Un actor (relato)

Ayer me enteré de la noticia del fallecimiento de un semiconocido actor de teatro y series de televisión. Se llamaba Óscar. Y tuve la ocasión de conocerlo en persona.
Aunque era de mi quinta, yo lo conocí por medio de su hermano Raúl, que estaba en periodismo y era el tío más leído de la facultad, por lo que las sobremesas en la cafetería solía exprimirlo lo más que su paciencia me permitía para que me filtrara el nombre de los escritores y novelas que más molaban. Entonces no escribía mucho. Sólo vivía para leer, emborracharme y pagar mis cuentas.
Yo trabajaba de camarero en la sala Canciller y no quiero aburrirles con lo del estudiante universitario de origen obrero que pobrecito, que míralo. No. Hoy no toca. Lo que sí me tocó por aquel entonces fue ganar mi primer premio como escritor de teatro. Un accesit del Marqués de Bradomín con una obra ambientada precisamente en la estación de metro El Carmen, e inspirada directamente por lo que vivía cada madrugada cuando, después de mi jornada de camarero, esperaba el primer metro para que me llevara de vuelta a casa.
Aquel hecho llamó la atención de Raúl, mi maná literario, que organizó una pequeña fiesta en nuestra casa de estudiantes para que conociera a su hermano y a su chica.
Y allí estuvimos hablando.
Aquí, perdonenme que vuelva a hablar de mí, pero es importante que reseñe este punto, y es que siempre ha habido algo en mi aspecto que ha disparado las alarmas de los pijos con los que me he relacionado durante mi asquerosa aunque entetenida existencia. Y es algo que les advierte de un peligro. Un poco como en el tango que cantaba Malevaje: «Desde lejos se te embroca, pelandruna abacanada/ Que naciste en la miseria de un cuartucho de arrabal/ Pero hay algo que te vende, yo no sé si es la mirada/ La manera de sentarte, de charlar o estar parada/ O ese cuerpo acostumbrado a las pilchas del percal». Bueno, el caso es que siempre he notado que al poco de iniciar mi trato, suelen atrasar ligeramente y con disimulo uno de sus pies, como para reforzar su estabilidad. Bien.
Ya el mismo Raúl, que trabajaba en un Seven Eleven, una tienda de comida a la que solíamos acudir los estudiantes y los yonquis de madrugada a saciar el hambre y a robar; y jamás me confesó qué productos eran los que no tenían el chip antirrobo. Una vez salió el tema y estuvo a punto de confesarme cuáles eran esos productos, pero se detuvo en seco.
Y yo les prometo a ustedes que si me pongo a conjugar el verbo robar, me sale más veces el «me han robado» que el «robé». Pero, en fin.
¿Y a qué viene este recordatorio? Muy sencillo, porque a media reunión la actriz que era la novia de Óscar, tras hablar del premio, de que yo les contara que había recibido un telegrama mientras estaba en la filmoteca, me preguntó:
– ¿Tienes el telegrama?
Y Óscar la miró con los ojos como platos mientras soltaba un ahogado sonido gutural que podría traducirse por algo tipo: «Tía, cómo te pasas».
– ¡Sí!, le dije yo. Voy a buscarlo… Y lo encontré y se lo traje.
Tras la evidencia la conversación adquirió otro tono. Más condescendiente, un poco más nivelado. Ellos bajaron un barrio y a mi me permitieron subir otro. Aún así, no nos engañemos, todavía y debido a la distancia, todavía se mantenía un ligero eco al final de todas nuestras frases.

Les pasé una fotocopia de mi obra de teatro y ellos me invitaron a ir a verles a un pub en Hortaleza en el que solían actuar los primeros jueves de cada mes. Les acompaban otros dos tíos. Y hacían un teatro como clásico, anacrónico, y a veces se acompañaban de instrumentos musicales. Sin duda no era el mejor lugar para hacer aquello. Y no lo digo porque fuera malo, sino porque en Madrid los jueves sale mucha gente y a las diez ya suelen estar borrachos.
Yo me pasé lo que duró la obra chistando a mi alrededor. En concreto a un zanguango que estaba ligando con una compañera de oficina y que, en una de las ocasiones me contestó con la boca torcida:
– ¿Porqué me tengo que callar, joder? ¡Pero si eso es una mierda!
Pero al final se calló.

Yo, como deferencia, les hice una especie de anagrama del grupo y también una caricatura de perfil de cada uno de los cuatro miembros. Tipo años veinte del veinte, elegantes.
Pero nunca la utilizaron.
Ni tampoco me dijeron nada de mi obra de teatro.

Luego, con el tiempo, fui viendo la cara de aquel actor en alguna serie de televisión, y luego incluso en el cine. En una ocasión llegué a leer una entrevista que le hicieron en El País, con la excusa de haber protagonizado una obra clásica en Almagro. En ella comentaba que su padre, un director de cine, desde muy joven le había quitado de la cabeza la idea de ser actor, porque no le veía talento. Pero que él había luchado por llevarle la contraria, escuchando una voz interior que le aconsejaba no hacerle mucho caso.
Y es que en ocasiones las zancadillas vienen de donde uno menos lo espera. Pero cuando te acostumbras a recibirlas y ponerte en pie de nuevo, lo que logras, no es sólo seguir con el camino que tú has elegido, sino hacerlo sobre las piernas más fuertes que nunca nadie pueda haber imaginado.

Ole tus cojones, tío.

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