Una del oeste de antonio Peñalver

Una del Oeste 1 ( vacionesdeverano#2 )

Quisiera ponerles en antecedentes, porque a simple vista, y recién llegados es muy posible que puedan llevarse a engaño. El calvo «con cincuenta, pero que aparenta cuatro o cinco años menos» calvo y con bigote que conduce ese suv BMW iX3 soy yo. Sí. Pero el coche no es mío. Mi coche lo llevé al mecánico hace un año y cuando me dijo lo que costaba repararlo, le pregunté al muchacho que le hicieran un presupuesto en un desguace de confianza a ver qué le daban por él. Y ya no supe nada más de él.
El BMW Concept iX3 realmente es de la copiloto. Una tía muy maja y muy atractiva para su edad, pero que en cuanto prueba el alcohol le sale la ministra feminista que todas llevan dentro y también el hooligan que todos llevamos dentro. En cuestión de minutos; de pocos minutos, además. Llevamos juntos un año, pero cualquiera que nos viera comportarnos podría bien figurarse que llevamos treinta. Pero no. Es sólo un año. Aunque, ahora que lo pienso, a veces tengo la impresión de estar a punto de celebrar las bodas de oro con ella. Pero no.
Bien.
Vamos a la parte de atrás, porque hay una sorpresa. Bueno, mejor dos. Son Anais y Mar, dos gemelas de once años, que, como suele ocurrir entre los gemelos, todo lo que tienen de similar por fuera, lo tienen de disimilar por dentro. Mientras Anais es callada, reservada, enamoradiza y tendente a quedarse dormida en cualquier ocasión, su hermana Mar es descarada, marisabidilla, escudriñadora y duerme con uno ojo abierto. Se compensan. Ah, y como ocurre con el suv, tampoco son mías. Las llevo detrás, pero no compartimos carga genética.
Y, dónde vamos?, se preguntarán. Yo les respondo gustoso. Resulta que Marga, mi pareja, ha tenido un congreso anual que celebra la marca de estética manicular de la que ella es coordinadora del este peninsular. Cada año es en un lugar distinto, y esta vez ha sido en Almería.
Coincidiendo que esta semana le tocaba estar con las gemelas, hemos aprovechado el viaje para hacer un poco de turismo. Y en esas estamos. ¿Se van ubicando ya?
Pues sigamos.
Tenemos reservadas dos habitaciones en un hotel junto a la playa en Las Negras, un pequeño pueblo todo muy blanquito, pero con una playa de piedras negras que invita a no acercarse. «Cuando lleguemos buscamos alguna calita en el Maps, que seguro que hay muy chulas», perfecto.
Entonces yo quise poner mi granito de arena cinéfilo y les propuse ir al poblado del oeste que hay en un desierto que está en el centro de la provincia, Tabernas. En él grabó Sergio Leone alguno de los celebrados plagios que le hizo a Kurosawa, y luego se utilizó para grabar algunos infumables chorizo-westerns, que son la versión castiza de los mundialmente famosos espaguetti-westerns. Bien. El caso es que, ya que los habían construído, dejaron allí los escenarios y con el paso de los años, ante el demodé del género cinematográfico, pues alguien tuvo la genial idea de montar un parque temático del que me han llegado algunas referencias.
Marga recibió mi propuesta con el falso entusiasmo al que ya me tiene acostumbrado, Mar miró a su madre con enturbiada desconfianza, y Anais continuó minecrafteando con el ipad. Pero yo sabía que les iba a gustar, porque cuando estuvieran inmersas en aquel ambiente tan épico, y disfrutando del espectáculo de tiroteos, bailes de salón y persecuciones polvorientas de caballos…, madre mía, aquella sería la ocasión para consolidar mi posición como cabeza de familia. O no. Quién sabe.
Bueno, pero, qué cojones. Yo también me merezco de vez en cuando algún homenaje. Y después de estar tres horas conduciendo, pues, qué menos. Oye.
Vale, pues en esas estábamos.
A pesar de ser julio, el cielo ha estado nublado desde ayer. Lo que no quita para que haga un calor insoportable. Como si te abrazara cariñosa e interrumpidamente un enorme pollo asado todo el tiempo. En el coche no se nota gracias al climatizador, pero era abrir una puerta y allí estaba el pollo, dispuesto a subírsete a cosqueretas.
En fin.
Ya vamos de camino. De hecho ya estamos casi llegando. Quince minutos. Voy a aprovechar el receso para contarles una pequeña intimidad: Tengo la ligera impresión de, más que de ser el miembro de una pareja, soy una mezcla de chofer-manitas-playboy comprensivo y, la verdad, después de tanto tiempo, me estoy cansando del papel que me han dado. Por eso, de vez en cuando, cuando noto que reina la armonía en el coche, me permito dar un frenazo como este que voy a dar.
– ¡Eh!
– ¡Eh!
– …
– ¡Perdón! He pisado el freno sin darme cuenta, no estoy acostumbrado a los coches automáticos.
– ¡Tío! ¡Llevas un año con el BMW! ¡Lo haces aposta, que te conozco!
– ¡Que no! ¡Te lo juro, Marga!

