABAJAR DANDO LA VUELTA AL MUNDO?
Trabaja de camarero en cruceros de lujo o en la marina mercante. HDS P.O. BOX 9GB London. UK
Cómo no. Mandé una carta.
Y mientras esperaba contestación fue cuando vino el guardia civil jubilado. Un tío con bigotito de esos que parecen pintados con boli sobre el labio superior. Un fachorro muy orgulloso de sí mismo y que confundía la educación con terminar las palabras en ito. Por ejemplo, para decir café decía cafelito.
Menos mal que hablaba poco. Ahora, lo poco que hablaba lo hablaba bien hablao.
A mi madre, a mí no, le contaba cada dos por tres que él había sido de la guardia de Franco. Y, claro, eso le daba la confianza de interpretar los telediarios. Imaginarse. No había uno bueno, los buenos estaban muertos. Mal invento la democracia esta, mal invento. Era una de sus frases preferidas.
Mi madre, la pobre, que de política sólo sabe a quién tiene que votar, siempre le daba la razón y hasta le preguntaba cosas. Y él se las explicaba.
Pero tampoco duraron mucho.
Era muy celoso, nene. Me explicó mi madre sin que yo le preguntara nada. Era muy posesivo y muy suyo. Uy, nene, menudo infierno.
Pero no tuvo el orgullo de devolverle los regalos que él le había hecho. Un pañuelo de seda y una botellita, que diría él, de Chanel N° 5. Nada menos.
Yo, sinceramente, una vez asomé la nariz a aquella botella de colonia y, si les digo la verdad, no entiendo cómo puede costar diez talegos algo tan pequeño.
Son una madalenas que llevan un poco de chocolate dentro. Deliciosas. Yo no soy goloso, pero estas madalenas estaban para chuparse los dedos. Las vendían de ocho en ocho. No me acuerdo de la marca. Sé que son caras. Eso sí. De ocho en ocho.
Normalmente se compran el viernes y el sábado por la mañana, todo lo más el domingo, damos buena cuenta de ellas. Pero, lo que son las cosas, aquella semana dio la casualidad de que ni mi madre ni yo desayunamos el domingo en casa. Y sabía que quedaban dos madalenas. Mi madre no lo hizo porque se había hecho un novio nuevo y, se conoce, había pernoctado con él. Y yo, sencillamente, porque aquel domingo me desperté a las cinco de la tarde y, directamente, comí.
Pero, en el fondo de mí, sabía que quedaban dos. Dos madalenas. Rellenas de chocolate. Cremoso. Y también sabía dónde estaban. Estaban allí. En el fondo del estante del armario del pan. Justo detrás de la toña.
Yo, en el fondo de mí, estaba esperando que llegara el domingo por la noche para llevármelas a la cama. Casi casi se puede decir que no pensé en otra cosa aquel domingo más que en cenármelas. Hacía como que leía las ofertas de trabajo de los dominicales, hacía que veía aquella película que, de todas formas, hubiera olvidado nada más salir del cine. Mirándome el reloj. Las nueve y pico. Ya es hora de volver a casa, poner la tele, una taza de leche caliente y…
– Hola, nene, este es un amigo. Se llama César. Hola, qué tal. Encantado. Sí, qué tal. Bueno…
¿Bueno? El hijoputa del César aquel se estaba merendando la última madalena con chocolate cremoso en su interior. Ñam, ñam, ñam. Me hablaba con la boca llena y con la última media madalena en la mano. Y vi, en una mirada que eché furtiva, vi cómo brillaba la crema de chocolate. Me entraron ganas de llorar.
Y, entretanto, aquel cabrón hablándome de no sé qué de yo qué sé qué de qué. Creo que me dijo que yo trabajo conduciendo autobuses, pero, ojo, “mis” autobuses, ¿eh?. Cabronazo.
– Mama, voy a acostarme. ¿Qué no cenas, nene?. No, no. No, no, no. No. Es que…no me encuentro bien. Buenas noches. Buenas noches. Buenas, y encantado de haberte conocido, tu madre me había hablao mucho de ti.
– Ya.
Después vino el whisky. Antes se había atrevido con las cervezas. El tabaco, los chicles y el mando de la tele vinieron después.
Las madalenas sólo habían sido su tarjeta de visita. Aquel conductor de autobuses lo que era era un gorrón. Y un listo. Se creía sabio el pobre desgraciao. Me decía cada dos por tres que él sí que había recorrido mundo, uh, ¡si yo te contara!. Tú, lo que te pasa a ti, es que tú eres muy joven. ¡Yo también, también he sido joven, también!
Y, mientras me contaba de la de kilómetros que se ha hecho al volante de “su” autobús, se bebía “mis” cervezas, “mi” whisky, “mi” tabaco y “mis” chicles. Te voy a coger un chiclé, ¿sabes?; es que el humo del tabaco se me ha quedao en la garganta. Ah, y, que no se me olvide, fue capaz de arrebatarle a mi mismísima madre el mando a distancia. Fútbol, fútbol y fútbol. De puta madre. Al César lo que es del César.
