Primera vacuna Pfizer (relato)

Es complicado contar esto, ya sabéis, lo de los sueños.
Si un sueño me parece descabellado y afortunadamente olvidable durante el desayuno, me imagino lo que les puede interesar a ustedes un sueño mío. Vamos, me lo imagino perfectamente.
Pero este sueño quizá les sorprenda. Y no por lo que tenga de revelador ni vaticinante, sino porque es la mayor reacción que me ha ocasionado la inoculación de la primera dosis de la vacuna de Pfizer.
Ah, también un pequeño dolor en el brazo, casi imperceptible, pero que he leído en internet que se pasa a las 24 horas y, antes incluso, si optamos por ejercitarlo.
Vale. Vamos a lo que importa.
No puedo relatarles toda su narrativa, que más quisiera, porque sólo recuerdo las escenas finales, las que me han despertado sobresaltado a las tres de la madrugada. Empiezo.
Estábamos como en una especie de salón ajardinado de una casa labriega ( les prometo que el uso de estos palabros poco usuales en el lenguaje cotidiano no serán norma en el relato, pero es que no sabría definir de mejor forma aquel lugar en el que estábamos ). Sí; porque estábamos varias personas. Éramos un poco como los visitantes a aquel caserón. Yo no tenía relación afectiva ni de lejana amistad con ninguno de mis acompañantes, sólo sé que estaba sentado alrededor de aquella mesa y que todos atendíamos con falso afecto a nuestra anfitriona, una señora de unos ochenta años, vestida como en plenos setenta, pero con el estilo propio de una casa labriega del interior de alguna provincia.
Bien. La señora parecía insistir en que se materializara el espíritu de su difunto esposo ( más adelante veremos que sus esperanzas no iban más allá de su presencia ultratumbística, pues luego la pobre alma del señor apenas interactuaba más allá de lo que marcan las normas de cortesía provinciana y labriega de mediados de los setenta en una provincia castellana cualquiera ). Ok. Pues resulta que la señora comenzaba a concentrarse mirando a un punto fijo de la bancada. Por cierto, otro detalle que recuerdo del atrezzo es que las paredes estaban enlucidas de cemento, sin más. Vale, pues la señora miraba a un punto fijo y una especie de humillo luminoso se elevaba de la nada para como querer formar algo. No se sabía lo qué, pero ahí llegaba. Luego, la buena señora desistía y la forma blanquecina y etérea se desvanecía en un santiamén.
Por lo que entendimos todos los presentes, debíamos concentrarnos todos al mismo tiempo para que aquella presencia se materializara completamente. Y así fue. Después de varios intentos fallidos, la forma tomó el aspecto de un señor algo mayor que su viuda, con boina corta, sonrisa falsamente amigable y mirada lejana. Era su difunto, el fantasma de su difunto. Y ya por fin estaba sentado con nosotros alrededor de la mesa de granito como uno más.
Lo más curioso del caso es que, tras la sorpresa inicial de la aparición de aquel fantasma, no pasó ni un minuto y allí nadie reparaba en él. Me dio un poco de pena. Yo lo miraba de soslayo como pensando: «Fíjate el hombre, le hacemos hacer semejante viaje para luego no hacerle ni puto caso».
Ok.
Pues como ocurre con los sueños y con algunas series de Netflix en las que se hace necesaria la presencia de minorías étnicas y empoderamientos femeninos, y que estos ocurren porque sí, y es mejor no cuestionarse los motivos argumentales y dejarse llevar por la historia. De repente, como decía, yo estaba en una gran habitación con la dueña de la casa y esta se me insinuaba con intenciones poco decorosas. Con mucha educación y sutileza, eso sí. Pero, vamos, nada que estuviera acorde con la reciente visita del espíritu de su marido; quien, por cierto, no llegó a decir ni mú.
Bien. Yo me desise de tan comprometedora situación señalando a la puerta de la habitación. Y la señora miró sorprendida. Y es que no hay nada como señalar una puerta para escapar de una situación complicada. Y a menos que la dueña de la casa, sonriendo aviesamente, se diera cuenta, conforme miraba a la puerta, me vio a mí salir por ella todo lo deprisa que mi organismo y educación me permitían. A ver, no llegando a correr, pero que, vamos, si me engancha la chaqueta, me llevo a la señora de mochila conmigo.

Ahora es cuando cambiamos de escenario y estoy a punto de subir en una especie de autobús bajo descapotable, como un vagón de atracción de feria, en la que comenzamos a subir un grupo de gente que se supone que éramos los mismos que estábamos alrededor de la mesa de granito presenciando la aparición fantasmal un poco antes. Sí. No me fijé en ninguna cara, pero notaba que todos eran más jóvenes que yo. Y, además, surgió la duda de quién debía de conducir aquello. Yo, arrastrado por el entusiasmo generalizado, opté por hacerme el gilipollas, estrategia que suele funcionarme, y me acomodé en la parte de atrás del aparato; recuerdo que me sujeté a una especie de pasamanos metálico que perfilaba el borde superior. Pero que, vamos, tenía la impresión que de darnos un hostiazo, aquello me iba a valer de menos que nada. Pero me agarré.
Y, efectivamente, aquel aparato se puso en marcha.
No me pregunten a santo de qué, pero resulta que estábamos inmersos en una especie de video juego en que descendíamos sorteando una serie de obstáculos dinámicos que variaban creando una aparente situación de peligro que, una vez que estábamos encima de ellos, desaparecía y continuábamos la marcha.

Y ahí me desperté.
¿Lo ven?
¿Ven cómo sabía que iban a acompañarme hasta el final?
Ya les avisé que no era para tanto.

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