– Bueno, esta es la rotonda que ponía en internet. Vamos a ver por dónde se entra…
Entonces es cuando, a pesar de estar todo lleno de carteles indicativos de poblados del oeste míticos para visitar y pasarlo bien en familia rememorando los mejores westerns de la historia del cine, entonces es cuando vimos a un fulano vestido de el Virginiano, subido en un caballo ligeramente tembloroso, que nos hacía señas con la mano.
Señas tipo «por aquí, por aquí, es por aquí, gilipollas». Y por allí que me metí.
Vale.
Cuando íbamos a la altura del ranger bajé ligeramente la ventanilla y le pregunté: «¿Es el poblado del Oeste?». Pero el colega no me contestaba, se limitaba a seguir a medio trote, asentir con la cabeza y señalar con una mano hacia el final del camino de una sola dirección.
– Baje la ventanilla, Antonio, que nos asfixiamos. – ordenó Mar desde atrás, en el tono jurisprudencial que sacado de su padre, un juez de primera instancia con predilección por las interinas veinteañeras.
– Ya – y al subirla es cuando me fijé en un detalle que sería demoledoramente vaticinador: las costillas de aquel caballo no sólo se podían perfectamente contar, sino que podrían servir para lavar la ropa, con resultados extraordinarios, además.
Bien.

Cuando llevábamos unos metros a su vera, de repente el guía de las praderas decidió dar media vuelta, y el BMW continuó camino hacia adelante por aquel camino que intuí era territorio pies negros.
Y, justo, a los pocos metros nos topamos con una caseta junto al camino en el que no parecía haber nadie, pero que sí, al ponernos a su altura descubrimos a una rubia de aspecto resacosotemeroso, con rasgos foráneos, que al abrir la boca ubiqué entre algún lugar entre el castillo del conde Drácula y la capital administrativa del imperio Astrohúngaro.
– ¿Que edas tiene las niña?
– Once años, dije yo.
– Pues entonses adulto. Onse euros por persona. Cuarenta y cuatro total.
– Hasta donde yo sé, perdona -intervino la capitana copilota- los adultos son a partir de los catorce años. Que yo sepa.
La rubia miró a Marga entornando los ojos. Menuda mirada. Aquella tía, y no creo equivocarme, se ha debido de comer a algún ex frito.
– Dos adulto, ventidós. Dos niño, diesicéis. Ventidós y diesicéis, treinta y ocho. Euro.
Saqué un billete de cuarenta y le pagué. Me dió los tickets, pero al ir a devolverme el cambio, le dije que no, que se lo quedara.
– Gracia -me dijo la taquillera con la misma mirada enturbiada con que había mirado hace un momento a mi compañera, por lo que intuí que realmente no era más que su gesto natural. Se entiende.

– ¿Porqué le has dado propina?, ¿casi me tiro de los pelos con ella para que las niñas no paguen como adultos y luego tú le das propina? Muchas veces no te entiendo, tío.
– ¿A ti te gustaría estar ahí, metida en una caseta, con este sol de justicia, todo el santo día? ¡Y por la mierda de sueldo que tiene que tener, encima!
– Tu romanticismo de clase te pierde. Va a llevarte a la ruina, guapo.
– No creo. Yo llevo en la ruina desde que nací…
– ¡Ya está ahí el Oeste! – gritó Mar.

Efectivamente, ahí estaba. Cuatro putas casas medio derruídas; la iglesia, el saloon medio desvencijado, los restos de un carro carcomido, la cárcel del Sheriff a la que le faltaba una pared, un pozo con un cubo oxidadísimo y cuatro casas que parecía que las habían traído de un barrio de La Habana.
– ¿Esto qué es?
– No lo sé. Se supone que es donde vamos. Mira, ahí hay un cartel: Western Leone. Es esto.
– Mare megua -susurró Marga para sus adentros, procurando que no la escucharan las gemelas. Y de seguido les alentó en falsete:- ¡Niñas, el Oeste! ¡Hemos llegado al Oeste! ¡Piñauuu!
– Qué rollo, resopló Anais para sus afueras.

( CONTINUARÁ )

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