Fue por aquel entonces cuando ocurrió lo de la foto de mi padre.
La foto de mi padre siempre había estado donde suelen estar las fotos de los maridos muertos. Véase, en la mesita que hay en el lado de la cama en el que roncaba él.
Y allí había estado, claro, hasta que a la vieja le dio por cambiarla de sitio.
Y, ¿saben dónde me la coloca?. Pues, justo en el centro de la mesa del comedor. Y, para más señas, orientada hacia la puerta de mi dormitorio. De tal forma que era salir y, catapúm, encontrármelo de cara.
Tardé en acostumbrarme. Yo, cada vez que pasaba por su lado y me acordaba, procuraba desviar un poco la foto. Un poco hacia la puerta de la habitación de matrimonio. Pero a la mañana siguiente me levantaba y allí estaba mirándome.
Y, por si fuera poco, en esa foto, como en casi todas, a mi difunto padre le sacaron cara de víctima. Y yo, claro, salía al bater nada más despertarme y me lo veía ahí, a mi padre, mirándome con esos ojos tan tristes, y como diciéndome: “Nene, mátala”.
Que no se me olvide, antes de que cuente cómo fue destronado el Emperador del Autobús, que no deje de contarles la lucha que tenía cada vez que intentaba entrar al bater.
Cada vez que intentaba entrar en el bater. Tachán. Estaba él. Encerrado con pestillo. Toe toe. Está ocupao. Decía. ¿Va a tardar mucho? Preguntaba yo. Y él me respondía. Un poco, pero no me tuteés. Yo lo escuchaba pasar las hojas del periódico que había comprado yo el día anterior. Yo olía el humo de alguno de mis Ducados. Y su mierda.
Más de dos y tres veces tuve que mear en una botella de agua mineral por no poderme aguantar más.
Menos mal que el autobusero era igual de jeta tanto dentro como fuera de mi casa. Como vino se fue. Después de tres meses de malvivencia. El tío no tendría que ser muy listo, no. Y lo digo porque al fulano no se lo ocurrió otra cosa que ponérselos a mi madre con dos o tres amigas suyas con las que suele jugar al parchís.
Dios. La vieja que se entera y no lo dejó ni volver a disculparse. Le tiró la media docena de calzoncillos, que ella misma le había comprado, por el hueco de la escalera. Y le gritó que era un sinvergonzón, un sapalastra. Y ¡mira si me lo habían dicho!
Sabía lo que me esperaba. Porque siempre pasaba lo mismo. Igual que siempre. Cada vez que dejaba a algún novio o amigo acababa pasándome a mí la factura.
De repente empezaban a aparecer pelos míos en el desagüe de la bañera. Me hacía mal la cama. Comía haciendo ruido. Bebía demasiada cerveza. Hablaba mucho tiempo por teléfono. O me vestía malamente. Según ella.
Cualquier estupidez. Cualquier nadería era suficiente para que la tuviéramos.
Ahora, eso cambiaba radicalmente cada vez que llegaba el día diez. Los días diez cobraba las veintiséis mil del paro y le daba a ella diez.
Casi siempre, los días diez de cada mes, casi siempre me preguntaba lo que quería para comer. Siempre comía lo que había. Sin más. Pero los días diez tocaban macarrones. Mi comida favorita.
El día después de que me pasara lo de las llaves. Un lunes. Me llegó la contestación a la carta que mandé a Londres. ¡Bienvenido Abordo!. Ponía. Para empezar. Después te recordaba las ventajas de viajar cobrando dinero. Desde 1.500 dólares al mes. Libres de impuestos. Necesitaban camareros, médicos, actores, plomeros y mucamas. El inglés era recomendable, pero no necesario.
Había que rellenar un cuestionario personal y remitirlo de nuevo a Londres, pero esta vez junto con el resguardo de un giro postal de cuatro mil quinientas. Con ese dinero tú tenías derecho a que te enviaran distintas direcciones de oficinas en las que se solía contratar a gente para trabajar en los cruceros. Pero no te prometían trabajo. Ni mucho menos. Simplemente te mandaban direcciones.
No me pregunten porqué. Pero mandé las cuatro mil quinientas.
Puede que lo hiciera por estar ofuscado. Y es que justo la noche anterior fue cuando me pasó lo de las llaves.
Serían cosa de las cinco de la mañana cuando sonó el timbre insistentemente. Quién coño será a estas horas. Algún mal rollo. Mal rollo. Pensé mientras me dirigía torpemente a abrir la puerta.
Era, cómo no, ella.
– Nene, me he dejao las llaves olvidás. Al parecer, según me contaba mientras que yo volvía a mi cama, al parecer había vuelto a salir con el vendedor de alfombras. Y, por lo que se ve, venía de retozar con él en el coche o algo. Yo, en el fondo, asustado como estaba de que hubiera sido algo peor, en el fondo me alegré de que sólo fuera que se olvidara las llaves.
Meé, bebí un poco de agua y volví a acostarme. Aunque antes, justo al pasar por delante de la mesa del comedor, vi la foto de mi padre. “Nene, hazme caso, mátala, mátala o te acabará matando ella a ti”.
Pero me contuve. Preferí pensar que simplemente había sido un accidente.
Que incluso me podía haber pasado a mí. Tampoco era tan grave olvidarse de coger las llaves.
Al final, ya ves, volvieron a contestarme de Londres. Y, para que vean, con la relación de direcciones útiles venía una especialmente recomendada. Preparé una petición de empleo siguiendo las indicaciones que allí me daban. Y, créanselo o no, al mes y pico me contestaron positivamente.
Me iba a embarcar. Como en las películas. Acabaría de marinero. Quién me lo iba a decir a mí. Quizá con el cuerpo lleno de tatuajes y mil amores portuarios. Y hasta acabaría aficionándome al ron puro y duro.
Mucho más de lo que podía esperar de mí mismo.
– Mama, me voy en un crucero, de camarero.
– Pero, ¿no decías que eso era un engaño?.
– Ya, mama, pero me han contestao y me voy.
– ¿Van a pagarte mucho?
– No sé. Dicen que unas cientocincuenta. Más o menos.
– ¿Y me vas a ir mandando algo, que te lo vaya guardando en una cuenta? Queee… conociéndote a ti. ¡Capaz de volver sin un duro! Óyeme bien lo que te digo. ¡Aquí sin un duro no vuelvas, eh! ¡Que bastante he hecho ya con mantenerte hasta ahora!
– No, mama, no te preocupes.
– No, ¡si no me preocupo! ¡Si el que se tiene que preocupar eres tú…!
– Ya.
Las siete de la mañana. Un frío que pela. Me ducho con agua ardiendo. El autobús sale a las siete y media. De la capital cojo otro. Y después el avión. Estoy acojonao de ver que tengo que coger un avión a estas alturas de mi vida. Pero bueno.
Todavía ando dando vueltas por mi habitación. La reviso una y otra vez. Pues tengo la sensación de que me olvido algo indispensable. A ver, me llevo la ropa que más me gusta, la que necesito, de abrigo, el poco dinero que he podido juntar, un buen par de libros, creo. La Romana de Moravia y La Soledad del Portero ante el Penalti de Handke para el viaje. Ah, y un diccionario. Y nada más… A ver que mire, no sea que se me olvide algo…
Me pienso muy bien lo de entrar en su habitación para despedirme. Está dormida. Y sola. Ahora no está cohabitando con ninguno de sus novios o amigos. Me lo vuelvo a pensar. Ya he salido de mi habitación. Entonces es cuando vuelvo a ver la foto de mi difunto padre. Sus ojos. Esos ojos parecen quererme decir algo. Algo muy importante. Que la mate. Ahora es mi oportunidad. Después te irías a Londres. Y te embarcarías a diossabedónde. Que te busquen.
Ella es la culpable. Por culpa de ella tienes que irte. Dejar tu pueblo y a tu gente. Por culpa de ella. Si le tapas la cara con un almohadón no dejas huellas. Pueden interpretarlo como un paro cardiovascular. Ya son sesenta y pico los años que tiene. Mátala, nene. Total…
Pero cuenta que te quedas sin herencia. Bueno, qué herencia. Nada. Una casa mediohipotecá, cuatro duros en la caja de ahorros y un juego de albornoz sin estrenar que le regaló el guardia de Franco. Venga, anímate, quítate ese peso de la conciencia.
Me acerqué por fin a la puerta de su dormitorio. La abrí. Despacio. Temiendo despertarla. Aunque todavía era muy temprano. El poco resplandor que entraba por los huecos de la ventana me dejaban ver perfectamente el bulto de su cuerpo. Sus ronquidos me pusieron la piel de gallina. Estaba al lado de su cama y todavía no sabía lo que le iba a hacer. Me incliné sobre ella. Gimió. Pero muy bajo. En sueños. No, no puedo. Es más fuerte que yo. Además, yo no soy un asesino. Seguro que lo haría fatal.
Me incliné y la besé.
– ¿¡Nene!? ¿¡Se puede saber qué horas son estas de despertarme!?
– Son las siete y veinte. Mama, me voy a Londres.
– Ale. ¡Qué te vas ¿con al abrigo ese tan feo que te para tan mal…?!
– Ya, mama. Me voy. Adiós.
– ¡Y qué güevos te se quedarán! ¡Irte con esas pintas de vagabundo! Anda, hazme el favor de quitarte eso ahora mismo.
– Ya…

 

Este relato obtuvo el primer premio de relatos Villa de Periana 1996

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